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TEMAS DE LA SEMANA

La casa de las vanguardias

El Centro Cultural Recoleta ganó su prestigio por abrir las puertas al arte joven y experimental.

Por Cecilia Alemano
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Cuando, en plena dictadura y como parte de los festejos del cuarto centenario de la fundación de la Ciudad, la municipalidad dispuso la transferencia del edificio del ex Hogar Viamonte a la Secretaría de Cultura, tres notorios arquitectos quedaron a cargo de la remodelación de sus instalaciones. Jacques Bedel, Luis Benedit y Clorindo Testa integraban el Grupo de los Trece, enfocado al llamado «arte de sistemas» que proponía concebir las obras como resultado de un deliberado espíritu analítico, desplegado entre la imagen, la idea y el objeto.

Su misión ahora era convertir el antiguo asilo de ancianos en un complejo cultural en donde funcionarían los museos de Arte Precolombino, de Arte Moderno, de Artes Plásticas «Eduardo Sívori», de Arte Hispanoamericano «Isaac Fernández Blanco» y del Cine «Pablo C. Ducrós Hicken»; un taller de restauración, el Instituto de Estudios Lingüísticos y Literarios «Juan de Garay», centros de producción audiovisual y escénica, un auditorio, un teatro al aire libre y varios salones para exposiciones artísticas temporarias, todo delimitado por patios y terrazas.

Por entonces el barrio era muy distinto. Por la calle Vicente López, persistían algunos conventillos grises, y en la avenida Alvear languidecían palacetes de la belle époque. Sumando aún más eclectisimo a la zona, Bedel, Testa y Benedit eligieron preservar las antiguas edificaciones combinándolas con la audacia del diseño contemporáneo. Así, más que suavizar los contrastes estilísticos, destacaron los contrapuntos: arquerías coloniales con tuberías de aire acondicionado, ventanas triangulares que se sumaron a las originales o arcadas de ficción que contrastan con las arquerías del viejo convento. Lo nuevo y lo viejo. Un presagio de lo que sería el espíritu del centro.

El 1 de enero de 1981, asumió como primer director del Centro el compositor José Maranzano, quien convocó a sus colegas del Instituto Di Tella Francisco Kropfl y Fernando von Reichenbach para la instalación del Laboratorio de Investigación y Producción Musical (LIPM). En octubre fueron velados allí los restos del pintor Antonio Berni, y un mes después la artista Mirta Dermisache organizó la sexta edición de las multitudinarias Jornadas del Color y de la Forma.

Ya en democracia se hizo cargo del Centro el arquitecto Osvaldo Giesso. En sus seis años de gestión, expusieron Renata Schussheim, Carlos Alonso, Marta Minujín y Caloi, entre otros. De esa época, donde la experimentación tenía rienda suelta, el ex director recuerda un hecho puntual. Se iba de vacaciones, y como el Grupo de la X quería hacer algo en el Centro, los autorizó a intervenir su despacho. «Pintaron escritorio, mesas, sillas, sillones, paredes, ¡todo!, después el intendente, Facundo Suárez Lastra me pidió el lugar prestado para hacer una de las reuniones de gabinete», recordó en el catálogo que se editó por el 30° aniversario del Centro.

Liliana Piñeiro, quien ya trabajaba allí como curadora, guarda un gran recuerdo de la gestión de Giesso. «De todos los directores rescato algo, pero creo que fue él quien le dio su actual impronta al Recoleta. Inspirado en el Pompidou de París, daba cabida a nuevas experiencias. Los demás sumamos pero nadie giró la dirección que él imprimió», le cuenta a Diario Z.

Los directores se fueron sucediendo: Rodolfo Livingston, en los cinco meses y medio de gestión en 1989, encontró material suficiente como para escribir un libro, Memorias de un funcionario, que va por su sexta edición. El centro ya tenía diez años cuando llegó Diana Saiegh (ver aparte). Con un lapso de dos años en el medio, en los que asumió Miguel Briante, se quedó hasta el 1996. Fue durante ese período que empezó a llamarse Centro Cultural Recoleta, cuando se convirtió en sede del primer ArteBA y fue el sitio que la compañía de teatro aéreo De la Guarda eligió para estrenar su espectáculo Villa Villa, marcando un hito en la década del 90.

En la década menemista, cuando no había tiempo, espacio, ni ganas para recordar a los desaparecidos, el Recoleta fue un oasis donde se inauguró el espacio Oesterheld y Liliana Maresca, León Ferrari y otros artistas interpelaron a la Guerra del Golfo o los cinco siglos de la conquista de América

Teresa Anchorena llegó a mediados de 1996. Traía la cabeza llena de ideas del exterior. Había vivido en París y frecuentaba Europa y los Estados Unidos: «Allá veía que los artistas exhibían en muy buenas condiciones lo cual le daba valor a su obra», recuerda. «Acá había muy buenos artistas, pero exponían en lugares de paredes sucias, cables sueltos en el piso… todo estaba semidegradado». Su objetivo fue poner en valor el espacio. Tanto es así, que lo primero que hizo al ingresar al Centro fue encerrarse junto a los 150 empleados para limpiar durante tres días. «Estábamos todos: curadores, compositores, administrativos, yo… Fueron jornadas de pizza corrida, trapos y escobillones. Y sirvió mucho para juntar a la gente que hacía un trabajo físico con los más intelectuales», recuerda hoy entre risas.

Su época es reconocida como la de afluencia de artistas internacionales. «Teresa profundizó la relación con otros países», dice Piñeiro, «A tal punto que cuando me contacté con París o Londres no tuve que explicar qué era el Centro Cultural Recoleta». Con Anchorena llegaron Miquel Barceló, Alex Katz, Yoko Ono o Richard Estes. Las convocatorias eran tan deslumbrantes que el Recoleta se ganó la reputación de «nuevo epicentro de la cultura»: «Hoy, el barrio es protagonista de un vibrante despertar artístico, con tal afluencia de público que acabó por transformarse en el mayor polo de atracción cultural porteño», decía un artículo del diario La Nación, e indicaba que el CCR alcanzaría ese año el millón de visitantes. Anchorena estaba convencida de que a mayor calidad de artistas, más público sería atraído. «Cada fin de semana venían unas 5 mil personas, y cuando llegó Yoko Ono quedó gente afuera», recuerda.

Nora Hochbaum, en los albores de este siglo, organizó algunas retrospectivas muy recordadas, como las de Roberto Aizenberg, Liliana Porter y Roberto Elía. También hubo muestras sobre la vanguardia rusa y el arte brasileño. Sin embargo, en sus más de seis años en la dirección, el hito fue «Arte sacro», la antología de León Ferrari que reunía 50 años de producción en dos líneas centrales: la más poética, representada por dibujos y esculturas en alambre, y la más política, iniciada con su emblemático avión en forma de cruz, que culminaba en los collages sobre religión, política y erotismo y en sus polémicas series de Infiernos. La muestra fue violentada por agrupaciones cristianas, luego clausurada, y vuelta a abrir. Fue la última controversia por un hecho artístico que recuerden los porteños.

Bajo la dirección de Piñeiro, desde 2005, se produjeron intercambios con el modernísimo Palais de Tokio de París y el festival londinense One Dot Zero. Para entonces, la actual directora de la Casa del Bicentenario, llevaba 21 años en el Centro y se propuso abrir un espacio de archivo y documentación. Así nació el vasto Cedip (Centro de Documentación, Investigación y Publicaciones), que preserva fichas de las muestras y valiosos documentos. «Gestionar un lugar así lleva mucho tiempo y energía. El desafío no son las ideas sino bajarlas a tierra con los recursos disponibles. Trabajar en equipo fue mi tesoro», dice.

Desde que está Claudio Massetti en la dirección del Centro no modificó demasiado su rumbo. El funcionario radical, alguna vez mimo en su Córdoba natal, llegó de la mano del ministro de Cultura Hernán Lombardi. Desde 2007 se enfocó en remodelar y reconstruir áreas enteras del edificio y en convertir al Recoleta en sede de los festivales del Gobierno de la Ciudad: Buenos Aires Jazz, Danza Contemporánea, Bafici, Tango Festival y Ciudad Emergente, entre otros.

Hay quienes objetan este enfoque: «Se fueron perdiendo algunas conquistas del Recoleta como productor, y no como simples paredes», observa Piñeiro. «Ya no se cuida tanto al artista. Nosotros les hacíamos catálogos, les conseguíamos el vino para sus vernissages y nos ocupábamos de la prensa. Hoy te dan el espacio ¡y arreglátelas!», sostiene Anchorena.

De cualquier modo, señala Piñeiro, el Recoleta «sigue siendo un lugar de oportunidades» con espacio para lo ya consagrado y lo experimental. Feliz cumpleaños.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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