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La columna de Zabo: Yo, el hereje

La columna de Zabo: Yo, el hereje

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Cuando tenía alrededor de nueve años mi mejor amiga y yo estábamos jugando en el patio del colegio cuando empezó a cargarme por algo, no logro recordar bien qué. Al principio lo dejé pasar pero comenzó a ponerse muy molesta después de un rato. Le pedí que se detuviera o yo iba a empezar a molestarla a ella. No quiso parar.

Más tarde ese día le pedí por favor que la cortara, pero la gente como ella, por alguna razón, siente la necesidad de llevar a la gente como yo al límite, sin importar las consecuencias. Cuando ya no pude ignorarla más me di vuelta enfurecido y le grité «por lo menos yo tengo mamá» con una media sonrisa malévola y burlona en la cara. Como si hubiese usado el comodín de los insultos ¿Qué podría doler más que eso?

Mi memoria es un desastre. Quizá pueda recordar los nombres de los hijos del plomero que vino a trabajar el año pasado a casa pero no lo que almorcé hoy. Mi cabeza es un desorden mental de anécdotas y momentos contados mil veces de maneras diferentes porque se me hace muy difícil relatar algo exactamente como sucedió. Son muy pocas los recuerdos verdaderamente fieles. Uno de ellos es la mirada de Anto antes de romper en llanto y salir corriendo. También tengo en mente la imagen de la profesora cuando vino a retarme. Yo estaba mudo. Tieso. No podía creer lo que había dicho. Es como si hubiera visto desde afuera de mi cuerpo a un chico muy parecido a mí decir esas palabras.

Levanté fiebre y estuve una semana sin hablar prácticamente. Llegué a pensar que cualquier cosa que dijera podría provocar que alguien repitiera esa mirada que tuvo mi amiga para conmigo. Aprendí que no debía enojarme, que mientras me concentrara en las cosas buenas eso no iba a volver a pasar. Y cuando digo «eso» me refiero a convertirme en un hereje cruel carente de sentimientos y amor por el prójimo.

«Eso» también me llevo a ser el chico raro. El que se perdía recreos u horas de clase por hablar con la asistente pedagógica del colegio. «¿Por qué nunca hablas de nada, Nicolás?» me preguntaba generalmente, a lo que yo contestaba que para decir boludeces ya estaban los demás.

¿Por qué les cuento esto? Para que si tenés un amigo en la misma situación que viví yo, le expliques que no hay que esperar a último momento para estallar. Personas así terminan muy enojadas con la vida en general, lo digo por experiencia.

Quizás por ahorrarse un mal momento con alguien que quieren mucho la terminan pagando ellos y uno no sabe las cosas que pueden decirse o hacerse cuando lleva mucho tiempo enojado consigo mismo.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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