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TEMAS DE LA SEMANA

La dieta de las malas noticias: manual de una chica densa

La desopilante novela de Raquel Robles propone abrir la mano y mejorar la vida.

Por Lucila Rolon
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Paula tiene treinta y pico, trabaja mucho y le va muy bien. Desde su adolescencia se dedicó a ocultar un pasado que la hizo sufrir mucho y todavía le duele. Se dio maña con éxito, pero la vida es impredecible y, el día menos pensado, se encontró teniendo que convivir con su madre, la mujer que más odiaba en el mundo, con Alzheimer. Raquel Robles está detrás de los hilos de Paula y todo su mundo. Es docente especializada en la gestión educativa, fundadora de H.I.J.O.S. y ganó el premio Clarín de Novela 2008. En su nueva novela, La dieta de las malas noticias, teje esta historia en clave de humor negro. Un relato con final feliz para nada hollywoodense que sugiere que es posible remontar un pasado de violencia y desamor.
Esta no parece ser una historia muy contada. ¿Cómo se le ocurrió?
Trabajé muchos años en geriátricos y hogares de niños. Contrariamente a lo que pasa con los chicos cuando los papás o la familia no van a visitarlos, que cargás las tintas contra ellos, en el caso de los geriátricos pensás que ese adulto no visitado tal vez construyó una vida tal que a sus familiares no les dan ganas de ir a verlo. Eso me interesó. Aunque tampoco es que pienso tanto a la hora de escribir.
La mayoría de los personajes son mujeres. ¿Qué vienen a contar?
Por un lado, lo que dice la madre de Paula: «No sólo los justos sufren». Sufrir no es un pasaporte para el perdón y la impunidad. A veces nos pasa, al menos a mí me pasa, que tengo un exceso de compresión del otro a través del cual justifico lo que haga aunque me dañe. Por ejemplo, por loco, «pobre, no sabe lo que hace». Algo que es una falta de respeto para el otro y su titularidad de derecho: el que es un hijo de puta tiene derecho a serlo, no hay que borrarle su capacidad de elegir.
Hay gran presencia del orden moral. Los buenos y los malos.
También nos hablan de eso. Dejan en claro que cada acto de bondad debe ser valorado en esa medida. No es que les nace ser buenas. Todas trazan una matriz para ver cómo nos vinculamos con las personas: no hay gente buena o mala naturalmente. Hay actos muy buenos y actos muy malos. No cabe decir «pobre, con todo lo que le pasó en la vida», ni devaluar un acto bueno porque «qué podría hacer una persona tan buena».
Parecen estar siempre al borde de pisar el palito.
¡Claro! En esa sensación está la idea de que no son todas buenas o todas malas. Son seres complejos que actúan de diferentes maneras. Y que seguro pagan un costo en cada elección. Algunas dejan en claro que es mucho trabajo, por ejemplo, no cobrarse facturas en ventanillas equivocadas. O que hay facturas que no te va a pagar nadie.
Paula condensa todo y reflexiona.
Es que se ve obligada. Es bastante densa. Tiene tantos prejuicios, para el amor como para otras partes de la vida, que sigue un manual para vivir, un protocolo. Eso les da paz a los obsesivos. Por otra parte, tiene mucho resentimiento. Fundado, pero mucho. Y tiene que repensar qué hacer ahora que su vida cambió.
¿Por ejemplo?
Dejar de tener prejuicios y catalogar gente. Esto te hace la vida muy chiquita. Claro que tiene sentido que Paula tenga una vida chiquita porque quiso olvidar su pasado e hizo un recorte muy grande. Creo que es algo que puede modificarse aunque restos siempre quedan: no es tan fácil llegar al interior de Paula. Ella tiene siempre dos posibilidades: o se arma un mundo un poco más grande pero muy conocido y propio donde se sienta cuidada, o hace un esfuerzo por abrir la mano. Por supuesto que la mirada de los demás importa y te toca o te duele, te modifica. Pero hay un punto donde podés decir «es lo que hay».
¿Aceptación?
Humildad. Hay situaciones que están fuera del control de Paula (y de todos), pero ella pone mucho énfasis en modificar su entorno. Y la realidad le enseña que eso es imposible. Paula todavía puede reconocerse parte de un entramado más grande en el que puede hacer aportes, pero nada más.

DZ/LR

 

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