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«Las aspas del Molino»: El largo renacer de un hito porteño

Un documental reconstruye desde adentro la historia de la emblemática pero abandonada confitería.

Por Ernesto Klausen
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Daniel Espinoza García viajó de Santiago de Chile a Buenos Aires para estudiar. Como tantos extranjeros y criollos, enfrentó a diversas dificultades para hallar vivienda en la Ciudad, como el alto precio de alquiler y, principalmente, la exigencia de una garantía de una persona domiciliada en Buenos Aires. Por fin, se encontró viviendo en el edificio de la tradicional y abandonada confitería El Molino, ubicada en la esquina de Callao y Rivadavia, justo enfrente del Congreso Nacional.

Las aspas del molino (dirigida por Espinoza García, Argentina, 2013) cuenta las experiencias de Daniel y de otros compatriotas suyos que vivieron en el desahuciado edificio y reflexiona acerca de la relación de los porteños con su herencia cultural. Muy lejos de ser un mero racconto televisivo de la tradicional confitería porteña que cerró sus puertas en 1997, Espinoza García narra en primera persona, cargado de misterio y asombro, el presente del Molino, intentando comprender por qué fue abandonado por su dueño. Su cámara recorre el interior del monumental edificio, revelando sus detalles y dialogando con sus inquilinos.

Casualmente –o no tanto–, a los pocos días del estreno de su película parece haberse reactivado la ley de expropiación de la confitería y encaminarse a su aprobación en la Cámara de Diputados. Diario Z conversó con el realizador del film.

-¿Cómo fue que te decidiste a hacer un documental sobre El Molino?

– La idea era registrar y compartir espacios que pensaba que a la gente en la Ciudad de Buenos Aires le podían llegar a interesar. A mi me parecía raro que nadie me creyera que yo vivía ahí, así que empecé a averiguar un poco acerca de ese lugar y así comenzó la investigación.

– ¿Cómo fue el proceso de filmación?

– Presentamos el proyecto del documental al Instituto de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) y nos financiaron la realización. Eso sucedió cuando ya me había mudado del departamento, pero varios amigos quedaron ahí y accedieron a darnos entrevistas. Ya tenía algo de material grabado anteriormente, pero estaba en definición estándar y con la financiación pudimos continuar la filmación en alta definición. Fue un proceso bastante largo porque la idea iba tomando forma constantemente, a medida que hacíamos entrevistas e iban pasando cosas. Además tuve la oportunidad de trabajar con gente excelente.

-¿Qué relación observaste entre los porteños y su memoria histórica?

– El problema con la conservación de edificios es similar en Santiago de Chile y Buenos Aires. Hay dificultad en encontrar quien financie la conservación de una fachada, por ejemplo, porque esto implica mucho dinero, y quien invierte evidentemente pretende sacar regalías de una u otra forma. Pero hay edificios cuya conservación no solo es un negocio, si no que implica entender el patrimonio como un bien cultural. En ese sentido, generalmente sucede que algún privado compra un lugar y, aunque quiere poner oficinas ahí, pone en valor el edificio para contribuir al paisaje de una ciudad, al mismo tiempo que lo usa para lo que lo compró. Pero también puede poner en su lugar una zapatería o echarlo abajo y hacer un edificio nuevo. Entonces la conservación pasa solamente por la buena voluntad o el capital cultural que tenga la persona que compró el edificio patrimonial. Conservar ese lugar genera un rédito que no es económico sino cultural.

– ¿Cuáles son tus próximos proyectos?

– Ahora estoy trabajando en Santiago. Tengo un proyecto de una revista digital acerca del oficio audiovisual aplicado a otros oficios. Para mi lo mejor sería hacer un puente de proyectos entre Buenos Aires y Santiago. Aun hay que mostrar la película allá y ver qué pasa…

 

 

 

DZ/nr

Fuente Redacción Z
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