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La columna de Zabo: Flashback

La columna de Zabo: Flashback

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Con Lucho éramos los dos menores dentro de ese grupito de chicos antisociales y con actitud de malos que escuchaban bandas espantosas en Cemento. Teníamos trece o catorce años y a fuerza del soberano aburrimiento que nos producía la gente de nuestra edad fuimos haciéndonos amigos de los más grandes que paraban en la plaza de la Bond Street. Cuando Chabán inauguró Cromañón, Lucho y yo pertenecíamos a grupos diferentes pero igual me dijo si quería acompañarlo y yo le contesté que no, que para lugares grandes y horribles ya existía Obras. Detesto las multitudes en espacios cerrados.

De ese día en adelante Lucho no llamó más a casa ni a mi celular. Tampoco volví a cruzarlo en la plaza, lugar al que iba cada vez menos. No supe más de él hasta un mensaje que decía: «¡Boludo! ¡Se prendió fuego el boliche de Omar!». Le contesté que estaba volviendo desde Temperley, que había pasado por Once y vi todo lo que estaba pasando, que fuera para mi casa en un rato. Nos quedamos viendo los canales de noticias toda la noche y llamando a amigos que podrían haber estado durante el recital. Cuando el sueño comenzaba a vencernos alrededor de las siete de la mañana, recibí el llamado de Lucho preguntándome si podíamos ir al Instituto del Quemado a ver si ubicábamos a unas amigas de la hermana de él. Aparecieron más tarde en las listas de fallecidos.

No nos vimos por un tiempo hasta que nos cruzamos en el cumpleaños de Juan Bautista el año pasado, ambos poco teníamos que ver con ese recuerdo de chicos constantemente desaliñados. Me dijo que se quedaba por abajo y yo le recomendé subir conmigo y mis amigos, que estar debajo de un entrepiso me ponía nervioso desde que vi caerse un pedazo de techo en el Soho Club. Ah, el cumpleaños de Juan Bautista fue en Beara, olvidé decirlo.

Supe la mañana del viernes que no faltaba mucho para recibir un mensaje que dijera «¡Boludo! ¡Se cayó el entrepiso de Beara!». También supe que no quería poner los nombres de las dos chicas que murieron en Facebook para no saber si tenía amigos en común con ellas. Consolar amigos que pierden amigos es algo que no le deseo a nadie. Pero hasta eso se repitió.

Somos chicos. Quizá ya no somos tan chicos como quisiéramos, pero nos quedan resabios de ese espíritu de Highlander que nos dejó la adolescencia cuando salimos a divertirnos. Cromañón le enseñó a mi generación a ubicar las salidas de emergencia y a ser un poco más responsable sobre los lugares a los que decidimos ir, pero ¿se supone que el derrumbe nos tiene que enseñar a calcular el peso que soporta una estructura?

No, Mauricio. No tiene.

Fuente Redacción Z
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