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La musa inspiradora

El joven orfebre Marcelo Toledo recreó broches, collares y objetos que lucía Eva Perón.

Por nahuel-mercado-diaz
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Aprendió el oficio con los artesanos en las plazas y creció hasta tener, primero, un puesto en Caminito y, más tarde, trabajar delicadas piezas para personalidades del mundo entero desde el príncipe Carlos de Inglaterra y Ricky Martin hasta la princesa Máxima, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner o Mirtha Legrand.

El hombre asoma por su lujoso atelier frente a la Plaza Dorrego, en San Telmo, mientras el golpeteo constante del martillo de su asistente suena de fondo: «Rápidamente empecé a jugar en ligas mayores y eso me obligó a trabajar con las reglas de primera línea, el mejor estuche, la mejor presentación, la mejor pieza, tiempo y forma. Y eso me moldeó desde muy chico. Mi viejo siempre me educó y fui muy responsable, pero cuando te enterás de que una pieza tuya va a ser el regalo de un presidente, de un rey o una reina, o del Papa, ponés lo mejor que tenés para que sea impecable», explica Marcelo.

En la exhibición «Evita, figura, mujer y mito», el artista trabajó con materiales preciosos que le permitieron componer piezas icónicas del vestuario de Eva Perón: el collar de rubíes que luce en La razón de mi vida o un florero inspirado en la capa Cristian Dior que usó durante una gala en el Teatro Colón.

La muestra, que los porteños pudieron apreciar en el Museo Evita, partió después a Venezuela, Nueva York, Moscú y actualmente se encuentra en Shangai. Toledo propone un recorrido por tres momentos en la vida de Eva Perón: la etapa como actriz, la primera dama y el ícono de los argentinos: «Me ofrecieron hacerle piezas a Elena Roger, que acaba de ganar un casting con Andrew Lloyd Weber para protagonizar Evita. Hice las piezas, viajé a ver la obra y cuando estuve ahí fue mágico, el pueblo inglés gritaba y clamaba, sufría por esta mujer que no tenían idea quién era. Me di cuenta de que traspasaba la figura política, era un ícono de la moda, de la idiosincrasia argentina, cultural y política. Mujer y figura, musa inspiradora», dice con emoción Marcelo.

Las piezas que salen del taller de Toledo son reconocidas por el toque final que les da a sus diseños. En una profesión que se aprende de generación en generación, este joven artista cursó psicología y pasó por el Conservatorio de Arte Dramático, hasta que encontró su verdadera pasión: «Yo siempre digo que no vengo de familias patricias ni acaudaladas, mis viejos eran clase media normal de Escobar. Yo sentía que estaba haciendo lo que realmente me gustaba, lo que amaba, y creo que ahí me empecé a encaminar. Pero cuando me empezaron a llamar del Ministerio de Economía, o de empresas extranjeras importantes que gastaban mucho dinero en regalos e imagen, me dije: ‘Esto va en serio'».

Pero no todo es lujo ni poderosos empresarios. A través de la Fundación Garrahan, el joven orfebre lleva adelante cada año una acción solidaria llamada «Orfebres por un día». Todos los chicos que hacen su tratamiento en la Casa Garrahan concurren a su taller para trabajar con Toledo y sus asistentes: «Es una actividad que me moviliza mucho porque son chicos que tienen enfermedades severas, que les pueden complicar la vida. Y la tarde que están acá se olvidan de los tratamientos, de la quimioterapia. Y a mí me llena poder mostrarles otra inquietud, otro horizonte. La idea es que se olviden de los que están pasando y que vivan una experiencia distinta», dice Toledo.

¿Cómo aprendiste el oficio?
Empecé solo. A los 10 años me compré una pinza, iba a Entel a pedir cables de teléfonos, los doblaba y hacía cosas simples, collares, pulseras, que les regalaba a mis tías o a mis primas. Y de a poco, de mirar a los artesanos en las plazas, ver lo que usaba la gente, comprar mostacillas. Mis tías me regalaban collares rotos, piedritas. Empecé jugando sin saber que eso sería un medio de subsistencia y algo que iba a amar y a adoptar para toda la vida.

¿Cómo es el proceso desde que te encargan una pieza hasta que se entrega?
El proceso de una pieza es pensarla, pasarla a un papel, que se la puedas dar a un asistente y sepa de qué estás hablando, dibujarla lo más próxima a la realidad posible y empezar a hacerla. Ninguna pieza se hace en un día. Hay un proceso bastante largo, no sólo de creación. Para poder ejecutar una pieza tengo que tenerla muy elaborada, terminada, en mi cabeza. Y esa elaboración a veces lleva más tiempo que hacerla.

¿Te encargan cosas extravagantes?
Muchas veces. Cuando alguien te dice: «Quiero que me reproduzcas una torre de petróleo», la complicación está en cómo hacer algo artesanal con algo que es industrial. Es una complicación, un desafío hacerla. Y te decís que de artístico no tiene nada. Pero buscás la manera. Y lo hacés.

 

Fuente Redacción Z
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