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Historia de la calle Corrientes: la que nunca dormía

Sus cafés y librerías fueron hogar de políticos e intelectuales.

Por Julián López
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No es ancha como la 9 de Julio, con su recién estrenado y polémico carril para colectivos, ni larga como Rivadavia, que cruza la ciudad y se mete en el conurbano, pero es una de las más características de Buenos Aires.

La avenida Corrientes es quizá la arteria más antigua de la Reina del Plata y en su historia de marchas y contramarchas está inscripto el derrotero social, político y cultural de esta metrópolis caprichosa y, muchas veces, a merced de políticas centradas casi exclusivamente en los negocios inmobiliarios. En sus más de 8 km y medio de recorrido, Corrientes atraviesa los barrios de Chacarita, Villa Crespo, Almagro, Balvanera y San Nicolás, llega a perderse casi en el río, casi en Puerto Madero, y tiene un correlato bajo tierra que marca su importancia capital para el traslado diario: la línea B de subterráneos es una de las más transitadas.

Tal vez las diferencias más notables a lo largo de su extensión sean solo el abigarramiento de los carteles y los cables, que aumentan a medida que la avenida se mete en el centro, y la desprolijidad de las construcciones y estilos arquitectónicos; eso que para algunos es parte del entrañable encanto porteño y para otros característica típica de ciudades dominadas por la falta de regulación y planeamiento.

En su delicioso Historia de la calle Corrientes, Leopoldo Marechal sostiene que la avenida Corrientes podría existir desde el primigenio trazado de la ciudad que fundó Juan de Garay en 1580. En ese libro, que escribió en 1936 a pedido del intendente Mariano de Vedia y Mitre, el autor de Megafón o la guerra afirma que “lo que podemos conjeturar es que el tránsito de hombres y caballerías, rumbo a las chacras, debió abrir la primera huella, origen del camino apartado y humilde, que fue la calle Corrientes durante más de dos siglos”. Hoy sabemos que el bautismo de la avenida data de 1822, como un reconocimiento de la ciudad a la adhesión de los correntinos en la lucha de la Revolución de Mayo y la independencia.

Sobre Corrientes se mezclan desde el Art Nouveau –ese estilo que apela a las flores, hojas y la figura femenina– hasta los severos arcos y contrafuertes del neogótico. Pero la historia de sus construcciones y deconstrucciones resulta casi insolente: la avenida de los teatros perdió bajo la picota ejemplares únicos como el Politeama o el Odeón, que se levantó en 1891 sobre la calle Esmeralda.

A pesar de su extensión, Corrientes tiene un tramo particular que concentra mucho de su historia: entre Callao y Cerrito se reúnen bares como La Giralda, La Paz y La Ópera, que en tiempos de la dictadura eran sitios de reunión en que los intelectuales estrechaban vínculos y resistían al poder de facto. También están los olores de las especias de El Gato Negro, un tradicional café en el que pueden conseguirse los curries y las pimientas más exóticas del mundo y, a la altura del 1530, el Teatro Municipal Gral. San Martín –inaugurado en 1960 y dueño de una historia cultural del más alto nivel internacional que hoy atraviesa su peor momento–. Y las pizzerías como Güerrín, Los Inmortales y Las Cuartetas. Otra de las costumbres típicas son las famosas librerías de viejo en las que entrar a revolver puede deparar más de una agradable sorpresa.

Sin embargo, en esta tradición de riqueza patrimonial jalonada por la desidia hay algo que debería ser una alarma. La que era una de las avenidas emblemáticas está transformándose –por el amparo que el Estado otorga a entidades privadas que sólo contemplan su ganancia– en el sitio donde se emplazan, funcionales y ajenos a cualquier signo que nos identifique, bancos, negocios de ropa y enormes hoteles que hacen que nuestra avenida Corrientes comience a ser la escala vulgar de un turismo ansioso de ofertas de ocasión.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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