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TEMAS DE LA SEMANA

La herencia arquitectónica de la Compañía Ítalo-Argentina

Los edificios que pertenecieron a la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad conservan su antiguo esplendor y le dan un toque pintoresco al paisaje porteño.

Por Gustavo Slep
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usina arte
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Museo del Holocausto
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Domito fulmine” (el rayo dominado) puede leerse en el escudo de armas de la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad. A principios del siglo XX, el ‘señor del rayo’, Juan Carossio, decidió construir castillos para controlar el poder de la luz. Y lo hizo. Como si estuviera en el Renacimiento, o parar unir el pasado con el futuro, mandó a edificar una fortaleza imponente, con una gran torre y ladrillos colorados a la vista, gigantescos ventanales y grandes arcadas. La colosal obra se encuentra en La Boca, en la intersección de Pedro de Mendoza y Caffarena, y hoy es la sede de la Usina del Arte, que con grandes modificaciones se adaptó para albergar las muestras más acabadas de música y arte. Pero no bastó con un castillo. Necesitaba llegar a los hogares, que cada vez demandaban más electricidad: entonces mandó a construir decenas de castillitos menores en toda la ciudad, con la misma misma impronta y la misma inscripción. Para que todos supieran quién era el amo de la luz.

La Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad (CIAE) comenzó a funcionar en 1912 de la mano de Juan Carossio, su fundador, quien había arribado de Italia un año antes. Carossio era un astuto y ambicioso empresario italiano, que le imprimió su sello a una compañía que buscaba abrirse paso en la provisión de energía eléctrica en la ciudad de Buenos Aires. Por la época, el mercado de la electricidad estaba en un período de expansión acelerada. La ciudad crecía con la inmigración y esos nuevos habitantes demandaban electricidad. Carossio logró obtener la concesión para el suministro eléctrico por 50 años.

Hasta el arribo de la Ítalo, el suministro de electricidad era monopolizado por la CATE, Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad. Para competir, Carossio puso en marcha una estrategia para ganarse el afecto de los miles de inmigrantes italianos que arribaban al país, empezando por el propio nombre de la empresa, Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad (CIAE). Este dato quizás pasaría desapercibido, si no fuera porque los capitales de la Ítalo no eran italianos sino suizos y alemanes, ya que pertenecía al holding Motor-Columbus, cuya sede se encontraba en la ciudad de Baden, Alemania.

Pero el nombre italiano no era suficiente para diferenciarla de su principal competidora. Entonces buscó realizar construcciones a imagen y semejanza de su país natal, para que todos los inmigrantes italianos se sintieran como en casa. Por este motivo, le encargó al arquitecto Giovanni Chiogna la construcción de un edificio monumental, de estilo románico lombardo florentino que emulara los castillos de la poderosa familia Sforza, señores de la ciudad de Milán. Así, los inmigrantes italianos podían identificar los signos de una arquitectura que los remitían directamente a su país natal y les hacía olvidar, momentáneamente, las penurias del desarraigo.

La estrategia comercial de Carossio también buscaba diferenciarse de la de su competidora. Por este motivo, en lugar de apuntar al gran consumo industrial y de transporte tranviario como lo hacía la CATE, la Ítalo se fijó el objetivo de proveer el pequeño consumo de casas de familias. Especialmente, la de los inmigrantes italianos. Sus operaciones se diversificaron a través de pequeñas plantas que se encargaban de distribuir la electricidad a las casas y que debían estar ubicadas en la mayor cantidad de barrios posibles, para poder abarcar toda la ciudad. De este modo, además de su usina central, la Ítalo le encargó al arquitecto Chiogna construir otras seis subusinas secundarias, ubicadas en Pacheco de Melo 3.031, Balcarce 547, Montevideo 919, Tres Sargentos 352, Moreno 1.808 y San Antonio 1.077. A éstas se les agregaron aproximadamente 130 pequeñas estaciones estáticas de apoyo, encargadas de la distribución final. De todas ellas, unas 60 sobreviven dispersos en casi todos los barrios. Para preservarlas, 35 fueron catalogadas por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a fines de 2010, para darles distinto grado de protección. De las seis subusinas principales, cuatro quedan en pie. La de Pacheco de Melo fue demolida. Y la de Moreno fue derribada casi en su totalidad para construir en su frente un garaje. Sin embargo, en la parte posterior aún asoman los ladrillos de la subusina por sobre el estacionamiento.

Los otros cuatro edificios aún conservan su esplendor y han tenido distintos destinos. El de la calle Montevideo, alberga el Museo de la Memoria o de la Shoá, que recuerda el Holocausto cometido contra el pueblo judío. La del pasaje Tres Sargentos, en Retiro, aún muestra todo el esplendor de su fachada, que exhibe orgullosa su torre coronada por un antiguo reloj, sus grandes ventanales con arcadas y, en lo alto del frente, la inscripción ‘Cía Ítalo Argentina de Electricidad’ grabada sobre la piedra. Con las estaciones más pequeñas, los destinos fueron múltiples. Algunas continúan prestando servicio para las empresas de electricidad, otras están abandonadas y otras fueron vendidas y funcionan como casas de familia, como la ex Subestación 100 de la Ítalo, que se encuentra en la calle Julián Alvarez al 1.700.

Como lo había previsto su fundador, la compañía llegó a dominar el suministro de la electricidad y sus castillos se convirtieron en marcas visibles de la Ítalo en toda la ciudad. Sin embargo, el imperio se fue desmoronando lentamente, hasta que en 1979 fue estatizada y luego, en la década de 1990, privatizada.

La Ítalo ya no existe. Pero sus castillos sobrevivieron a su fundador y a la propia compañía. “¿Cómo se abre la puerta, má?”, pregunta Alan, de 4 años, un aggiornado caballero medieval del siglo XXI con un traje de Buzz Lightyear como armadura, ante una pequeña subusina que aún se mantiene en pie en Figueroa Alcorta al 3.500, frente al Jardín Japonés. “Siempre que venimos acá me pide que lo traiga a jugar”, explica Roxana, su mamá, de 36 años. “Es mi castillo”, señala orgulloso Alan.

DZ / fs

Fuente Redacción Z
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