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TEMAS DE LA SEMANA

“La gente que vive en la calle es invisible para los demás”

Pediatra y coordinador de Médicos del Mundo, Raúl Címbaro Canella dice que nadie quiere vivir en la calle. Y opina que la gestión macrista no integra sino que expulsa a los sin techo.

Por Juan Carlos Antón
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 Eso es una barbaridad”, asegu­ra Cimbaro Canella, coordi­nador general de proyectos de la ONG Médicos del Mundo, al re­ferirse a la posibilidad de que alguien que vive en la calle quiera permanecer en ella, tal como ciertos funcionarios, especialistas y gente común suelen repetir. Cimbaro Cane­lla forma parte de un “ejército” de aproxi­madamente 150 personas, la mayoría vo­luntarios y trabajadores de la salud, quienes entre otras actividades se dedican a brindar atención a las más de 16.000 personas que viven o trabajan en la calle. En diálogo con Diario Z, reclama por una sociedad que las integre en vez de estigmatizarlas.

A veces se escucha que se resisten a dejar los sitios donde viven, sobre todo los que padecen enfermedades psi­quiátricas.

Ninguna persona quiere vivir en la calle. Sa­ben que no es un lugar para vivir. Ésos son pensamientos que vienen de la sociedad y que muchas veces son avalados por los go­biernos. Pasa que las soluciones que se pro­ponen no son integrales a la persona que vive o sobrevive en situación de calle. Mu­chos fueron desalojados de casas toma­das o de hoteles donde estaban parando. Se separan familias y hay estigmatización. Existen diferentes tipos de ciudadanos: los que pertenecen al mercado y los que no. En este último grupo están las personas en si­tuación de calle. Para ellas, las políticas son expulsivas.

¿Qué opina del manejo que hace del tema el gobierno porteño?

En el análisis que tenemos en Médicos del Mundo, el Gobierno de la Ciudad tiene un conjunto de políticas punitivas y excluyen­tes con respecto a las personas en situación de calle. Son políticas de asistencialismo puro, no integrales; no incluyen vivienda, trabajo y salud. Se piensa todo desde pro­gramas separados que no se conectan en­tre sí. Trabajan desde lo asistencial en las urgencias y emergencias exclusivamente, no desde la promoción y protección de la salud. Son políticas que finalmente lo que hacen es estigmatizar a la persona en situa­ción de calle. Y mantener el statu quo.

No es un tema al que la sociedad suela prestarle mucha atención. Está natura­lizada la aparición de gente en la calle desde hace décadas.

Totalmente. En los 90, en la época del neo­liberalismo puro, se agudizó todo este tema con la cuestión de la sociedad individualis­ta. ¿Qué hace la gente con los que viven en la calle, más allá de las personas volunta­rias? Mira para otro lado y si el hombre está tirado en el piso sangrando, lo salta y si­gue caminando. Es tan invisible y tan natu­ral que la sociedad está deshumanizada. Y esto, insisto, es avalado totalmente a nivel gubernamental. Digo, nadie va a pensar en medidas para personas que no se pueden defender y tampoco pueden reclamar.

Hace poco tiempo, un hombre que vi­vía en la calle en Palermo y falleció fue muy lamentado por los vecinos. Lo consideraban uno más.

Es verdad. Pero fue una excepción. Ese hom­bre había vivido durante mucho tiempo en Santa Fe y Scalabrini Ortiz y era un vecino querido por el barrio, tenía tele, le entrega­ban alguna comida cuando necesitaba. Pero no es lo habitual. No son escuchados. El que sí es escuchado es quien reclama porque tie­ne dos o tres personas en situación de calle en la cuadra y no las quiere ver. En cambio, estas otras personas no tienen capacidad de representación. Entonces, sociedad y go­bierno se alimentan mutuamente.

Y las políticas de vivienda no alcanzan a esas personas.

El Gobierno de la Ciudad construye para el mercado. No hay una política integral de vi­vienda. Es te doy hasta acá para que so­luciones tu problema en seis meses. No sé quién puede solucionar el hecho de vivir en la calle en seis meses. No por lo menos con lo que hay. Eso pasa por ejemplo con las fa­milias: reciben un subsidio y a los seis me­ses tienen que volver a pedirlo.

¿Qué pasa con los subsidios?

Son limitados, los precios suben y la perso­na no puede pagar alojamiento y va a la ca­lle de nuevo. Entonces, tiene que demos­trar otra vez la situación de emergencia. En el BAP (Buenos Aires Presente) tienen cier­tas limitaciones para esto. Cuando las ONG hacen certificados, no siempre están avala­dos por el BAP. Después del Operativo frío, se cortan los subsidios para estar en para­dores y vuelven a la situación de calle. Du­rante el operativo se abren más paradores y luego de que se termina, se cierran y tie­nen que empezar a demostrar que viven en situación de calle. Eso también excluye a la gente. Por otro lado, se da muchas veces que los mismos trabajadores del BAP es­tán precarizados y de tener cien emplea­dos, terminan siendo cincuenta. La gente se va, no tolera la situación, no se les paga en tiempo y forma.

¿Cuál es el perfil sanitario de los que viven en la calle?

Más del 40 por ciento tiene un consumo problemático de alcohol y tabaquismo. Y en los niños y adolescentes se da el con­sumo de pasta base y cocaína. Sobre todo nos encontramos con altos grados de trau­matismo por la sobrevivencia en situación de calle o dolores por dormir en bancos o en el piso. También con muchos casos de enfermedades infecciosas. Lo que no­sotros hacemos es acompañar a estas per­sonas a nivel territorial. El tema es eso: no es solamente institucionalizar o sacar a la persona sino trabajarlo en situación de ca­lle. Cómo protegemos y cuidamos a esas personas. Es un trabajo complejo solucio­nar este problema pero las personas en si­tuación de calle existen, el tema es qué es­tamos haciendo. No se puede pensar que van a dejar de existir por magia o con po­líticas asistenciales.

Se los suele calificar como los pobres de los pobres, sin el marco que, con todas las falencias, puede brindar un asentamiento.

Exacto. No es lo mismo ser pobre, que ser pobre y vivir en situación de calle. Y ser migrante es un grado de exclusión mayor en la ciudad de Buenos Aires. Por ejem­plo, ser mujer, migrante y en situación de calle no es lo mismo que ser un varón, ar­gentino y en situación de calle. Si bien no son la mayoría, hay personas que han ve­nido de otros países y están a la intem­perie. Por ejemplo, en nuestra ONG te­nemos el caso de una persona que había venido de Paraguay, con plata y le roba­ron, se encontró con nosotros y después de ciertos trámites, ahora tiene un traba­jo y cuenta con un lugar donde vivir. Era un chef y se acercó a nuestra consulto­ría. El estaba acostumbrado a estar en su casa y tener un trabajo. Es decir, muchas veces los migrantes son quienes más pa­decen este estado de exclusión. Nosotros creemos que hay que trabajar en red, no somos la ONG salvadora, no trabajamos en “oenegeísmo”.

¿Hay un “mercado de ONG”?

Existe, claro, pero eso no lo queremos. No queremos que todos sean Médicos del Mundo sino trabajar con otros.

¿Cómo hacer para desnaturalizar la si­tuación de calle, una vez que la perso­na ya está inmersa en esa situación?

Eso pasa con la migración: piensan que por ser migrantes no tienen derechos y entran en un circuito que los mantiene al margen de todo, simplemente por no conocer cuá­les son sus derechos. Esta cuestión de los derechos es invisible, no aparece en nin­gún lado, no se hacen carteles para eso. Lo que proponemos desde el trabajo del vo­luntario es humanizar la sociedad, trabajar con estas personas en situaciones de ex­clusión social y garantizar los mismos de­rechos que tenemos todos. El día que po­damos garantizar que todas las personas tengan los mismos derechos, ese día habrá una sociedad humana. Hoy todavía tene­mos que humanizarla.

¿Y el sistema de salud en general?

La gente que viene al hospital público no es a pedirte una crema. Hoy por hoy vivi­mos en un sistema de salud fragmentado. Existen tres subsistemas que no funcionan como único: obras sociales, prepagas y el público. Este último está altamente deman­dado. Pasa que todo lo que no funciona en las obras sociales o prepagas, termina en el hospital público. Hay un desfinanciamien­to, existen ciertos seguros que le sacan al público para pagar lo privado, por ejemplo con las diálisis.

¿Cómo sigue el tema de los insumos?

Faltan en todos los hospitales. Por ejem­plo, no hay prueba de Mantoux en la Casa Cuna. Cuando escasea un determinado antibiótico, se usa lo que hay. Hoy las re­glas de juego están hechas para que gane el privado que busca ganancias pero lo cierto es que el hospital público es el único que responde con calidad y donde los mé­dicos se esfuerzan y quieren trabajar. Hoy la gente elige el sistema privado sólo por estatus, ya que el hospital público sigue siendo de alta calidad.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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