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La columna de Zabo: Los cumpleaños

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Por Nicolás Zabo Zamorano
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Odio cumplir años. Odio que me recuerden cuanto tiempo llevo en este mundo, porque me hace pensar en las cosas que no hice en toda mi estadía. Lo que todavía no logré. Las cosas que intenté y en las que fallé. Ponerme a revisar lo que hice mal en estos años es una tarea que comienza en las fiestas de fin de año y no finaliza hasta terminado el 4 de febrero. Y sí: soy de Acuario. Eso te explicaría muchas cosas si creés en el horóscopo y esas gansadas.
Tanto me traumatiza el cumplir años que hasta obligo a mis amigos a encontrar una forma de que el cambio de número no me afecte tanto. Como por ejemplo, todo este año no tuve veintidós sino «veintiuno bis». Probablemente el sábado pase a tener «dieciocho más cinco». A veces me siento Susana Giménez prohibiéndoles a los nietos decirle «abuela».
Tiene un poco de sentido que odie mi cumpleaños. Cualquier persona que no haya nacido dentro del ciclo lectivo escolar me entenderá: llevamos una inconmensurable cantidad de bronca acumulada por nunca haber podido ser de los que caen a clase con una torta. Nuestros festejos siempre incluyeron familiares de esos a los que no vemos nunca, sólo para hacer bulto y que no se note tanto la ausencia de la mayoría de nuestros amigos que continuaban de vacaciones. Y por más masoquista que suene, siempre, pero siempre llevaremos la cruz de nunca haber recibido una «manteada» en el medio del patio. Esa que los que te tenían bronca aprovechaban para dejarte una marca importante en la espalda.
Los cumpleaños se volvieron peores desde que tengo celular. ¿Hay algo más incómodo que atenderle el teléfono a una persona con la que no hablás nunca, pero que por alguna razón tuvo la imperiosa necesidad de llamarte para desearte que tengas un lindo día?
Al menos antes lo desconectaba y le rogaba a mi familia que dijera que no estaba. Pero ahora me pueden ubicar en cualquier lado. En fin, si sos una de esas personas que no se pueden contener, te cuento que el mejor regalo sería que no llames. Vos te ahorrarías crédito y yo el ponerme en piloto automático para decirte «¡hey!, ¡tanto tiempo!» con una emoción completamente fingida.
Lo peor de los cumpleaños es darse cuenta de que hay que comprar un terreno más grande, que ese lugar donde sepultamos nuestras decepciones amorosas nos está quedando chico.
Porque los chicos como yo no quemamos los recuerdos y liberamos las cenizas al viento. Nosotros las sepultamos y esperamos que vuelvan como zombies a comernos los órganos. Total, si ya destruyeron nuestro cerebro y corazón, es mucho mejor si vuelven a terminar lo que comenzaron.

DZ/LR

 

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