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TEMAS DE LA SEMANA

Libertad de mercado y consumo elitista de arte

Por Juano Villafañe, director artístico del Centro Cultural de la Cooperación.

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La Ley de Mecenazgo que se aplica en la ciudad de Buenos Aires impone un doble estándar en relación a las políticas de Estado que ofrece el propio Ministerio de Cultura. El mecenazgo establece un cri­terio de financiamiento de proyectos culturales que terminan compi­tiendo, de alguna forma, con los subsidios que se otorgan en los insti­tutos de arte de la ciudad como Proteatro o Prodanza. El Ministerio de Cultura tiene una estructura incompleta en lo institucional: no existe ni una ley del libro, ni ley del cine o ley del tango, con sus respectivos institutos. Por lo tanto, las industrias culturales carecen de presupuesto municipal, de gobiernos democráticos participativos de gestión y de políticas públicas.

La cultura, y particularmente las industrias culturales, aportan sig­nificativamente al producto bruto regional. Pero esa riqueza que se genera no se distribuye equitativamente. Los ciudadanos que viven en el norte de la ciudad consumen muchos más bienes culturales que los que viven en el sur. La debilidad institucional del Ministerio de Cultura hace que las políticas distributivas desde el Estado municipal hacia el propio sector cultural, como entre los ciudadanos, sean muy preca­rias. En estas condiciones, la Ley de Mecenazgo interviene ofreciendo otro modelo de financiamiento a la producción artística y cultural. Uno podría considerar, en el mejor de los casos, que si existiera una insti­tucionalidad de excelencia con los correspondientes presupuestos, el mecenazgo podría llegar a ser un coayudante de las políticas públicas para la cultura.

Debemos considerar también que el gobierno del mecenazgo no tiene vínculos estables orgánicos con el núcleo social de la cultu­ra y con las necesidades que plantean los ciudadanos. Por lo tanto, los programas de mecenazgo terminan siendo relaciones unilatera­les entre privados, lo que, por cierto, no inhabilita la importancia de algunos proyectos pero sí establece fuertes desconexiones con las necesidades y prioridades culturales e históricas de la ciudad de Buenos Aires.

Con estas condiciones de cierta precariedad institucional y bajos presupuestos es fácil que se imponga una lógica cultural del mece­nazgo asociada a las políticas neoliberales que pretenden imponer la libertad de mercado y el consumo elitista del arte. El mecenazgo termina siendo un sistema de acuerdos entre privados con dineros públicos, donde las empresas multinacionales -las que más facturan-, definen los proyectos que serán financiados. Las empresas, más que atender las necesidades culturales, lo que pretenden es hacer marketing. Esta condición termina prefigurando el tipo de producto artístico que deberá ofrecerse para tener éxito con el mecenas. Los artistas, los intelectuales de la ciudad, no han debatido todavía con profundidad el sentido del mecenazgo y de cómo este sistema inter­viene en las políticas públicas.

Fuente Especial para Diario Z
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