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TEMAS DE LA SEMANA

La columna de Zabo: Tanto

Por Nicolás Zabo Zamorano.

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Tuve una de esas semanas. De esas en las que me pasa de todo y digo: «Bueno, al menos voy a tener sobre qué escribir en la columna», sólo para consolarme. Pero después termino sentado, prendiendo el pri­mer pucho de la noche, abriendo el Word y entonces… la nada. Quizá sea porque todavía sigo en shock de­bido a los acontecimientos recientes. Quizá maduré un poco y ya no tengo ganas de andar exponiendo gente al escarnio público. Pero ¿qué pasa si simplemente descubrí que no me importa?

Creo que todos vivimos en algún momento esa época en la que parecía que todo nos resba­laba. Y en realidad no lo hacía: so­lamente teníamos un atajo para lle­gar a ese oscuro y frío lugar donde guardamos todas esas cosas feas que nos pasaban. Eso sirve al principio, cuando hay lugar de sobra, cuando aún no vivimos demasiado. Pero un día el depósito se llena y sólo nos queda comenzar a agarrárnosla con cualquier inocente que se nos cruce hasta afrontar que no pode­mos seguir haciéndonos los boludos con las cosas que nos molestan.

Parte de crecer es comenzar a decidir por qué cosas no queremos volver a pasar. Decidir si queremos aprender de los errores o condenar­nos a repetirlos una y otra vez. Deci­dir quién nos hace bien y separarlos de aquellos que…, sería injusto decir que nos hacen mal. Podríamos decir entonces, de aquellos que lo inten­tan, aunque a veces su intento no es suficiente.

Quizá no pueda escribir, porque nunca pensé dedicarle una columna de este tipo a la persona con la cual, en caso de no morir a los 27 años como las grandes leyendas, estaba decidido a envejecer. La persona con la que tuve lo más cercano a un «para siempre» en mi vida. Y eso que yo le decía «Pero mirá que soy muy pesado, eh, de seguro hasta me muero primero que vos para esperar­te en el infierno y quejarme del fune­ral de mierda que me hiciste, que te olvidaste de invitar a alguien, que me pusiste un saco horrible». Envejecer conmigo no iba a ser una tarea fácil. Pero se ve que crecer a la par tam­poco lo es.

Amar mucho a una persona tam­bién genera problemas. Nadie nos dice cuál es el punto justo. Debería de existir un «amorómetro». Por­que amar de más nos lleva a generar falsas expectativas y amar poco nos convence de que el otro no tiene que esperar mucho de nosotros. Creo que el punto justo es amar al otro tanto como a uno mismo. Que la felicidad del otro no sea un obstáculo para la de uno y cuando lo es, decidir qué es lo importante.

Y lo importante para mi es que te amo. Tanto que no voy a dejar que sigas haciendo cosas para que un día deje de hacerlo.

DZ/km

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