Aunque pasen del elogio al repudio bucólico, la ciudad es el escenario privilegiado de las canciones del rock nacional, que la acusa por sus rigores pero la ama como a su patria.

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La Buenos Aires de los rockers

Aunque pasen del elogio al repudio bucólico, la ciudad es el escenario privilegiado de las canciones del rock nacional, que la acusa por sus rigores pero la ama como a su patria.

Por Raisa Giussi
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Aun sin haber puesto un solo pie en la Capital Federal, mucha gente conoce Buenos Aires a través de las canciones que la retratan o la tienen como escenario. El rock nacional desde sus inicios, cuando “Elvis movió la pelvis y el mundo hizo plop” –Serú Girán dixit– le dedica varios de sus mejores temas. Querida, rechazada, castigada, la Buenos Aires de los 60 y también la de 2013 inspira a poetas, escritores y músicos a cantar sus pareceres, sus hastíos, sus desamores y sus rencores en las profundidades de la Reina del Plata.

“Salva tu piel, la ciudad te llevó el verano/ ponte color, que al morir los hombres son blancos”, sonaba en la voz de un Luis Alberto Spinetta en 1969, cuando lideraba Almendra, una de las bandas pioneras del rock que estrenó sus primeros acordes en Belgrano. Al final de la canción, el Flaco repetía “Cuanta ciudad, cuanta sed/ y tú un hombre solo”. Ese mismo año Javier Martínez, líder de Manal, la banda precursora del blues en castellano, cantaba “Caminamos una calle sin hablar, avenida Rivadavia, y pensé, cuando subiste a mi tren, mujer, que yo no te vi” retratando una típica escena del cortejo de una pareja porteña. El grupo se había instalado a preparar sus canciones en un departamento que pertenecía a Alejandro Medina en el barrio de Once, sobre la avenida a la que canta. También en 1970, en la recopilación “Pidamos peras a Mandioca”, del primer sello independiente, de Jorge Álvarez, se editó un tema de Moris que permanecía perdido hasta entonces. “Muchacho” retrata un amanecer porteño, posiblemente luego de una larga ronda con amigos por bares: “Muchacho pronto amanecerá/ Y que olor a tango antiguo que me larga la ciudad/ Amaneceres con taxis/ colectivos de paseo/ Y ese viento frío y nuevo que mañana no estará./ Muchacho pronto amanecerá/ Y el verano está escondido detrás de algún edificio./ Y tu cama está vacía/ Y tu casa está dormida/ Y no sabe de tus noches por la esquina”.

El periodista y escritor Miguel Grinberg, primer analista –biógrafo– del rock nacional, entre otras especialidades, opina que “no hay rockero que no haya tocado el tema de la ciudad en sus composiciones. Almendra, Moris, Pedro y Pablo, todos tocaron el tema urbano. El rock en principio no es nacional sino argentino y es netamente una música popular urbana que se diferencia de la música del interior que llamamos folklore y se emparenta con el tango, que también es argentino”. Lo cierto es que la lírica rockera oscilaba entre una Buenos Aires cargada de poesía y belleza y una ciudad en la que se hacía cruda la opresión, el amontonamiento y la soledad.

Cemento vs. caballos
El sociólogo Pablo Alabarces, dice que si bien es imposible generalizar, el rock en sus inicios “tenía una relación difícil con la ciudad. Exceptuando a Manal, que tenía una visión más tanguera, lo que predominaba era una perspectiva que se podría catalogar de hippie en la que la ciudad era todo lo malo y el campo todo lo bueno. Cuarenta años atrás lo que predominaba era la visión antiurbana, en bandas como La Cofradía de la Flor Solar o Pastoral, que en “Opresión natural” cantaba ‘Temo al cemento que oprime las vidas/ de los extraños poetas que deliran/ cuando el sol/ se muere contra un edificio/ sin poder tocar la extensión total’”.

“Una casa con diez pinos/ hacia el sur hay un lugar/Ahora mismo voy allá/ porque ya no puedo más/no puedo más/no puedo más/ vivir en la ciudad/ Entre humo y soledad/ nada más que respirar/ nunca más/ nunca más/ en la ciudad”  juraba la ronca voz del mismo Javier Martínez que cantaba a la avenida Rivadavia y hasta a la “calle con asfalto siempre destrozado” de la Avellaneda obrera y fabril. La crítica de Martínez se centra en la frivolidad y el materialismo urbanos: “Un jardín y mis amigos/ no se pueden comparar/con el ruido infernal/ de esta guerra de ambición/ para triunfar y conseguir/ prestigio en la ciudad/ dinero y nada más/ sin tiempo de mirar/ un jardín bajo el sol/ antes de morir”.

Miguel Grinberg prefiere sumar un matiz que complejiza esa hipotética hostilidad: “El hastío general que se vivía en la época y que fue calificado como época de protesta, era por cosas que pasaban en la ciudad, no por la ciudad en sí misma. La ciudad es inocente, las que creaban el hastío eran las dictaduras militares”.

En el campo, las hormigas
A fines de los 80, un herético Charly García tira por la borda la dicotomía ciudad-naturaleza y se burla impiadoso del “vámonos al campo, men” con el “Rap de las hormigas”, que rezaba “No tengo teca/ no tengo grass/ Y la heladera no funciona porque la misma es a gas/ Comida, no hay más/ Estoy en el medio de la selva/ esto no lo aguanto más/ No me banco las hormigas/ yo me vuelvo a la ciudad”.

Hubo quien supo capturarle el alma a uno de los barrios ineludibles de Buenos Aires, patria del tango y de Gardel, y no fue un porteño sino un italiano criado en Londres, a fines de los 80. En “Mañana en el Abasto”, Luca Prodan, de Sumo, describe con dulzura y melancolía: “Parada Carlos Gardel/ es la estación del Abasto/ Sergio trabaja en el bar en la estación del Abasto/ piensa siempre más y más/ será por el aburrimiento/ Subte Línea B y yo me alejo más del cielo, ahí escucho el tren/ ahí escucho el tren/ estoy en el subsuelo”. Esa canción simplísima que iba a convertirse en uno de los himnos del rock nacional no desdeña ni la lírica ni el retrato más crudo: “Tomates podridos por las calles del Abasto/ podridos por el sol que quiebra las calles del Abasto/ Hombre sentado ahí/ con su botella de Resero/ los bares tristes y vacíos ya/ por la clausura del Abasto.”

Vecino de La Paternal, violentamente urbano, Pappo Napolitano (el gran Carpo) escribió para Riff una de las declaraciones de amor más volcánicas a la Reina del Plata, “En la ciudad del Gran Río”: “Alrededor del tótem blanco/ Herejes y santos parecen decir/ Hoy quiero nacer y morir/ En la ciudad del gran río/ Tribus de colores varios/ Nuevos emisarios de ciudad pecado/ Vagan como caen los dados”.

Oda al barrio
Y hasta Ricardo Iorio, en Hermética, no puede evitar que la crudeza con la que describe el barrio de Liniers no esté impregnada de amor: “Y la imberbe horda humana que desciende de los trenes/ desesperada y alocada/ contamina mi cabeza y busco amarlos como sea/ para no volver jamás/ Sólo transmito lo que observo/ no es una invención de mi mente, no/ esto acontece cuando contemplo el presente/ en las calles de Liniers”.

El rock barrial –el rock “chabón” para sus críticos– tomó la tarea de cantarle a su cuna, esto es a los barrios más pobres de la ciudad. La Renga, banda de Mataderos, reproduce una deriva amorosa por las calles de Pompeya, del mismo modo que el tango “Sur”. Canta Chizzo en “Voy a bailar a la nave el olvido”: “Hoy voy a bailar a la nave del olvido/ olvido a mis hermanos/ estampitas de estación/ vení morocha/ que vamos a dar/ una vuelta al chaperío/ La Perito está desierta y la luna que se ha posado/ sobre los techos de Pompeya”.

Explica Alabarces que “en la lírica barrial el espacio del barrio pasa a ser el microterritorio que es visto como algo fenomenal, como en la canción de Intoxicados “Una vela”, o La Renga con el sur y Mataderos. El barrio es un espacio maravilloso y sagrado dentro del cual se resuelve todo excepto por la cana, que es el enemigo. Se resuelven los conflictos, todo horizontaliza, no hay diferencias sociales y una buena parte de las canciones tiene una lírica defensiva”.

Y el Pity canta en “Una vela”, sobre su barrio Piedrabuena, en los márgenes del sur de la capital: “Voy a casa de mi puntero a buscar mi hierba/ El tiene ese faso rico/ Que cuando lo fumo quedo bien chino/ Y cuando salgo estoy atento/ Porque esos putos siempre se están escondiendo/ Los azules me persiguen porque fumo marihuana/ Y yo los mando a/ Yo los pierdo por un camino de tierra/ La lancha no me alcanza (esta hecha mierda)/ Algo se baja me empieza a correr/ Pero no van agarrarme porque sé que hacer/ No voy a dejar de pedalear/ Hasta que salga por atrás a la calle Pilar/ Y voy a doblar en Echandía/ Porque yo sé que ahí hay un solo policía”.

Cristián “Toti” Iglesias, líder del grupo Jóvenes Pordioseros, le canta al barrio como cuna y tumba, y no puede más que querer morir en su ley: “Cuando me muera/no quiero flores/ quiero que fumen en mi honor/ quiero que aspiren y tomen cerveza/ y que me entierren en Lugano 1 y 2”.

Probablemente Buenos Aires no sea ni una enorme masa infernal de gente sin nombre donde se hace imposible la vida, ni un paraíso amigable y solidario donde no existe el horror, como los campos verdes con los que soñaba el hipismo. Muy probablemente, la Buenos Aires del rock y de los jóvenes tenga algo de las dos. Buenos Aires es la ciudad en la que “toca Charly en un boliche planetario” y es la misma Buenos Aires en la que “falta guita pero sobran corazones condenados a latir” y también la de los “Falcon pesadilla en los museos de cera de la atrocidad”. Pero como dice Fito Páez, un rosarino que también le ha cantado: Buenos Aires siempre será esa playa macedónica tan cierta y tan absurda donde viven Borges, Dios y el rock and roll.

DZ/rg

 

Fuente Redacción Z
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