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La Ciudad y los perros: algo huele mal

Los dueños están obligados a ‘recoger las deyecciones de los animales’, pero pocos cumplen.

Por ana-valentina-benjamin
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Señor Perro, eduque a su amo» ruega un cartel en la puerta de una casa porteña. Viene bien la muestra de humor pedagógico para ilustrar que no se trata de zoofobia; la crispación no es con el pichicho sino con el dueño que actúa como si la vejiga canina gobernase despóticamente la Ciudad. Esta defecocracia bonaerense tiene su historia.
En 1987, la Ordenanza 41.831 dictó el Registro Municipal de Animales Domésticos. Inscripción, tenencia y venta, que no pasó de aséptica intención. En 1997, el estudio de una consultora privada ladró: el 47% de los 500 mil perros censados defecan en la calle y dejan 70 toneladas de excrementos por día. A 23 años de la encuesta, dicha cantidad «hoy es válida porque es un dato fisiológico construido estimativamente de acuerdo con los 340 gramos de materia fecal que elimina a diario un canino promedio de 15 kilos», especifica el Dr. Edgardo Marcos, subdirector del Instituto de Zoonosis Luis Pasteur.
En 2001, el Gobierno de la Ciudad, por Decreto N° 1.972, crea el Registro de paseadores de perros y subraya que quienes «transiten o permanezcan en el espacio público estarán obligados a recoger las deyecciones de los animales». La gran mayoría de los aludidos, como puede advertir cualquier observador, no sólo incumple su obligación cívica sino que con llamativa frecuencia adopta una actitud belicosa cuando se le señala la infracción, como si quien desea veredas limpias fuese un represor del libre albedrío del vientre animal.
Párrafo aparte merecen algunos Homos Sapiens más atentos a las necesidades fisiológicas de sus mascotas que a la salud de los vástagos de su propia especie. Papis y mamis que por pasear dos críos de un solo tiro llevan a la plaza el combo niño-can. Ergo, en el mismo arenero, el infante descarga energía y el perro descarga lo almorzado. También en este caso la reacción ante el pedido de retirar al animal es el enfado, que suele venir acoplado a un argumento insólito: reclamar plazas con arena libre de heces es cosa de ignorantes «porque el contacto con los excrementos colabora con el desarrollo inmunológico infantil».
¡Ignorancia, vade retro!: un 20% de las deposiciones aloja el Toxocara cannis, un parásito especialmente transmisible a los chicos y que puede ocasionar serios problemas en la visión.
En 2008 la defecocracia porteña protagonizó su primera multa a paseadores que, por lo inédita, fue noticia. En 2010, Diego Santilli, Ministro de Ambiente y Espacio Público de la Ciudad, considera que el aspecto punitivo «debe ser un trabajo coordinado (con otros aspectos) y sostenido en el tiempo para generar un cambio de hábito definitivo». Sin embargo, reconoce su pertinencia porque subraya la vigencia de un régimen de faltas que prevé multas de $ 50 a $ 500. La autoridad de aplicación sería la Agencia Gubernamental de Control a través de la Dirección General de Faltas Especiales y «la autoridad de comprobación es la Dirección General de Inspección de Higiene de nuestro Ministerio, y nuestros inspectores, junto a un efectivo policial, son los encargados de labrar las actas de comprobación al momento del hecho», detalla el ministro, muy atareado por estos días de inundaciones, que paradójicamente ayudaron a limpiar las veredas de los «regalitos» caninos.
La voluntad oficial huele bien pero no la de otros: varias (de)generaciones de transeúntes sin control de esfínteres continúan imponiendo su despotismo fisiológico, a juzgar por la topografía escatológica de las calles, que exige un deporte de alta competición: el salto de obstáculos fecales.
La regla es muy simple: el que logra recorrer 100 metros llanos sin toparse con el estercóreo bultito, gana. Aún es extremadamente difícil ganar en ese deporte en esta Ciudad.

Fuente Redacción Z
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