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La borrachera y el peligro de mandar ese mensaje

Nuestra columnista Vera Killer dice que es imposible no caer en la garras del beodo enviar al menos una vez y cuenta algunas aventuras con celular y trago en mano.

Por Vera Killer
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verita

No sería del todo justo echarle la culpa al tubo de vino tinto hermoso que tomé durante la cena, porque me hizo bastante feliz. Entró en sangre divinamente, mis glóbulos rojos, rebosantes de oxígeno, nadaban como pececitos por mi cuerpo electrizado. Así, en ese estado de gracia previo a la euforia, de golpe me encontré sola en mi casa. Mis invitados se fueron antes de lo que esperaba y yo quedé, copa en mano, repleta de endorfinas, con la piel sensible, el olfato alerta. Y sin compañía. Obvio que me iba a terminar buscando problemas.

Hacía semanas que estaba evitando a ese chico-conflicto, el que me da hambre de sólo verlo pero está demasiado casado, y bueno, terminé mandándole el mensaje que no debía. Un cliché del combo alcohol y tecnología. A todo el mundo le pasa. No me avergüenzo de ser tan obvia. A mi favor quiero decir que hice todo lo posible por evitarlo. El problema es que él me enreda siempre. Me escribe, me gatilla, me busca. Y yo caigo como chorlita, porque tiene unos brazos divinos, y un olor que me envicia. Ay, ññññ.

Pero esta vez me había dicho a mí misma “no, Vera, no”. Y me estaba haciendo caso. Pura dignidad fui  revolcándome con otros, empujando su recuerdo al fondo del cajón de mi mente. Hice caso omiso a todo lo que soñé y escuché a sus amigos hablar de él sin decir ni mú. Leí en silencio y sin contestar todos sus mensajes. Tres semanas, duré, creo. Ahora, como una ex alcohólica en rehabilitación, tengo que volver a empezar a contar.

Hola, mi nombre es Vera y soy adicta a ese chico. Llevo diez horas de sobriedad. Pero hace veinte, cuando fui hasta mi cama dando tumbos, puf, el mensaje que mandé fue una explosión. “Te extraño horriblemente. Incluido el peso y la textura de tus bolas en mi mano y tu cara de seriedad extrema cuando me toqueteás”.
Lo leí y releí antes de enviar. Sabía que era una pésima idea, pero también me pareció inapelable la carga de verdad. Indiscutible. Sentí casi la obligación de compartir el sentimiento. Envié el mensaje sabiendo que iba a haber una respuesta, y que me iba a llenar de mariposas que no quiero tener. Que no me conviene tener.

Llevo ya once horas de sobriedad. Escribo estas líneas con el celular al lado. Ya pasó la resaca, ya tomé mucho café. Y sé que no debo contestar a las preguntas que me hace en sus ocho mensajes afiebrados. Al menos por WhatsApp. ¿Es trampa si respondo por acá? ¿Sigo en saludable abstinencia si escribo ahora que sí voy a ir a nadar esta tarde, que mi malla nueva es azul, que miro sus fotos porno más de lo que quisiera y que mañana tengo turno para depilarme, completa? Ojalá te explote la cabeza, chabón.

Fuente Redacción Z
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