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La columna de Zabo: Alicia en el país de las pesadillas

La columna de Zabo: Alicia en el país de las pesadillas

Por Nicolás Zabo Zamorano
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Alicia, más que una vecina, era una amiga de la familia. Me acuerdo un poco de ella, aunque en realidad son flashes, yo era muy chico. Una imagen recurrente es ella tomando mate con mi vieja en su cuarto mientras yo llegaba del co­legio. Era muy amorosa, se merecía ser madre pero ya había perdido dos embarazos y no lo quería seguir in­tentando.

Otra imagen que tengo es el estar dormido y de repente escu­char que golpean la puerta. Las primeras veces yo me asustaba y me tapaba la cabeza hasta que mi ma­dre me decía que estaba todo bien, que siguiera durmiendo, que a Ali­cia le daba miedo dormir sola y que por eso subía a quedarse con noso­tros. Así pasó el tiempo. Al menos una vez a la semana le daba miedo dormir sola. Lo extraño es que a la mañana siguiente siempre estaba su marido para saludarme antes de ir al colegio.

Alfredo me caía tan bien como Alicia, quizá más. Él era enorme. Bah, para mi edad de ese entonces, cualquier adulto media­namente alto me parecía enorme. Apenas me veía, me alzaba y me ha­cía el helicóptero, que consistía en ponerme sobre su cabeza y hacerme girar cual dibujito animado. Pobre, una vez le vomité encima.

Una noche los puños desespe­rados que golpeaban a la puerta de casa eran acompañados por un llanto incontenible. No me aguanté y me acerqué a espiar. Vi a Alicia pasar al living junto a mi vieja e intenté acercarme, pero alguien golpeó la puerta nuevamente. Era la primera vez que eso sucedía, me preguntaba quién más tendría mie­do de dormir solo en el edificio.

Mi padre se levantó y al verme ahí me pidió que volviera a la cama. Nunca entendí qué pasó esa noche, sólo sé que Alfredo nunca más vol­vió a hacerme el helicóptero.
Cuando tenía quince, una tarde estaba escuchando en mi cuarto «¡Ay Dolores!», de Reincidentes. Mi vieja se acercó porque le gus­taba lo que sonaba, pero cuando le prestó atención a la letra se que­bró en llanto.

Desbloqueé recuerdos que de grande tenían otra interpretación totalmente diferente. Hasta entendí por qué después de ahorrar tres años nunca llegamos a ir a Disney: con ese dinero mis viejos le habían pagado el viaje a Alicia para que visitara a su hermano en España.
¿Por qué recién ese día ella de­cidió irse del infierno y no ninguna de las noches anteriores? El miedo ata, paraliza. El miedo te secuestra y te tortura. Dejamos de ser nosotros cuando tenemos miedo, actuamos en consecuencia a él. Entonces, cuando una persona deja de tener miedo creo que es mejor alentarla a no volver atrás a preguntarle por qué ahora sí y antes no.

Felicitaciones, Alicia.
Felicitaciones, Lidia.

 

Fuente Redacción Z
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