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La columna de Zabo: Vosiyo

La columna de Zabo. Vosiyo

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Éramos extraños. Vos y yo éramos extraños. No sabíamos nada el uno del otro, pero eso te alcanzaba para no soportarme. El trabajo nos obligó a conocernos. Me intentaste bo­ludear, yo no te dejé. Creo que a partir de ese día nos empezamos a llevar bien. Yo pasaba apurado por la barra y te pedía que me vayas preparando algo, que ahora lo venía a buscar para luego irme apurado dando la imagen de que tenía que solucionar algo importante que esta­ba pasando en la fiesta, y en realidad sólo intentaba que mis dos parejas de esa noche se mantuvieran en pisos diferentes.

Te hice reír. Me hice fan de ha­certe reír y eso a vos parecía no mo­lestarte. Hasta a veces me daba la impresión de que necesitabas reírte más. Empezamos a llevarnos bien, no querías admitir que antes me odiabas y me mirabas mal, pero yo lo sabía. A los dos meses nos diver­tíamos mucho hablando pavadas hasta que un día en que yo tenía los cables pelados te pregunté si éramos amigos, mi amigómetro venía descalibrado por dos es­pantosas situaciones pasadas. Vos contestaste «supongo».

Un jueves me decidí y te envié un mensaje que decía «¿Qué hacés ma­ñana?», vos sólo contestaste «¿Por?». La ley de la intriga me obligó a tardar mucho en contestar y tu impaciencia te obligó a enviarme otro «¿Por?». ¿Te acordás? Yo te contesté que si se su­ponía que éramos amigos debíamos vernos, que eso es lo que yo hago con mis amigos. Dijiste que te parecía bien, que nos juntáramos en la casa de una amiga tuya a tomar algo. Pero nos tomamos todo.

Caminábamos por Santa Fe, vos ponías músicas desde tu celular nuevo y yo tenía ganas de revolearlo debajo de un camión de Cliba. Paré a com­prar puchos y un cartel me invitaba a regalar un bon o bon por la semana de la dulzura. Compré uno y te al­cancé, habías tomado tanto que ni te percataste que yo había desaparecido por un rato. Saqué de mi bolsillo el bon o bon y te robé un beso. Digo «te robé» porque me abusé de tu estado y del mío. Después de la exitosa tran­sacción paré en otros cuatro kioscos y compré una golosina en cada uno de ellos. En el quinto compré una caja de bon o bon y te pregunté: «¿Y por todo esto qué me das?». No, no garchamos esa noche, pero al menos te hice reír y eso me alcanzaba.

Empezó muy lindo todo. Confu­so, pero lindo. Es una lástima que hayamos pegado toda la vuelta y volvamos a ser extraños que no saben nada el uno del otro (men­tira, me encargo de saber todo sobre vos gracias a internet). Nada más feo que estar triste por alguien que te puso mal y que la única persona con la palabra justa para hacerte sentir bien sea la que te hizo mal en un principio.

Fuente Redacción Z
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