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La columna de Zabo: El enamoramiento

http://yo-adolescente.com.ar

Por Nicolás Zabo Zamorano
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¿Cómo logramos ponernos de vuelta en el mismo lugar? ¿Qué fuerza superior y masoquista nos empuja a repetir la misma situación? ¿No aprendimos nada? ¿No entendimos todavía que claramente esto no es para nosotros? Nos habíamos prometido que no nos volvería a pasar, pero aquí estamos de nuevo, rogando que toda esa revolución interior sean gases y no mariposas.
No sé si alguna vez les pasó, pero el enamoramiento incontrolable es el peor de todos. Es ese que te hace ver salir arcoiris de su espalda y osos pandas bebés bailando sobre sus hombros mientras te habla. Es el que te hace sentir que te convertiste en uno de esos dibujitos animados a los que las pupilas se les cambian por corazones cuando aparece la otra persona. Es tan infantil todo que la única que queda es entregarse y reírse nervioso el 99 por ciento del tiempo.
El enamoramiento incontrolable nos hace sentir más enamoradizos que Georgina en Chiquititas. Nos hace creer que es posible que de algún lado comience a sonar mágicamente nuestra canción favorita y que por casualidad todo el mundo en la vía pública se sepa la coreografía. Hasta llegamos a pensar que el tema pop melódico que está de moda y fue compuesto por ese cantante que siempre nos pareció un horror «tiene un par de cosas copadas».
Este tipo de amor nos atrofia. Nos hace sentir estúpidos, torpes. No lo entendemos y odiamos no entender. Creo que esto pasa porque el discapacitado emocional no está acostumbrado a enamorarse y ver arcoiris, generalmente la tormenta está ahí, desde el día uno. No es cómodo para nosotros ser los que no saben qué hacer con las manos transpiradas o los que dicen «disculpá, ¿qué te venía diciendo?» porque nos dispersamos contando las teclas de esa sonrisa que nos paraliza. Somos Cameron Diaz en cualquiera de esas comedias románticas pochocleras que vemos cuando no hay nada en televisión. Sólo que ella está acostumbrada a salir airosa de estas situaciones mientras que nosotros el último final feliz que tuvimos fue cuando nuestra vieja nos leyó de chiquitos «Hansel y Gretel».
Es como cuando en el secundario tomaban prueba sorpresa: al principio te querías matar, pero sabías que tus amigos estaban igual o peor que vos y que cuando entregaran las notas se iban a reír de lo que respondió cada uno. Por eso ahora estoy en el mismo lugar de siempre. Espero que sean gases, pero por como viene la mano creo que tengo al arca de Noé, a los de American Idol y a todos los pokemones descubiertos hasta el momento en el estómago.

DZ/LR

 

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