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La columna de Zabo: Cambiar

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Por Nicolás Zabo Zamorano
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Contra el mundo. Siempre te lo planteaste así: sos vos contra el mundo. Y vos podés con él, nada parece indicarte lo contrario.
Hasta que un día descubrís que no sos tan invencible como suponías. Que esa sensación de inmortalidad que te quedaba tan bien hace algunos años ahora es una mentira, una postura superficial insostenible que sólo puede mantener Highlander y algún otro personaje de ficción más. Ya no te resbala todo, ya no todo te da igual, serías un ridículo si así lo hicieras. La percepción cambia, la forma de ver el mundo cambia, la forma de sentir el dolor cambia. Cambia, todo cambia.
Cambiamos nosotros. Nos vemos parecidos a nuestros viejos, pero ahora lo sentimos diferente, dejamos de apuntar a no heredar ciertas cosas para pasar a sentir orgullo de ciertas otras. Dejamos de creer que es mentira que «a los amigos se los cuenta con los dedos de una mano».
Yo me reía mucho cada vez que escuchaba eso. «Si yo tengo un montón de amigos, tengo que pedir manos prestadas» pensaba, creía que querían asustarme nomás. Pero el concepto de amigos cambia y ahora soy yo el que puede andar prestando manos.
El amor nos cambia. Tantas veces y de tantas maneras. Algunas para bien, tantas otras para mal. Siempre dejándonos a la deriva. Sin entender si estamos en un punto mejor del que partimos o no. Sin saber bien si estamos naufragando o saliendo a flote. Algunas veces nos nubla un poco la vista, otras nos deja directamente enceguecidos.
Por suerte, los dedos de la mano siempre están ahí para sacar algunas conclusiones sobre el tema y apoyarnos cuando ya no sabemos cómo volver a ser nosotros mismos.
Cambia el cuerpo. Nos pasa factura. Nos cobra en cuotas tanto uso y abuso. Tanta indiferencia. Tanto castigo cotidiano al que lo teníamos acostumbrado. Pero nos avisa. Nos avisa una vez. Dos veces. Hasta tres veces incluso. Un día se enoja y se rebela. Pide consideración y recién ahí entendés que todo este tiempo el único que te divertías eras vos y ahora es momento de dedicarle al cuerpo el espacio que se merece, ése donde pueda hacer lo que a él le gusta. Lo que necesita para estar bien.
Nos ponemos mal porque ya no somos invencibles. Finalmente alguien encontró nuestra kriptonita. Y ese alguien somos nosotros. Nos hicimos chocar contra esa falla en el sistema y ahora tenemos que empezar de cero y reconstruir ese imperio de cartón pintado que tanto nos había costado formar. Porque para un discapacitado emocional mostrarse vulnerable nunca fue una opción. Cambiar, mucho menos.

DZ/LR

 

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