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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Lancha Tigre-Puerto Madero: argonautas rioplatenses

Desde Puerto Madero, todos los días, una lancha de pasajeros asciende por el río hacia San Isidro, San Fernando, Tigre y Nordelta. Un viaje de una hora sin las tribulaciones del tránsito urbano. 

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Ellos dejan la Ciudad y vuelven a zona Norte. Pero no son los millones de personas que a diario viajan en el tren de la línea Mitre, según los datos de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte. Tampoco se cuentan entre los alrededor de 350.000 autos que acceden diariamente por esa región, según el Órgano de Control de Concesiones Viales. Ellos, éstos que ahora abandonan la ciudad, lo hacen a través del río. El centro se derrite, explota en bocinazos, pero ahí, en esa parte de Puerto Madero, sólo se escucha el ronroneo de las lanchas que están listas para salir.
A unas cuadras, cruzando el Dique 4, más allá de la avenida Alem, unos metros hacia allá, hacia Retiro, las seis y media de la tarde refuerza ese talante de hormiguero que adquieren las terminales, las avenidas, lo que sirva de salida. Se multiplican las personas por metro cuadrado y caminar se vuelve difícil. Es tiempo de vacaciones pero los transportes que llevan y traen gente en la ciudad parecen ignorarlo. La vuelta a casa suele ser, como mínimo, un momento de incertidumbre. Para quienes viajan en tren, y toman la línea del ferrocarril Mitre que pasa por las dieciséis estaciones y termina en Tigre, o para quienes se dirigen al mismo destino pero en auto o en combi, y deben atravesar peajes, embotellamientos, y los imprevistos de cada caso; la hora de volver a casa no es tan placentera como se esperaría. Quien hace el recorrido a diario sabe que debe agregar a sus plegarias que no llueva demasiado, que la ciudad no colapse, que la Panamericana hasta el Acceso Norte no esté trabada.
Y mientras todo eso pasa, en la Dársena Norte a las seis y media de la tarde, unas cincuenta personas se acercan en silencio, a paso lento, para tomar la lancha de pasajeros que los llevará por el río, hacia San Isidro, San Fernando, Tigre y Nordelta. En su mayoría, vienen de sus trabajos, sobre todo, en Puerto Madero. Los hombres visten pantalones de vestir y camisas claras que a estas horas ya se lucen arremangadas y abandonaron sus corbatas. Las mujeres llegan arregladas, algunas, con las tarjetas de ingreso a sus trabajos todavía colgando de sus cinturas.
En marzo, cuando termina la parsimonia veraniega, los días viernes llegan a viajar unas 180 personas, informa Norberto Fernández, jefe de ventas de Sturla Viajes, la empresa encargada de este recorrido que se inició en 2008 y que se transformó en el primero en prestar un servicio regular de este tipo hacia la zona del Delta. Se llama Proa Urbana, y fue pensado, dice, como alternativa para quienes intentan esquivar los problemas de tránsito que se viven a diario en Buenos Aires. Cada viaje vale treinta pesos y hacen descuentos a quienes sacan abono mensual. Algo similar a lo que valen las combis, que son elegidas por quienes pueden pagar más de lo que vale el pasaje en tren (a Tigre $1,35 con SUBE; $3,75 sin la tarjeta). Pero claro, en este viaje, el paisaje y la travesía son diferentes.
Con puntualidad, las dos lanchas esperan a sus pasajeros: una irá directo a Vicente López, la otra, hará el recorrido hacia Tigre. La mayoría de los pasajeros sube a la embarcación que consta de tres arribos y se acomoda en los asientos blancos distribuidos en el interior: algunos viajan juntos, otros se saludan, nadie se ve expectante. Un tripulante prepara café instantáneo y antes siquiera de que la lancha emprenda su camino ya lo ofrece junto a un pequeño alfajor. Algunos aceptan. Otros, se muestran indiferentes; ya están inmersos en sus lecturas. En Proa Urbana, la mayoría de los pasajeros llevan su kindle o cualquier otro dispositivo de lectura digital. Hay Wi Fi, así que eso ayuda a la inmersión en las pantallas privadas. También hay de los otros, de los libros de papel (uno de Gabriel Rolón, otro de Martín Losteu), sobre todo entre quienes eligen sentarse afuera, en la popa. Entre quienes prefieren sentir la brisa y hasta la caída de algunas gotas que regalará el río, está Graciela, que para explicar por qué elige viajar en lancha abre con discreción los brazos y dice: “porque el viaje es espléndido”, y aclara que esto es sólo temporario, que su hija alquiló una casa en el Tigre y durante esos días, la vuelta a casa será acuática.
De este lado la ciudad, Buenos Aires sólo muestra sus edificios espejados. No llega el ruido. El sol está por caer. Y sin demasiada alharaca, la lancha comienza a moverse. Un pato, a unos metros, mete su cabeza bajo el agua. Luego desaparece. Adelante todo es agua. Todo es Río de la Plata. Atrás, los edificios se van volviendo más pequeños. Adentro, algunos pasajeros ya duermen. La costanera muestra su otro perfil: los carritos de comida, los pescadores, hasta los aviones se ven extraños. Desde el agua, los bordes de la ciudad se atenúan.
La lancha gana distancia. El capitán Mariano Melgarejo la conduce, hasta que, en una hora y cinco minutos, arribe a la estación fluvial de Tigre. Él tiene 27 años y desde los dieciséis está en el mundo de las embarcaciones. “Antes viajaba con otra empresa hasta Nueva Palmira, en Uruguay –cuenta–. Acá hago suplencias, pero el trabajo es mejor. Conocés a los pasajeros. Es distinto.” Melgarejo explica que si uno hace bien su trabajo (“ser prolijo, moverse con respeto, tener conducta”, detalla) siempre se consigue algún puesto. Aquí hace un año y medio que maneja las embarcaciones. Después cuenta que la mayor cantidad de pasajeros se baja en San Isidro, que hoy es un día tranquilo, que el río se deja navegar con facilidad. “Cuando está bravo, hay olas de un metro y medio”, comenta. El viento, en la proa, entra por la ventana y hace olvidar los más de treinta grados de temperatura que todavía se obstinan en subir el termómetro al atardecer. Un radar marca el recorrido del barco y muestra con líneas naranjas otra ruta, la de las lanchas que llevan de paseo a los turistas de cruceros que paran en Puerto Madero.
Buenos Aires quedó atrás. Ya no se ve. El sol, tampoco. Ciudad Universitaria, la cancha de River, todos son bloques que con letanía desaparecen. Algunos pasajeros, ahora, prefirieron ir adentro, y sentarse en los sillones, espantados por los gotones de agua que saltan hasta la superficie. Carlos, de Tigre, mantiene su elección inicial, en el exterior. “Trabajo en sistemas, en Puerto Madero. Vivo a dos cuadras de donde me deja la lancha, y trabajo a dos cuadras de la estación en Buenos Aires. Además, me evito buscar cochera o estacionamiento”, dice y recuerda que lamenta no haber llegado a tomarla el día que la ciudad tuvo la nube de humo por el contenedor incendiado y las inundaciones por la tarde. “Cuando nada funcionaba, la lancha ese día salió a horario”, explica.
Es que sólo la sudestada o un río demasiado bajo pueden hacer que el viaje se cancele. En esos casos, explica Norberto Fernández, “al tener el numero celular de todos, ya que solamente lo toman con reserva, se les avisa que por razones climáticas se suspende el servicio y como la mayoría conoce el río, saben que son reales y optan por los servicios convencionales”.
La primera parada es San Isidro. A los costados se ven los mástiles de cientos de embarcaciones y en los márgenes empiezan a aparecer los juncos. Ahora la lancha navega las aguas del río Luján y se acerca al pequeño muelle. En cuestión de segundos, el tripulante salta y la amarra para que los pasajeros bajen. En segundos, también, de nuevo al río, a los veleros a los costados, a los cuerpos bronceados de quienes vacacionan o disfrutan del verano en esa zona. En cinco minutos, la lancha llega a San Fernando y, a horario, llega a Tigre: se ven barcos viejos y olvidados, algunos pescadores, el Parque de la Costa sin las luces, sin los gritos; dormido. Viajar por agua permite ver la trastienda de los lugares.
Una primera parada hace el trasbordo de pasajeros que cambian de embarcación. Van a Nordelta. El resto espera la llegada a la estación fluvial de Tigre. Anochece. Se escuchan las ranas y el agua que va y viene con pereza. La lancha termina el recorrido. Y espera al otro día, como los otros cientos de miles de personas, a las ocho de la mañana, a la rutina – de eso no se sale- de ir y venir.

Fuente Redacción Z
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