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TEMAS DE LA SEMANA

La Plaza Martín Fierro y las huellas de la Semana Trágica

Escenario de cruentos enfrentamientos en 1919, hoy es el refugio de los vecinos.

Por Valentina Herraz Viglieca
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La placita Martín Fierro está como escondida detrás de la avenida San Juan, entre las calles La Rioja y Cochabamba, abajo de la Autopista 25 de Mayo. Tiene una superficie de dos hectáreas y se levanta sobre un terreno irregular cuyas pendientes permiten descansar al sol o refugiarse bajo los árboles. En otoño, los chicos saltan sobre montañas de hojas caídas, divertidos por el crujido que hacen al quebrarse. En primavera, tapizan el suelo flores de paraísos y palos borrachos. Los cuatro ingresos a la plaza, ahora caminos de cemento, se unen en la fuente que aunque es sencilla sirve de lugar de reunión para charlar, tomar mate o mirar jugar a los chicos. La Martín Fierro fue fundada el 14 de julio de 1940 y para muchos es sólo una plaza más. Pero esa humilde placita de San Cristóbal tiene historia, baldosa por baldosa.

Antes, mucho antes de ser plaza, en las calles Cochabamba y La Rioja funcionaban los talleres Vasena, una enorme fábrica metalúrgica con caballerizas, parque, depósitos y oficinas administrativas. Pertenecían a Pietro Vasena, un empresario italiano. En esos talleres trabajaban cerca de 2.500 obreros. Durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, en la primera semana de enero de 1919, los metalúrgicos reclamaron mejoras salariales y reducir la jornada laboral de once a ocho horas, algo que varios gremios ya habían logrado. Ante la rotunda negativa patronal, se votó la huelga. La respuesta fueron despidos y, con el apoyo de civiles armados, la policía reprimió la protesta. La consigna era eliminar a “rusos”, “judíos” y “perturbadores”. Mujeres y niños rodearon la fábrica para impedir la entrada de rompehuelgas. Otros talleres comenzaron a parar en solidaridad. Los sindicatos anarquistas llamaron a la huelga general. Los choques se produjeron primero en la zona y luego se extendieron. Intervino el ejército. A los despedidos se sumaron heridos, detenidos –llegaron a ser 1.500– y asesinados.

El cortejo fúnebre que llevaba al primer caído, un joven obrero español, caminó lentamente, encabezado por mujeres, desde San Cristóbal hasta el cementerio de la Chacarita. Bandas armadas de civiles y la policía les dispararon desde escuelas e iglesias sobre la calle Corrientes, dejando centenares de muertos.
Después de la derrota, el gobierno de Yrigoyen redujo la jornada de trabajo y se aumentaron los salarios. Pero la historia sabe que en la actual plaza Martín Fierro comenzó una huelga que terminó en masacre y entró a la historia con el nombre de “Semana Trágica de enero de 1919”.

La reivindicación

Desde entonces, y casi por 50 años, la plaza viviría la normalidad esperada en una placita de barrio con niños jugando a la pelota, vecinas charlando y jubilados jugando a las bochas. Al costado, el polideportivo con piletas de natación y canchas de fútbol que se ven desde la autopista.

Pero en 2001 se volvieron a sentir las voces de una asamblea. Vecinos, trabajadores y estudiantes, convocados por el cura de la iglesia Santa Cruz, se juntaron en la Asamblea Boedo-San Cristóbal. Alrededor de la fuente debatieron los vecinos, se organizaron actividades para chicos, festivales de folklore y rock y se mantuvo una olla popular los domingos. Los murales del barrio reflejaron la crisis. Cada uno –la florista, el kiosquero, los jubilados– sacó lo que tenía para compartir. En 2003, la asamblea organizó un homenaje a los trabajadores de la fábrica Vasena.

Después, la plaza volvió a su ritmo: nenes en triciclo, los chori de los domingos en la cancha de bochas, el calesitero y su sortija generosa, una jubilada tejiendo bajo el solcito.

No fue necesario que pasaran 50 años para que la plaza volviera a ser escenario de reunión. En 2009, cuando aparecieron las primeras señales de que el gobierno se proponía enrejarla, los vecinos se encontraron en la fuente. No lo pudieron evitar: hoy todo el perímetro de la plaza está enrejado, hay bancos nuevos y caminos de cemento. Dos espacios de juegos divididos por franjas de edad y la misma vieja calesita. Lindero al polideportivo, sigue el muro que alguna vez fue parte de los Talleres Vasena. Y un par de colchones donde duermen seres humanos a la intemperie. Los chicos siguen jugando, las bicicletas bajan rápido por las rampas. En la gran cancha de bochas techada, la parrillita económica impregna los árboles de olor a choripán y los jubilados se disponen a saborearlos.

La vida sigue. Todo parece tranquilo. Hasta la próxima vez.

Fuente Redacción Z
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