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La columna de Zabo: Cuando quiero ¿puedo?

@yoadolescente

Por Karin Miller
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Aprender lleva su tiempo. En especial para discapacitados emocionales como nosotros (o «personas con capacidades diferentes para amar», si lo prefieren). Descubrir que no todo se hace de la manera a la que estamos acostumbrados es un duro golpe al camino recorrido que nos anula cualquier tipo de experiencia previa donde actuar incorrectamente no fue un problema. Renunciar a lo adquirido es difícil porque también es renunciar a lo que nos hace ser nosotros y, seamos honestos: a ninguno nos gusta cambiar.

¿Es amor cuando te enamorás del potencial que puede llegar a tener esa persona en lugar de lo que realmente es? ¿Entonces qué? ¿Hay cierto tiempo para desarrollar ese potencial? ¿Hay un tiempo para volverse esa pareja perfecta que desean del otro lado? ¿Quién decide cuando fue suficiente? La sentencia del «no vas a cambiar más» implica aceptación aunque la gran mayoría de las veces también algo de renuncia.

No queremos que se termine. Mentimos. Simulamos. Nos hacemos creer que esta vez las cosas van a ser diferentes. Pero ningún cambio es mágico, nada sucede de la noche a la mañana. Ahí es cuando nace la sospecha y esa cosa del «cuando querés podés». Frase que termina empujando
a una conclusión fatal: entonces podés pero no querés.
Generalmente a esa altura la otra persona se siente tan decepcionada que probablemente ya tengamos que hablar de ella en tiempo pasado. Apostar a tu potencial fue una mala inversión. Del otro lado lo perdieron todo. Tiempo. Energía.

Aunque vos si ganaste ahora que sabes que «cuando
querés podés». Pero, ¿no te da la sensación de que quizás no estabas tan enamorado? Pensalo, ¿por qué no querías? Cambiar y darle la razón a la otra persona es desaprobar todo lo hecho hasta ahora cuando por dentro creés que no es necesario porque te viene yendo bárbaro siendo como sos. El problema es cuando no nos tomamos un segundo para analizar ese «bárbaro» porque inconscientemente sabemos que descubriríamos que no es tan así.

Ya aprendí que, como vos solías citar, «no es una cuestión de tiempo, sino de intensidad». Aprendí que los problemas se hablan, no se vuelven indirectas publicadas en un diario. Aprendí que no todo lo que te gusta a vos es una mierda. Aprendí a silbar. Bueno, algo así, pero te sorprendería el avance. Aprendí que es mejor «llorar por todo» como vos y no «no llorar por nada» como yo. Aprendí a dejar de odiarte por no esperar a que yo aprenda. Aprendí que cuando quiero puedo. Y también aprendí que quiero. Lo triste es que vos no estás acá para verlo.

 

 

DZ/LR

Fuente Redacción Z
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