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La columna de Zabo: Las promesas

Por Nicolás Zabo Zamorano.

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Nos gusta creer que el cambio de año puede lograr milagros. Desde comenzar una dieta hasta deshacernos de algún hábito espantoso es válido a la hora de prometernos algo. No hay límites ni criterio. Nos forzamos a mantener la esperanza de que ese brusco cambio va a durar hasta finalizar el año que comienza, cuando en realidad sabemos que no va a superar siquiera la primera quincena de enero.

Dejar las carnes. Dejar las harinas. Anotarnos en el gimnasio, pero esta vez sí ir. Borrar su número de nuestro celular. Dejar de ser tan impuntuales. Comprar libros, pero esta vez sí leerlos. Organizar unas vacaciones a un lugar lindo y desconocido, y no terminar en la misma playa a la que vamos todos los años. No llamar a nadie que no debemos cuando estamos borrachos. No llamar a nadie que no debemos cuando no estamos borrachos.

En fin, un montón de huevadas que juntas parecen una ola de voluntad para convertirnos en mejores personas, pero que si las observás más de cerca, son el simple reconocimiento de esos defectos con los que ya nos acostumbramos a vivir. El primer paso es reconocerlo, el segundo es disfrutarlo.

El discapacitado emocional es así, gusta de decepcionarse. Está tan acostumbrado a la derrota personal que hasta casi la ve como un deporte. Por eso en nuestros casos las promesas suelen ser mucho más exageradas: tenemos tan asumido que no podemos cambiar para bien, que no andamos con chiquitas.

El peor problema es la comodidad. Aprendimos a convivir con el desastre social que somos y acostumbramos a nuestro entorno a esperar lo peor de nosotros volviéndolo casi una característica simpática y eso es un horror. Nos volvimos un ejemplo de cómo no hay que vivir. No tenemos la completa seguridad de que sea así, pero una parte de nosotros nos dice que nuestros amigos usan bastante seguido la frase «seguí así y vas a terminar como», completándola con nuestro nombre.

En algún momento de nuestra historia algo hicimos mal como para dejar de ser protagonistas de una comedia romántica en Hollywood y terminar siendo el personaje secundario de una sitcom donde los guionistas repiten los mismos chistes y situaciones una y otra vez, esperando causar una reacción diferente que nunca llega.

El discapacitado emocional vive algo que se llama «positivismo a la inversa»: no esperar absolutamente nada del mundo y creer que todo puede salir mal, así, en caso de que suceda lo contrario, eso sea algo bueno.

Mi promesa para este año fue ser negativo a la inversa para poder cumplir las viejas promesas.

DZ/km

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