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La Casa del Teatro cuenta su historia

Fue fundada en 1938 para que fuera el hogar en la vejez de actores y cantantes que lo necesitan. En el mismo edificio funciona el Teatro Regina. Una vez al año, artistas y famosos donan ropa y otros objetos para ayudar a sostenerla.

Por Roberto Durán
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Allá afuera, en una esquina de la avenida Santa Fe, los peatones esperan que el semáforo les dé señal para cruzar. El paso apurado de hombres y mujeres ateridos de frío se mezcla con los bocinazos. De este lado, en la Casa del Teatro, están todos preparando el inicio de la Feria de los Artistas, que se realiza con ropa y objetos para vender que donan los famosos.

En el edificio, la historia habla de otra Buenos Aires y de una institución que no tiene semejantes en el mundo. Inaugurada en 1938, la Casa del Teatro fue diseñada por el arquitecto Alejandro Virasoro, que no cobró por su trabajo. El acero inoxidable, las formas aerodinámicas, los mármoles y el hormigón armado son algunos detalles de la construcción que hoy pueden parecer frecuentes, pero en aquella época eran toda una innovación.

La inauguración fue el 5 de enero de aquel año con una gran fiesta, en coincidencia con el cumpleaños de la soprano Regina Pacini, creadora del albergue de artistas jubilados con necesidades económicas o de vivienda. Asistieron, entre otros, su esposo Marcelo Torcuato de Alvear y el presidente de la Nación, Agustín Pedro Justo, además de figuras del ambiente artístico.

En estos 77 años, la Casa del Teatro albergó en sus habitaciones a figuras de todo tipo. El cineasta Luis Moglia Barth (hizo Tango, la primera película sonora argentina), el actor Ricardo Bauleo, el director Hugo Fregonese y la actriz Haydée Padilla, entre muchos otros.

“Ahora viven en la Casa del Teatro unos cuarenta artistas. Para ser admitidos, las mujeres deben haber cumplido los 60 años y los hombres los 65. No deben tener bienes propios porque, de lo contrario, la casa no cumpliría con su función social”, cuenta Julio Baccaro, quien comenzó como secretario general de la institución y desde hace un año y medio es presidente. A lo largo de la historia, ocuparon su cargo figuras como Iris Marga, Enrique Serrano y Alberto Vaccarezza.

“Cada uno tiene su habitación, recibe atención de enfermeras y todos cuentan con obra social. Pero esto no es un geriátrico. Las personas tienen que valerse por sí mismas. Cuando no pueden, son derivadas a otras instituciones”, explica Baccaro, que declara orgulloso: “La Casa del Teatro es única en el mundo”. Con los años, se intentó copiar este modelo en otros países, como Italia, pero no funcionó.

Cuando se le pregunta cuál es la situación económica de la Casa, Baccaro fruce el ceño y resume la situación con un “acá estamos, cabalgando”. A pesar de que recibe algún subsidio de la Nación, el Gobierno de la Ciudad, la AADET (Asociación Argentina de Empresarios Teatrales) y Argentores, esta institución siempre fue deficitaria porque no genera ingresos y sí tiene grandes gastos.

“Al asumir, tomé real conciencia de la situación de la Casa. Y en algún momento llegué a pensar: ‘No queda otra alternativa que cerrarla’. Las personas que trabajamos en la comisión lo hacemos ad honorem, pero hay unos 15 empleados, entre los de cocina, administración y limpieza. Vamos viviendo de la caridad o de la ayuda solidaria de otras instituciones. Sólo se podría solventar a través de una ley que promulgue el Congreso, en la que se le adjudique un presupuesto modificable, de acuerdo con la inflación”, explica.

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Julio Baccaro preside la entidad y al asumir llegó a pensar que habría que cerrarla.

Elenco estable

En el edificio de diez plantas también funciona un museo, una biblioteca especializada en arte dramático y el teatro Regina. Tres pisos tienen las habitaciones equipadas para vivienda. En el noveno, se encuentra el espacio común de comedor y una sala para ver la televisión. Algunos de los huéspedes ya están retirados de los escenarios y otros siguen despuntando el vicio. Una de las más célebres habitantes es la cantante de tangos Nelly Vázquez, que grabó con Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Ástor Piazzolla y Mariano Mores, entre otros. “Me dijeron que venían ustedes y me vestí como si estuviese por actuar”, dice enfundada en un traje beige combinado con una impecable camisa blanca.

Preguntarle por su carrera es meterse en la vida de otra Buenos Aires, en la de los 60 y 70. Y recordar a grandísimas figuras.

“Con Piazzolla debuté en el 61 porque él, recién llegado de Nueva York, me escuchó en un programa del viejo Canal 7. Fui a la casa de un chelista a ensayar y allí estaba Ástor. Apenas me vio, me dijo: ‘¿Puede leer el tango ‘Malena’ desde la partitura?’. Yo no necesitaba que nadie me diera el tono porque había estudiado con cantantes del Colón. Y debuté con él en el Círculo de la Prensa. Piazzolla tenía miedo de que el día del debut me olvidara la letra. Pero eso no iba a suceder. Vos me llamás a cantar y yo estoy en el mejor de los mundos. Hoy, a los 78 años, conservo la misma voz y canto en el mismo registro.”

La habitación de Nelly está impecable. Tiene sus propios muebles, un televisor y la cama perfectamente tendida. Cada tanto, la llaman para cantar en un boliche tanguero de Avellaneda y en otro de Pergamino. En la charla, se mezclan los nombres y las anécdotas de una ciudad en la que el tango era una música masiva, que sonaba en las radios y la silbaban los pibes camino a casa. No era carne for export, como sucedió después.

Dice que alguna vez Mariano Mores le hizo grabar el tango “Viejo Madrid” en un tono tan distinto que nadie reconoció nunca su voz. Y que Pichuco era tan generoso que a los músicos de sus orquestas les decía “ustedes ahora tocan piano piano porque se tiene que lucir la cantante”. Hasta se dio el gusto de actuar en más de una ocasión en el Teatro Colón. La última vez fue el año pasado, cuando se cumplió un siglo del nacimiento de Aníbal Troilo.

Todos los domingos, a Nelly la visita Oscar Nelson, su hermano mellizo, que en un principio no estaba de acuerdo con la mudanza a la Casa del Teatro. “Cumplo cuatro años en este lugar. ¿Por qué iba a estar aburriéndole la vida a mi hermano? Yo necesito estar sola, tener mis cosas y trabajar cuando me sale algo. Estoy tan bien acá… Por mi boliche pasaron todos. Te puedo nombrar al Polaco Goyeneche, Rubén Juárez y Nelly Vázquez”, presume Tito Rocca, gestor cultural y cantor desde hace 40 años que llegó a la Casa del Teatro hace tres.

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La cantante de tango Nelly Vázquez es una de las huéspedes más célebres. Grabó con Troilo, Pugliese y Piazzolla.

 

En los 70, cuando comenzó con su actividad, el tango estaba de capa caída. De todas formas, se las ingenió para generar actividades en el país y el exterior. “La vida te mete en algunos aprietos y en algún momento la situación económica se pone jodida. Esta Casa es una maravilla, una salvación para todos nosotros. Nos atienden de primera y no se meten con la libertad. Hoy, justo, voy a Mataderos a un boliche a celebrar el Día del Amigo. A los 74 años me quedan muchas ganas de seguir haciendo música.”

Al rato se acerca Nelly. Quiere contar de aquella vez en la que Pichuco la hizo ensayar nueve horas el tango “Madreselva”. Dice: “Comenzamos a la una de la tarde y entramos a grabar recién a las nueve y media de la noche. Troilo me dijo: ‘Vamos ahora, piba, que tiene la garganta caliente’. Fuimos al sello RCA Victor, que estaba cerca del Congreso. Salió hermosa, con el tono bien arriba”.

El recuerdo le nubla los ojos y vuelve a aquel estudio de grabación, al menos en la memoria y en la voz. Mientras afuera la gente sigue aterida de frío, puteando por todo, adentro Nelly comienza a cantar con la voz intacta aquellos versos: “Así aprendí que hay que fingir/ para vivir decentemente/ que amor y fe mentiras son/ y del dolor se ríe la gente”.

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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