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TEMAS DE LA SEMANA

León Ferrari y el conjuro contra las tinieblas

Una muestra en la ex ESMA llama a la clausura del infierno y al fin de las guerras, temas constantes en la obra del artista.

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Estamos en la ESMA, en el corazón de ese infierno del más acá que fue la dictadura militar de Videla y Massera. Estamos en el campo de concentración donde desapareció Ariel, el hijo del genial artista. Estamos en el centro cultural que lleva el nombre del escritor Haroldo Conti, también desaparecido. Estamos en lo que hoy es un espacio imponente, de paredes blancas e impolutas, que fueron testigos mudos de la barbarie y el genocidio. Aquí, donde reinó la oscuridad y los hombres fueron reducidos como bestias, emana su luz la muestra Taller Ferrari. Amén.
La exposición articula “tres núcleos”, como los llama el curador Andrés Duprat. El primero es una selección de obras de Ferrari; el segundo, una instalación de elementos provenientes de su taller; el tercero, se completa con una serie de obras de su ayudante y discípulo Yaya Firpo. Antes de ingresar a la sala, un televisor proyecta en continuado un documental sobre la trayectoria de Ferrari, que cruza entrevistas y material de archivo. Allí aparece el entonces cardenal Jorge Bergoglio atacando la muestra que Ferrari instaló en el Centro Cultural Recoleta en 2004 y que fue objeto de repudio de la plana mayor de la Iglesia católica argentina y de sus acólitos más recalcitrantes. “Si algo avergüenza a nuestra ciudad no es esta muestra, sino que se sostenga que hay que torturar a los otros en el infierno”, contestó Ferrari en aquel momento. Los llamados a la clausura del infierno y la abolición de los tormentos eternos son una constante en su obra. Incluso, Ferrari dirigió varias cartas a Juan Pablo II, en los que reclamaba a la Santa Sede el repudio “a las torturas en el más allá” y el respeto a los derechos humanos “en el Gólgota, tierra de Satanás”.
El recorrido comienza con el monumental “Nosotros no sabíamos”, un mural de 15 metros de altura compuesto por recortes periodísticos de la época de la dictadura militar, con variados registros de la represión. En este primer núcleo de piezas, hay esculturas sonoras y músicos mudos de poliuretano; hay estructuras flotantes esféricas y polimórficas. Y hay cajas: cajas con rosas, plumas, banderas y muchas, muchísimas, cucarachas de plástico. Cajas donde los comensales de la Última Cena nos dan la espalda, compenetrados en la admiración de un trasero al aire. Hay escrituras, cartas, posters intervenidos en Braille, Cristos en jaulas para pajaritos. La muestra hace honor al título de blasfemo con que el clero “distinguió” al artista, pues hay cantidad de iconografía religiosa intervenida, resignificada, ironizada. Toda la obra de Ferrari es una denuncia al poder, a la religión, a la barbarie, a la guerra y también una reflexión sobre la condición humana.
El segundo núcleo de la muestra, el de los objetos que pueblan su taller, está agrupado en viejos armarios. En su mayoría son pequeños objetos industriales, juguetes y chucherías, que Ferrari combina hasta obtener un nuevo significante. La pieza más conocida de esa colección es seguramente “La civilización occidental y cristiana”, aquella del Cristo crucificado sobre un bombardero norteamericano, de 1965, plena guerra de Vietnam. Hay mamaderas cargadas con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y trampas para ratones que aprisionan a los retratos de Videla.
El tercer y último núcleo de la muestra está dedicado a Yaya Firpo, que interviene banderas, mapas y fronteras y continúa la veta “subversiva” de su maestro, pero con una mirada particular.

Taller Ferrari Hasta el 26 de mayo en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Avenida Del Libertador 8151. Gratis.

 

 

Fuente Redacción Z
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