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La columna de Zabo: las alarmas de la adultez

La columna de Zabo: las alarmas de la adultez

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Hace algunos años me puse a ha­blar sobre el Síndrome de Peter Pan sin saber que era algo real. Lo nom­bré porque me parecía un término gracioso para comentar mi pánico constante frente a la transforma­ción en un adulto. Supongo que lo habré escuchado algún domingo en uno de esos especiales que pasan sobre Michael Jackson en E! Enter­tainment y quedó flotando en mi inconsciente.

Cada tanto suenan pequeñas alarmas que me alteran. Creo que la primera fue aquel día en que el pre­ceptor me agarró a la salida de una clase y me dijo «Zamorano, usted es el único que todavía no eligió la es­pecialidad para el año que viene». Ahí estaba yo, sentado en la sala del rec­tor frente a un pedazo de fotocopia con un espacio en blanco para com­pletar, obligado a contestar sobre qué quería estudiar los siguientes cuatro años de mi vida cuando en realidad quería ir a casa a tomar Cindor y jugar con la computado­ra. Tenía catorce y pretendían que ya supiera mi futuro laboral cuando aún no lograba que no se me abrieran las salchichas cuando las hervía.

Otra cosa que recuerdo es de cuando tenía cuatro años, con mi mejor amigo participamos de un acto en el que la canción principal era el «Twist del Mono Liso» de María Elena Walsh, mi favorita de ella. Al menos hasta ese momento. Del acto también participó su mamá haciendo del famo­so simio mientras nosotros corríamos alrededor vestidos de naranjas. Hasta que de repente ella se desplomó en el piso. Paro cardíaco. Niños y maestras traumados por siempre. Creo que no se volvió a usar esa canción durante un acto en mi jardín.

Hace unos nueve meses mi mejor amiga me dijo en chiste «Seguro que estoy embarazada» después de unos días de atraso. Yo le contesté que sí, que lo estaba. Se rió nerviosa y cam­bió de tema. Supongo que la asusté, soy bastante críptico cuando digo esas cosas, casi como el nene de El resplandor diciendo «redrum» o algo así. El punto es que yo tenía razón y el lunes 10 le dimos la bienvenida a Fe­lipe. El mismo día que los argentinos despedimos a María Elena.

La llegada al mundo del hijo de tu mejor amiga. La muerte de un personaje importante y querido de la infancia. Dos alarmas muy fuertes para un solo día. A veces me dan ga­nas de gritar «¡Pido gancho! Somos chiquitos, no vale que los grandes se mueran ni que los chiquitos se vuelvan grandes ¡Yo así no juego más!». Pero después de ver por pri­mera vez a Felipe asomarse al mundo, pude entender que mi turno ya ter­minó. Ahora es momento de que él disfrute tanto su infancia. Tanto como yo. Tanto como para no querer jamás abandonarla.

 

DZ/km

Fuente Redacción Z
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