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«La calle de los pianistas» en el Malba

Dos casas, diez pianos, argentinos, una es Marta Argerich. Todo en la misma calle de Bruselas. Eso cuenta la película «La calle de los pianista», de Mariano Nante.

Por Patricia Kolesnicov
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Si son las tres de la mañana, por ejemplo, y las teclas andan como locas, es que Martha –acá se le dice Martha– se puso a ensayar. Pasa que “acá” no es cualquier lugar: “acá” es esa casa en la calle Bosquet, Bruselas, donde a un lado de la medianera vive la pianista argentina y al otro… una familia completa de pianistas argentinos: abuela (Lyl Tiempo), dos hijos (Sergio Tiempo y Karin Lechner), una nieta (Natasha Binder). Dos casas, diez pianos. Esto ocurre en Bruselas y ocurre acá, en La calle de los pianistas, una película que filmó Mariano Nante metiéndose en la casa de los Tiempo, donde la música es literalmente el pan de cada día.

Allí crece Natasha, que a los diez años tocaba en el Colón, que aprende a vivir y a tocar, todo junto y codo a codo con su madre, reconociéndose en ella, distanciándose de ella. A través de Natasha –la película la sigue– se plantea el conflicto: ¿cómo se decide una vocación? ¿Hay algo dado, algo recibido, hay una elección personal o viene todo empaquetado?

“De chico no es una presión, una presión se vuelve después”, supo decir Karin. “Cuando uno es niño tocar es un juego. Hablábamos en estos días con mi hermano de cómo se dice en inglés y en francés ‘tocar el piano’. ‘Jouer’, ‘play’, la misma palabra que para ‘jugar’. ‘Jugar el piano’ se dice. También hablábamos de hasta qué punto uno elige lo que hace. En el caso de los músicos, que desde chicos estamos en esto, la elección se hace después…”

A la hora de dormir, contó Natasha, de chiquita elegía un disco de su tío Sergio con el chelista Mischa Maisky. Tocaban Rachmaninov. Es la música que la acunó y ahora, a los quince, dice, sueña con conciertos. Felicidad de piano y miedos de dedos paralizados. No imagina, dice, la vida sin el piano.

De estas cosas, comedor diario adentro, va La calle de los pianistas. Con mucha música: preparen los oídos.

 Malba. Av. Figueroa Alcorta 3415. Sábados a las 20. Entrada $45.

Fuente Redacción Z
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