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La columna de Zabo: los conflictuaditos

La columna de Zabo: los conflictuaditos

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Siento una cosa medio rara por la gente torturada. Esa gente oscura que nunca terminás de conocer, la que siempre da la impresión de estar pasándola mal aunque digan lo contrario. No sé, por alguna razón me generan atracción o algo por el estilo. Rod lo llama «síndrome de Jesús», que siempre elijo personas con las que puedo jugar el papel de salvador. Tal vez tenga razón. A veces me pregunto por qué me dieron clases de primeros auxilios en la primaria y no algo como «maneras de ayudar a alguien en casos de depresión».

¿Cuántas veces suponen que tuve que hacer un RCP o un torniquete y cuantas otras lograr que alguien que conozco se levante de su cama? Como dije, me parece más útil mi idea.

Justo un día después de la tragedia de Cromañón, Paulo decidió tomar todas las pastillas que encontró en su casa mezclándolas con alcohol. Supongo que la espera por la muerte le habrá parecido demasiada larga de esa manera porque luego se dirigió a la cocina, tomó un cuchillo y realizó dos profundos cortes en sus muñecas. El hermano fue quien lo encontró cuando volvió del trabajo pero ya era demasiado tarde. Todos estábamos tan ocupados ayudando a localizar amigos en hospitales o consolando conocidos que habían perdido a alguien en el incendio del boliche que la no aparición de Paulo durante ese día pasó desapercibida. Días después recibimos un mail del hermano donde nos contaba la noticia. Sí, nos enteramos por mail.

Ese día comenzaron los flash backs. El primero fue de la vez que le conté a Pol que uno de mis hobbies era sentarme en la baranda del balcón. Eran unos minutos en los que perdía el vértigo y disfrutaba la vista desde el edificio donde vivo. Intentaba convencerme de que era sólo eso, pero también era mi manera de esperar que el viento me ayude a hacer lo que yo no me animaba. Ése era mi cruzar la calle con los ojos cerrados, o algo por el estilo. Él no se horrorizó, todo lo contrario, me pidió que lo llevara al balcón y lo hice. Me pidió que le mostrara qué era lo que yo hacía y lo hice. Luego imitó mi posición y empezó a hablar, como si nada estuviera pasando, acerca de una banda que hoy no recuerdo.

Él estaba ahí, pidiéndome que lo ayudara… pero yo no lo hice. Me limité a disfrutar que ahora tenía cerca a alguien tan conflictuadito como yo.

Fin de año siempre me agarra críptico y mis amigos me escapan, es la víspera de mi segundo cumpleaños, ¿saben?
Pol me alargó la vida, me dio el tiempo extra que ahora disfruto. Entonces no, Rod, no puedo evitar querer ser el salvador de alguien.

Se la debo.

DZ/KM

 

Fuente Redacción Z
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