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«La mitad del proyecto es la casa, la otra mitad es la gente»

Desde hace décadas, defiende una arquitectura popular y difunde concepciones que cuestionan los cánones establecidos de su profesión.

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livingston_rodolfo Rodolfo Livingston, arquitecto.

Por Romina Calderaro

Es argentino, pero en Cuba lo adoran. Porque después de la Revolución, Rodolfo Livingston formó en la isla una red de consultorios de arquitectura única en el mundo. En 149 locales distribuidos en todos los municipios del país por entonces gobernado por Fidel Castro, les enseñó a los obreros a reformar sus propias casas de acuerdo con sus necesidades y con el presupuesto disponible, que por cierto no era infinito. Livingston también adora Cuba: en su oficina se destaca una foto con el líder cubano, a quien llegó a trata asiduamente y si hoy no vive en el Caribe es sólo porque prefiere que Cuba “sea mi amante y no mi mujer”. En la Argentina también milita su propia revolución: denuncia que los arquitectos están divorciados de las necesidades de la gente, creó un método de consulta diferente al del resto de sus colegas y asegura que la arquitectura empieza por el oído. Su nuevo libro, Casas de barrio, que escribió en coautoría con su joven esposa Nidia Marinaro, está dedicado al pasado, presente y futuro de las casas chorizo, en las que en la actualidad vive el veinte por ciento de los porteños. Culto y divertido, provocador hasta el límite de ir contra sus propios intereses económicos: es capaz de afirmar en diálogo con Diario Z que “El lugar no existe: es lo que ocurre en él”.

¿Por qué escribió Casas de barrio?

Yo tengo vocación de transmitir mi experiencia y sé qué pasa con las casas chorizo. Nadie ha escrito nunca sobre las casas donde vive la gente real. El 40 por ciento de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires habita casas bajas. Y un veinte sigue viviendo en casa chorizo que son transformadas por lo general mal porque las quieren forzar a que sean casas modernas. Por ejemplo, les bajan los techos. Tengo muchísimos clientes con casas chorizo. Y he encontrado un sistema participativo con el cliente con el que encontramos soluciones muy interesantes. Tengo vocación de ayudar a mis colegas; el libro es una suerte de streaptease intelectual: cuento cómo hago todo. Hasta los chistes que les hago a los clientes, las técnicas que aplico cuando marido y mujer no se ponen de acuerdo. Cuando veo que el marido es el que pone reparos, le digo a la mujer: “Usted, señora, debería escuchar más a su marido”. Y funciona. Todo eso lo cuento en el libro.

¿Cuál es el error principal que comete una familia cuando quiere reformar su casa?

Llamar a un albañil. Aunque no es un error porque cuando llaman a un arquitecto les va peor. Acá vienen con el proyecto que yo llamo AA: del arquitecto anterior. Entonces yo inventé un sistema de consulta que se llama “evaluación de proyecto”. Me muestran el proyecto del arquitecto anterior y no les digo si me gusta o no me gusta. Les digo que vamos a hacer un juego: qué me digan cómo quieren que sea su casa ideal. Después de que me cuentan cómo es el lugar, les pido que me muestren el proyecto. Los deseos del cliente no quedan plasmados en el proyecto porque los arquitectos jamás se ocupan de una casa real de una familia real Jamás un cliente vivo ingresó a la facultad de Arquitectura. Y yo pienso que la mitad de un proyecto es la casa y la otra mitad es la gente. Y esa otra mitad, la gente, nunca es tenida en cuenta. Tampoco hay que ocuparse sólo de la gente porque entonces yo sería psicólogo. Lo más importante es el vínculo entre la gente y la casa. Yo tomo las ideas del cliente cuando son buenas.

¿Cuál es el problema principal que plantean los clientes que viven en casa chorizo y quieren reformarlas?

La casa chorizo es una fila de cuartos de cuatro por cuatro comunicados entre sí y el principal problema es que hay una invasión de espacios. Entonces sacando un patiecito entre los cuartos –manteniendo la altura de los ambientes– se resuelve ese problema. Y hay una parte de la casa chorizo que es más ancha. Bueno, yo hago un gran ambiente: cocina-comedor-living.

Usted dice en su página web que la casa debe acompañar la evolución de la familia. ¿Cómo es eso?
Yo empiezo a preguntar por la familia, sus nombres y sus edades. Porque no es lo mismo que haya una hija María de cuatro meses que de 24 años. A los 24, María está en bandeja de salida y a lo mejor en vez de reformar la casa conviene comprarle a María un departamento. Es decir que para hacer buena arquitectura para el pueblo hay que salirse de la arquitectura.

Eso tiene un riesgo: cuando usted trabajó como arquitecto junto al pueblo cubano en la construcción de casas, llegó un momento en que los cubanos aprendieron tanto que nadie llamaba jamás a un arquitecto y lo volvieron a consultar para ver cómo solucionar este nuevo inconveniente.

Acá pasa lo mismo, ojo. El 90 por ciento de reformas de casas nuevas son reformadas por sus propios dueños o por los albañiles. Repito: los arquitectos no están preparados para resolver casos particulares. Porque para el arquitecto no existe en la clase popular. Los arquitectos no están en condiciones de atender a los pobres: siguen atendiendo a Papas y Príncipes, que ahora se llaman Shopping Center. La gente no llama a un arquitecto porque tiene temores que son lógicos. Por ejemplo: ¿cómo cobra un arquitecto? Con un porcentaje de lo que hace. Si es una obra nueva, es lógico. Pero si es una reforma, cuanto más te rompen la casa más ganan. Aunque sea un tipo honesto, están los intereses en pugna. Lo que es importante saber es que el pensamiento ahorra dinero.

Cuando una pareja se separa, ¿el que queda en la casa debiera reformarla?
No existe el debiera. Es como con el médico: si le duele, vaya. Además cuando es el hombre el que decide una separación, en general tiene otra mina. Y se quedan los hijos y se termina formando una familia ensamblada. Ése es un caso típico y el diseño de la casa debe estar en función de la composición familiar.

En su web también dice: “Las casas más equivocadas producen las mejores soluciones”. ¿Cómo puede ser?
Es verdad, cuando hay un lío muy grande surgen las mejores soluciones. A veces sacando un pedazo, tirando abajo una parte de la casa. La gente no quiere perder metros cuadrados, pero a veces es la mejor solución. Además nosotros somos especialistas en cuestiones insolubles. Y eso es lo que más me gusta. Me gustan los desafíos.

¿Cambió la ciudad desde que la gobierna Mauricio Macri?
Sí, cambia cosas. Lo que pasa es la Ciudad es más fuerte que Mauricio Macri por ahora. Los árboles siguen existiendo, pero los va atacando. Macri está en contra de la Ciudad. Todo lo que hace es un desastre. La Ciudad para él es una oportunidad para hacer negocios. Una vez le preguntaron a un arquitecto norteamericano qué es el espacio. Y dijo: un lugar para hacer negocios. Los nuevos edificios que está diseñando son cajas fuertes.

¿Vivió alguna vez en la casa que soñó?
En términos generales, sí. Viví mucho en pisos altos porque me gustan, viví mucho en los pisos 13 porque no soy cabulero.

¿Cuál es su lugar preferido de su propia casa?
Tengo varios. Pero hay una parra en el fondo y siento el efecto de la planta. Es un lugar al aire libre. Hay dos o tres sillones y me siento muy bien ahí.

 

Fuente Redacción Z
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