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TEMAS DE LA SEMANA

Las palabras y los hechos, por Reynaldo Sietecase

El gobierno nacional hizo su apuesta más arriesgada: imponer la autoridad estatal sin represión.

Por Reynaldo Sietecase
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Es posible imponer la autoridad y el orden sin ejercer violencia es­tatal? La presidenta Cristina Fer­nández de Kichner está conven­cida de que sí. Con ese criterio el gobierno nacional hizo esta semana su apuesta más arriesgada: anunció que la policía destinada a controlar las protestas sociales no portaría armas letales y, además, aseguró que desalo­jaría de intrusos el Club Albariño sin apelar a la fuerza. Después del desalojo del Indoame­ricano, la ocupación del pequeño club se convirtió en un caso testigo. La intransigen­cia de los ocupantes (rechazan cualquier sa­lida negociada); el aprovechamiento político de Mauricio Macri que exige «el cumplimien­to de la ley» a como dé lugar y la indignación de los vecinos que ya tuvo conatos virulen­tos no parecen escollos fáciles de superar. La flamante ministra de Seguridad, Nilda Garré, fue categórica: «Vamos a recuperar el predio sin víctimas». Se trata de una prueba de fue­go para su gestión ya que deberá cumplir su promesa en el marco de una cadena de suce­sos que, coordinados o no, están destinados a degastar al gobierno nacional.

La frase de Garré implica una defini­ción. El Gobierno no quiere más muertos por la intervención policial. En el último mes y medio, desde el asesinato de Maria­no Ferreyra, seis personas fueron asesina­das en movilizaciones sociales. Macri salió al cruce de inmediato: «Le quiero pregun­tar (a la Presidenta) por qué desarmamos la Policía y, mucho peor, por qué anuncia­mos que la desarmamos. ¿Cuál es el men­saje? ¿Que en la Argentina puede suceder cualquier cosa y no va a haber consecuen­cias?». Y aprovechó una audiencia de veci­nos de Lugano que exigen el desalojo del club para preguntar: «¿Qué queremos de­cir? ¿Qué mañana le pueden sacar la casa a la señora y el Estado no va a intervenir?».

Lo que se había logrado con el Par­que Indoamericano: la acción conjunta de los dos gobiernos, que incluyó el anuncio de un plan de viviendas vedado a usurpa­dores, quedó en el recuerdo. La voracidad electoral, la desconfianza mutua, barrieron con el acercamiento. Aquella foto de un país casi normal: con los jefes de Gabine­te, Aníbal Fernández y Rodríguez Larreta, en la Casa Rosada se volatilizó. La creación del Ministerio de Seguridad y el envío de seis mil gendarmes al conurbano fueron re­cibidos por punteros, activistas y delincuen­tes comunes con intransigencia, hubo nue­vas tomas (ocho en Quilmes) y un alevoso ataque en Lanús que dejó cuatro gendar­mes heridos.

El gobierno debe encontrar el punto justo. Una policía antidisturbios bien entre­nada y sin armas letales es lo que se utili­za en Europa para controlar las protestas. En estos días hubo cruces violentísimos en­tre manifestantes y policías en Roma y en Atenas, por los impiadosos ajustes estatales, donde no hubo víctimas mortales. Pero, por otro lado, la noble consigna de preservar la vida por sobre la propiedad no puede impli­car inacción ante el delito o la ilegalidad. Pa­ciencia y firmeza deben ir de la mano. Los pedidos de detención a los instigadores de la ocupación van en esa dirección.

Por su parte, Macri tensa la soga a con­ciencia. Mantiene el discurso «legalista» y pide mano dura contra los ocupantes ile­gales. Sabe que una parte importante de la población rechaza las usurpaciones. Sus asesores piensan que con esa postura pue­de cosechar adhesiones inesperadas. Nada dicen en el PRO de la causa central de las ocupaciones: el déficit de viviendas, la des­igualdad social y la subejecución del presu­puesto porteño para el área.

Tampoco es casual que Eduardo Duhal­de haya elegido para su lanzamiento a la presidencia el 20 de diciembre. Nueve años atrás morían en las calles argentinas cua­renta ciudadanos en la debacle del gobier­no de Fernando de la Rúa. En los afiches que convocaban al acto del lunes pasado, en Costa Salguero, la imagen del ex presi­dente se recorta en un fondo de incendios. Duhalde otra vez se presenta como «el gran bombero nacional». El hombre destinado a pacificar y ordenar el país. Y para «orde­nar» antes tiene que existir desorden. «No tengan miedo de hablar de represión, que no es matar a nadie, sino vivir en un país donde el Estado tiene funciones indelega­bles», sentenció.

Escuchaban a Duhalde: Luis Barrionue­vo, Martín Redrado, Miguel Ángel Toma y Cecilia Pando, entre otros. También asistió Ramón Puerta, principal nexo entre Macri y el ex presidente, y el legislador porteño Cristian Ritondo. A su vez Jorge Macri al­morzó esta semana con la candidata a go­bernadora del duhaldismo, Graciela Ca­maño. Lo que parecía muerto, la alianza Duhalde-Macri, renació al ritmo de las pe­leas entre pobres y las ocupaciones de tie­rras. Por ahora se trata de un acuerdo tá­cito. Macri todavía no resolvió si su futuro será intentar la reelección en la Ciudad o mantener su candidatura nacional. Tampo­co descarta una doble candidatura.
Cristina Fernández, en tanto, se reunió con el Consejo Nacional del PJ. Durante el cóncla­ve varios gobernadores le pidieron que com­pita por su reelección. En el peronismo kirch­nerista nadie duda: Cristina 2011 es la mejor opción del oficialismo. La Presidenta prefiere esperar. Los números positivos de la economía no la distraen. Sabe que debe enfrentar a ene­migos temibles: la movida desestabilizadora que se apoya en reclamos reales, la insegu­ridad y la inflación. En ninguna de esas bata­llas puede darse el lujo de cometer los errores que acompañaron los primeros días de inac­ción ante la ocupación del mal llamado Par­que Indoamericano.

El que no dudó en lanzar su candidatu­ra a Jefe de Gobierno porteño fue el minis­tro de Economía, Amado Boudou. Lo hizo junto al ministro de Planificación, Julio de Vido; el diputado Carlos Kunkel, y al titular de la CGT, Hugo Moyano. Esos «guardaes­paldas» ratifican que la movida tiene el aval presidencial. «Amado Buenos Aires», será el eslogan. El senador Daniel Filmus quien se consideraba «el candidato natural» camina­ba por las paredes. Concurrió a la reunión de Olivos masticando bronca. Su intención de voto cuadruplica a la de Boudou. «Con­tra el dedo de CFK no se puede», se lamen­tó un kirchnerista porteño. Sin embargo, el ex ministro de Educación les confesó a sus colaboradores que no se bajará de la pelea. Lo cierto es que la contienda por la Capital Federal sigue sumando candidatos.

Mientras se suceden los lanzamientos electorales y las promesas de campaña, como canta Serrat, propios y extraños deberían sa­ber que allá afuera «hay un par de pobres que preguntan insistentemente por usted/ No pi­den limosnas, no…/ Ni venden alfombras de lana,/ tampoco elefantes de ébano./ Son po­bres que no tienen nada de nada».

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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