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La columna de Zabo: tiempo de chicos raros

La columna de Zabo: tiempo de chicos raros

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Nadie les avisó a los primeros que, por gusto o tacañería, al usar ropa de sus padres o lo que encontrasen ol­vidado en un armario iban a ser vin­tages, solo hacían lo que querían. Tampoco los punks estaban enterados de que al comenzar a teñirse el pelo de colores para rebelarse contra la sociedad iban a estar creando jus­tamente una moda. O aquellos pio­neros afroamericanos, que al dejarse caer un poco los pantalones, estaban dándole lugar al estilo «pareciera que te cagaste encima».

Si hablamos de moda y tribus te­nemos que nombrar a la galería Bond Street. Sagrado lugar al que alguna vez fuiste a comprar algo, hacerte un tattoo o simplemente en busca de la nueva tendencia como un Cool Hunter cualquiera.

Siempre me invadió la necesidad de preguntarles a los góticos que se juntan en la plaza si no tienen calor en verano con esos sobretodos negros y el maquillaje corriéndoseles por la cara. ¿Es necesario? ¿No les pesa ese crucifijo tamaño Cristo real?

Hay algo que siempre tuve en claro es que para escuchar música no es necesario usar el uniforme. Algunos le dan mucha importancia a eso: no pueden concebir la idea de alguien que escuche música punk sin tener una remera de los Ramones o de los Pistols, o que un oyente de lo gótico se vista de radiante blanco.

Creo que lo fundamental es estar cómodo con lo que uno se pone, que la ropa le guste a uno y no que siga la línea de un look o una cultura. Apar­te, si no me gusta lo que compro, le estoy dando una razón más a mi vieja para que diga «siempre dejás todo ar­chivado».

Lo que más me gusta de la moda de mi generación es la de-generación. No hay género. Ya no te van a mirar (tan) mal. Cosas que estaban consideradas exclusivamente para nenas ahora son elemento de provocación de los nenes.

Ya no es necesario ir a antros de culto para encontrar personajes pinto­rescos.

Hay que admitirlo: tanta banda de «parezco, pero no soy» abrió mucho el camino.

Es genial que los prejuicios co­miencen a alejarse y los límites a correrse. Nunca faltará el viejo mala onda y conservador que dirá en el no­ticiero fascista de turno «Pero ¿estos chicos no tienen padres?»

¡Es el tiempo de los chicos ra­ros, vejete! ¡Y ahora tienen mu­cho más que compartir con sus madres!

Pensar que cuando les contemos a nuestros hijos que en nuestra épo­ca estaba mal visto que el hombre usará maquillaje o accesorios de mujer nos van a mirar con la misma cara que miramos a nuestros padres cuando nos contaban que en la dic­tadura te perseguían por tener el pelo largo. Loco, ¿no?

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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