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La columna de Zabo: El poder

La columna de Zabo: El poder

Por Nicolás Zabo Zamorano
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El complicado y engorroso proce­so de volver a dejarse querer. Porque uno nunca dejó de querer que lo quie­ran, simplemente nos creímos capaces de vivir aislados del mundo. Como si ser ermitaño fuese una opción. Como si no necesitáramos ni siquiera de nuestros amigos. Porque querer da poder y no queremos que nunca nadie vuelva a tener poder sobre nosotros después de nuestra última decepción.

Las salidas se vuelven aburridas porque se pierde esa emoción de co­nocer gente nueva. Ya no vas con la esperanza de que el amor de tu vida pueda estar en ese bar o boliche que tanto odiás, pero que con los años se volvió la única opción. No querés que tu próxima pareja esté ahí. En reali­dad, no querés que exista.

A veces, los instintos pueden más y tenés ese sexo con alguien a quien le inventás un nombre y una historia de vida diferente a la tuya para que no haya chances de que te encuen­tre en Facebook ni en ningún otro lado. Te arrepentís del esfuerzo, que hubiera sido mínimo si te arreglabas sólo con tu imaginación. Hasta te hubieras ahorrado plata: tu mano no necesita plata para el taxi ni ropa de látex.

Renunciaste a tus amigos, a tus salidas, al sexo casual. ¿Qué te queda? El trabajo. ¿Querés encontrar a una persona totalmente negada a dejar­se querer? Buscá a quien más trabajo tenga esa semana. Aunque esté en pareja, está evitando algún problema seguro. ¿Qué persona, en su sano jui­cio, quiere laburar más que lo mínimo indispensable? Entre otras cosas, es­toy con cinco trabajos a la vez.

Es feo abandonar las esperanzas de que algún día todo vaya a salir bien, de que vamos a tener ese final feliz que nos prometieron en tantas películas y cuentos de hadas. Tam­poco somos gente tan exigente, me parece. No pedimos un «y vivieron felices por siempre». Con un «y vivie­ron felices por un tiempo prudencial que les bastó para aprender lo mejor el uno del otro hasta que no dio para más», nos conformamos. Estaría bueno que le pongan un mínimo al tiempo prudencial, así no tene­mos que comportarnos tan ciclotími­camente.

Querer es poder. Si no quere­mos, no le estamos dando a nadie poder sobre nosotros. Pero si no queremos, ¿estamos vivos? No tenemos amigos, ni a donde ir y ni siquiera a quien darle un número de celular falso la mañana siguiente. Sólo tenemos trabajo. Y justo cuando cree­mos que es todo lo que necesitamos, alguien se presenta con su nombre y nos dice: «Vamos a ser compañeros». Y entonces tenemos ganas de pre­sentarle a nuestros amigos, nuestros lugares favoritos y darle nuestro nú­mero de celular real. Fuck.

Fuente Redacción Z
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