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La primera vez: acabé con mi virginidad

De acuerdo con el Dr K en que el desconocimiento es la vedette del debut sexual, a los 13 años Vera Killer se buscó un chico con experiencia. Sus recuerdos de pubertad.

Por Vera Killer
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Me gusta lo desconocido, siempre me gustó. Hay algo que tienen las primeras veces de todo que me da mariposas en el estómago, y en otros lados también. Es un salto al vacío, adrenalina, curiosidad, un terror hermoso y después flotar en la paz de saber algo nuevo.

Amo los inicios, me excitan. Soy adicta a los principios de relaciones, con todo por descubrir, donde nada es certero, cuando los dos vamos a ciegas, intuyendo y adivinando qué le gusta al otro, viendo el mejor modo de ensamblarnos. Es como una montaña rusa, un subidón de adrenalina seguido de un rato de calma y otra vez los nervios y de vuelta el sosiego. Oh.

A la virginidad no la perdí, odio esa forma de describir la entrada a un nuevo mundo maravilloso. La expresión debería ser “comenzar la vida sexual”, para dejar de poner el ojo en lo que queda atrás y enfocarnos más en lo que hay por delante. Es lindo, es hermoso ese momento de descubrimiento del cuerpo, sus estímulos y el placer que puede dar y recibir. Dejarse guiar por la curiosidad, casi científica, de querer saber, por ejemplo, ¿y si aprieto este botón qué pasa? La primera vez de todos debería ser sin vergüenza y sinvergüenza.

En mi caso es más preciso decir que a la virginidad me la arranqué. Me agobiaba ese peso externo de importancia formal y la idealización de que la primera vez tenía que ser mágica. La magia es una ilusión, y yo quería algo de verdad. Mis amigas le decían que no a su novios, como reservando un premio, y yo sólo pensaba en terminar con ese paso intermedio para ya estar en la segunda vez, y la tercera, y la número cien.

Mi noviecito de entonces, llamémoslo G., decía que lo mejor era esperar. Teníamos 13 años y aunque él juraba que su negativa era para que yo esté realmente segura, sé (y supe entonces) que en realidad tenía miedo, no se animaba. Así que decidí sacarme la virginidad de encima para volver a buscarlo ya experimentada, y guiarlo con cariño al mundo nuevo. Estaba enamorada.

Cuando conocí a H., un hombre de maduros 16 años, lo seleccioné inmediatamente como a mi sujeto de prueba. Su pelo largo de rulos, la sonrisa pilla de costado y esa seguridad con la que me besó me llenaron de mariposas. Supe que estaba en el inicio de mi vida sexual y comencé el adorable experimento que aún continúo, años más tarde. Porque quiero siempre estar empezando, para acabar después.

Fuente Redacción Z
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