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La reina del horror vive en Parque Chacabuco

Es escritora, periodista y publicó su primera novela a los 21. Su último libro, Las cosas que perdimos en el fuego, se publicará en 20 países y será traducido a 17 idiomas.

 

Por Juan Pablo Csipka
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Mariana Enriquez

En el mundo literario de Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) conviven dos novelas (Bajar es lo peor y Cómo desaparecer completamente); dos libros de cuentos (Los peligros de fumar en la cama y Cuando hablábamos con los muertos); una novela corta (Chicos que vuelven); un perfil de Silvina Ocampo (La hermana menor) y un texto de relatos de viajes (Alguien camina sobre tu tumba). Llegó el turno de sumar un nuevo integrante a esa galería: su tercer libro de cuentos, Las cosas que perdimos en el fuego; doce relatos que oscilan entre lo extraño y el horror. El libro, publicado por Anagrama ($245) será traducido a 17 idiomas, entre ellos francés, inglés, italiano, chino, polaco, checo, turco, griego. Y lo editarán en veinte países.

¿Cómo definirías los cuentos del libro?

Son cuentos extraños. Algunos dirían que de terror. No me espanta la etiqueta, pero prefiero decir que hay horror, más que terror. El terror es algo más bien fantástico o sobrenatural. Acá los cuentos son realistas y el horror sobreviene de lo cotidiano.

En el cuento que abre el libro, El chico sucio, hay un realismo muy descarnado, que muestra la pobreza del barrio de Constitución.

Sí, busqué ambientes reconocibles.  Quería trabajar sobre ese barrio, donde trabajo en la vida real,  hacer algo con la indiferencia por la gente en la calle,  ver la cuestión de clase, de desplazamiento. La hostería también es un ambiente palpable. Ese lugar de la provincia de La Rioja existe. Es deliberado, incluso en un tópico como el de la casa embrujada, en La casa de Adela. Es una casa de la ciudad o del conurbano, poco atractiva, que uno no pensaría para eso. Traté de evitar los lugares comunes del género.

¿Qué influencias hay en el libro?

No son directas o reconocibles. A mí me gusta Flannery O’Connor, pero estos cuentos no tienen nada que ver con lo que ella hacía. Por ahí Silvina Ocampo, aunque yo no sea muy fan, o Cortázar. Por ahí hay sedimentos de lecturas que tuve hace muchos años. Al escribir pienso en lo que estoy leyendo en ese momento, que por ahí no tiene nada que ver. Bajo el agua negra comienza muy realista y termina a lo Lovecraft, pero no diría que Lovecraft es una influencia. Tomo cosas de Kelly Link, de Neil Gaiman, de China Miéville, la forma cómo trata la ciudad en Inglaterra. El propio Stephen King incorpora el horror en lo cotidiano. Pensemos en Carrie. Da miedo por el fanatismo religioso de la madre, por el bullying que le hacen y por la posibilidad de una masacre escolar. King era un maestro de escuela en los 70, no había las masacres escolares que hay ahora en Estados Unidos, fue capaz de ver cómo el horror se mete en lo más cercano y en las fobias sociales.

¿Y eso es lo que trasladás a tus cuentos?

Es lo que trato de hacer con temas como los femicidios en Las cosas que perdimos en el fuego; las chicas drogadas en Los años intoxicados; las que se cortan en Fin de curso; la policía en Bajo el agua negra o las cuestiones de clase en Tela de araña. Es un registro que no se suele explorar mucho en español.

Los años intoxicados es un texto casi autobiográfico.

Claro, porque las amigas de ese cuento tienen la edad que yo tenía entonces, el ocaso del alfonsinismo con la crisis energética y la híper, y el comienzo de los 90. La sensación que tenías al comenzar la adolescencia era tremenda. Uno piensa que comienza a vivir y ese momento parecía el fin.

En Verde rojo anaranjado te metiste con Internet, poniendo un personaje que se comunica sólo con chats.

Es el cuento más contemporáneo. Quería escribir sobre Internet sin hacerlo en formato de chat, no me parece lo más interesante de la experiencia digital. Es como cuando apareció el teléfono. Escribir “Ring, ring, ¿hola, operadora?”. Tampoco quería encerrar a una chica, hubiera sido lo más habitual en un cuento gótico. Metí a un hombre, en un libro de mucha presencia femenina.

En Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo, lo calificás como “el lado oscuro de la orgullosa Argentina del Centenario”.

Me gustó encararlo por ese lado. Él era hijo de la oleada inmigratoria y está esa idea mitificada de que la inmigración era maravillosa. Había gente buena y mala, como en cualquier lado. Hay una idea pequeñoburguesa de que somos hijos de una inmigración buena y los inmigrantes de ahora son todos malos. Es un prejuicio que me repugna, el grado básico del clasismo.

¿Cuál es tu cuento favorito del libro?

Diría que Las cosas que perdimos en el fuego, cuyo título bautiza toda la colección. Aparte que me gustó la vuelta de tuerca sobre los femicidios. Y también El chico sucio. No es casual que sean los cuentos que abren y cierran el libro.

¿Cómo percibís la recepción del libro?

Me han llegado buenas críticas. Me guío por lectores cuyas opiniones respeto, y no dejan de sorprenderme los elogios. El libro tiene su costado oscuro y eso puede generar rechazo y está bien. Hay gente que en otras circunstancias no leerían cuentos de este estilo, pero que acá se entusiasmó y recuperó el juego de leer terror. Leer terror es divertido.

 

 

 

 

 

 

Fuente Redacción Z
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