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TEMAS DE LA SEMANA

La porteñidad a palos (a propósito de prejuicios y afines)

Por Ariel Prat

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A menudo, quien como uno viaja bastante, le cuesta separar lo que es ser argentino de lo que es ser porteño. En algunos casos, que no es el propio, están quienes indistintamente se pasan de fronteras internas cuando el ser una u otra cosa les trae beneficios y es en ese cambalache, adonde se encuentran desde un Maradona gaucho hasta a un gauchito gil bailando tango. Cosas que a mí personalmente me tienen sin cuidado, ya que soy un ferviente defensor del sincretismo criollo, desde el tango negro al que los gringos ralentizaron en su paso de nostalgia, hasta la transformación de la vieja comparsa negra en la murga tarantelizada a principios del 900. Calavera no chilla.

Nací por Villa Urquiza, aunque circunstancias varias me llevaron a recorrer la geografía del conurbano y más allá; hasta recalar en lo que bauticé «mierdoteca residual» de Buenos Aires que es Villa Soldati, en el sur profundo y perdido antes de la General Paz. Por eso conozco el paño, soy porteño bien nativo y sin opción y en las últimas elecciones, por ejemplo, voté en la escuela del barrio de los monoblocks.

Cuento todo esto para representar a los desapercibidos, mi conocimiento de causa y efecto acerca del ser porteño y por ende la influencia del entorno en el modo de votar de la población, ya que tanto revuelo en estos días de balotaje me convocan y quiero aportar lo mío.

Una vieja vecina del barrio, cuando llegamos a Soldati allá por el 78, indignó a mi viejo diciéndole «Porque nosotros, Roberto, que somos la clase media, somos distintos» mientras ambos escupían moscas y apenas se veían entre el humo constante de la quema. Al principio estábamos separados los de los altos de los bautizados «Bolilleros», a los que se referían en general los de los «altos» porque venían directo de la villa. Mi viejo, espantando un puñado de moscas, le contestó a la vecina «¿Media?, ¿de dónde lo sacaste, quién te lo contó? Mierda, clase mierda somos, dejate de joder».

Hará unos diez años, más o menos, estaba yo cantando en un delicioso y antiguo bar de Zaragoza. En esos días postcacerolos, viola en mano y a fuerza de cantar mis historias barriales, me ganaba la vida, matizaba con relatos de aquellos ruidos suburbanos y el público casi cien por cien español se sumaba semana a semana. Alguno de ellos acercó para escucharme a una argentina porteña, doliente pero ya afincada allí del exilio anterior, mina profesional, sicóloga y, por lo que me enteré después, ex militante del partido comunista. Por aquello de las empatías logradas y deseadas en el imaginario del español, consideró aquel escuchante que la mujer disfrutaría de mi recital. Cual fue su sorpresa al comprobar que la argentina saldría indignada de aquel lugar, comentándole al español que «eso que canta y cuenta no es Buenos Aires, por favor!». Claro, no era la Buenos Aires de postal, la de Gardel y Borges o Cortazar, yo cantaba de otras cosas pre y post corralito, la mía, la de aquellos días y de esas escaleras hacinadas y containers de basura atestados de hombres mordiendo a perros casi casi… para la visión de esta mujer, era impensado; es muy común encontrar en Europa a esos «perdonavidas culturales» como ella, que se florean de una Buenos Aires afrancesada, de una Argentina europea, visión en donde derechas e izquierdas se dan la mano generalmente desoyendo ruidos y sonidos internos, fuera de indoamericanismos o afroargentinidades molestas a la cultura que debería imperar. Le temen ancestralmente a la tribu, a las desaparecidas o a las que fluyen aún en los genes de millones, a las que van apareciendo hoy en cruces impensados en donde está el verdadero crisol de razas, prefieren que solo sean un recuerdo pintoresco en un cuadro de Molina Campos o, incluso sin saber un carajo de fútbol, pedir por «jugadores del pueblo» cuando ven un desdentado que puede triunfar en Europa, pero que si lo vieran merodeando en su calle llamarían a la policía de una, allá o acá.

Son los que se sienten argentinos con una camiseta puesta en los aeropuertos o los que se van a sambar a Río o participan de las llamadas en Montevideo, pero que deploran el carnaval en su barrio y se horrorizan de que chupen de un tetra, como si en aquellos otros puntos bebieran de copa de champán.

Por eso, para entender de votos ciudadanos, de marginaciones y giladas del nuestro imaginario, hay que estar atento a estos menesteres, en dónde se pone el que vota, dónde se cree que está y quién lo representa. Las zonceras imperan y hay que recordar a Jauretche más leyéndolo que poniéndolo en banderas.

Qué paradoja, sin embargo y como observación electoral ya en el final de estas líneas, que todos aquellos que se cansaron de repetir que en este país a los «negros» no les gusta laburar, voten a un blanquito que no laburó nunca y lo que es peor, no cumple a tiempo con nada, con una impuntualidad tan poco europea de paises en serio…

DZ/sc

Fuente Redacción Z
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