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TEMAS DE LA SEMANA

La Boca: Más allá de Quinquela, la Bombonera y Caminito

La mayor parte de la vida boquense se desarrolla fuera del circuito turístico.

Por Cristina Civale
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Por la calle Rocha, que corta la famosa Vuelta de Rocha, un par de perros caminan sin rumbo y unos pibes están sentados en el cordón de la vereda. A 50 metros, frente a Fundación Proa, un edificio moderno que contrasta con las edificaciones del barrio, se ubica la última parada del Citybus de dos pisos que transporta turistas durante todo el día. Pero ellos no caminan esos 50 metros, la distancia que marca una drástica línea entre la meca turística de Caminito, esa calle de 100 metros y las cantinas donde se baila un tango medio canuto y se sirven picadas y bifes a precios de oro. Los visitantes de otros países se quedan en el borde y no caminan las calles de La Boca profunda.

En esos metros más allá aparecen los conventillos de más de 150 años levantados con materiales recuperados de los antiguos astilleros que deben su colorido ya sesgado a las sobras de pintura con la que fueron decorados sus frentes que por alguna razón se decidió llamar pintorescos.
Y ese borde que los turistas apenas atisban está recorrido por el Riachuelo, un río de ochenta kilómetros de largo al que el barrio debe su nombre. La Boca se llama así porque es la Boca del Riachuelo: es el lugar por donde el río habla. O, como dicen algunos, «por donde escupe». Los fotógrafos de la Cooperativa Sub hicieron un ensayo visual sobre el tema y aportan los datos de su investigación: «En realidad, antes escupía: ahora las cosas pasan por su lecho como por la garganta de un muerto. En casi todo su recorrido, el Riachuelo tiene 0% de oxígeno en el agua. Está ahogado en sí mismo, en gran parte gracias a las 4.100 industrias que arrojan sus desechos sobre su cauce». La cuenca Matanza-Riachuelo es una de las más contaminadas del mundo. En la zona afectada viven cinco millones de habitantes, de los cuales el 35% no tiene agua potable y el 55% no posee cloacas. La cuenca atraviesa 14 municipios e incluye a La Boca.
Avanzando por los bordes de la costanera del río contaminado se llega a la calle California. Allí, al 900, se encuentra un espacio peculiar, el Champion Breakfast, un galpón gigante del que es dueño el artista Orilo Bandino, del grupo Doma. Bandino pasa seis meses en Berlín y el resto del año en Buenos Aires en su casa estudio que durante todo el año sirve como taller al resto de sus compañeros de grupo. A finales del año pasado realizaron la muestra Turbo XXL donde se expusieron piezas en gran formato de artistas callejeros como Bs.aAs.stncl, Chu, Malatesta, Defi, Ever, Fede Minuchin, Jaz, Mart, Nasa, P3DRO, Tec & Tester y brasileños como Onio, Base V & Lelo de Brasil.
En la otra punta de La Boca profunda, sobre la calle Lamadrid, se alza otro espacio de arte flamante. La galería P.O.P.A., regenteada por Marcelo Bosco y Jo Johannes, dos legendarios artistas porteños que, con mucho trabajo, están convirtiendo una casa del siglo XIX en un espacio de encuentro donde cada mes se organiza una exhibición de artistas alternativos de la ciudad.

A dos cuadras, sobre la misma Lamadrid, se encuentra la Plaza Matheu, donde cada martes se alza una feria de alimentos, como las de antes. Bien temprano los puesteros llegan a vender carne, frutas y verduras en un espacio informal donde también se venden televisores y algún electrodoméstico.
Justo enfrente se alza un restaurante con una propuesta artística que incluye y mira hacia el barrio y hacia los trabajadores de las corporaciones que se alzan en la frontera con Barracas. Al Escenario pertenece a una pareja de pintores franceses afincados desde hace años en Buenos Aires, Pancho -en realidad François- y Sophie organizan cada mediodía menús de bajo costo con el aliciente de que cada vez el mozo interpreta a un personaje y los comensales forman, sin quererlo, parte de una representación. Por la noche reciben clientes de otros barrios que van llegando por el método fiel del pasapalabra.

En diagonal, cada mediodía, Elsa se planta en la esquina y arma su puesto de choripanes y sánguches de churrasco que vende a 15 pesos a los vecinos o laburantes del barrio que no tienen tiempo de detenerse a sentarse a una mesa y almuerzan al paso. «Vendo muy bien todos los días -nos cuenta-, fíjate que son las tres de la tarde y ya no me queda mercadería.»
La Boca tiene casi 45 mil habitantes y más allá del acotadísimo sector turístico está compuesta por 30 manzanas donde se apilan familias que viven solidariamente o eso parece. Cada cuadra cuenta con un comedor comunitario, y no es una exageración, o posee algún tipo de asociación civil que cobra algunos de los subsidios de los que dispone el gobierno de la Nación. Los pibes de La Boca podrán ser pobres pero no pasan hambre, su destino de potrero y vereda, junto a los perros que parecen vagabundos pero son simplemente perros callejeros con dueño, que caminan con libertad, como si estuviesen en el campo, es un destino de pibes que parecen felices y todos saben el origen xeneize del lugar, el barrio fundado por unos trabajadores genoveses con conciencia que, en 1882, se amotinaron y declararon ese pequeño rincón porteño República Independiente de La Boca.

Hasta firmaron un acta en la que informaron al rey de Italia que habían constituido ese territorio y levantaron su bandera. El presidente Julio Argentino Roca acudió en persona al lugar con el ejército, quitó la bandera genovesa del mástil y solucionó el conflicto. «Solucionó» es un modo sutil de decirlo. Reprimió y La Boca dejó de ser una parte de Italia para convertirse en el barrio porteño que es hoy. Un recoveco que no es más peligroso que cualquier otro barrio. Cualquier distraído puede ser víctima de un robo, como en Recoleta o Palermo. Así nos lo cuenta Martín P., dueño de un estupendo petit hotel sobre Aristóbulo del Valle. Cierto día de marzo festejó su cumpleaños y bajo los influjos del alcohol dejó mal cerrada la puerta. Cuando volvió su casa había sido semisaqueada: no más computadora, ni electrodomésticos. ¿Qué otra cosa hubiese sucedido en cualquier otro barrio? Probablemente lo mismo o algo peor, su exquisita colección de arte permaneció intacta. Los intrusos sólo se llevaron aquello de rápida salida. Es que para vivir en La Boca también hay que estar atento como en cualquier parte de la ciudad y un poco más. El barrio heredó el destino combativo y prepotente de los genoveses fundadores que no dejan pasar ninguna distracción y sienten que la vida les debe. Las vías del tren que bordean la calle Garibaldi dan entrada al famoso Barrio Chino a donde nadie se atreve, ni los que viven en el barrio. Allí nos cuentan que es la cuna de los dealers que rebajan la cocaína que se encuentra fácilmente en el barrio y de los pungas, los que seguramente saquearon a nuestro informante.

Sobre la central Aristóbulo del Valle se alza una pintada gigante de Los Pibes de Rocha que no dan la bienvenida al barrio sino que nos invitan a la realidad. Un mural de letras torcidas dice: «Bienvenidos a la realidad» y pinta lo que es el barrio profundo. Algunas frases nos dan una idea de los que sucede allí dentro, ya a unos cuantos metros de la parada del Citybus y Caminito. La pintada dice y describe al barrio sin piedad: «Ciudadanos de la boca sucia, de la boca rota, de la boca cariada, de la boca hinchada (…) de la boca jr., de la boca tana, de la boca a riachuelo, de la boca melancólica, de la boca enneblinada» y sigue en una lista de adjetivos infinitos que abarcan más de media cuadra en un paredón de fondo blanco con letras rojas.
El barrio, con conciencia de sí mismo, es un barrio organizado que maneja un movimiento de turismo sustentable donde cada vecino puede ser guía y dar a aquellos que se animan a adentrarse en sus calles menos conocidas una visión más caliente de la realidad.

Otro espacio notable del barrio es El Malevaje Arte Club. La propiedad es de 1870, originalmente el edificio fue una escuela fundada por el mismísimo Sarmiento y que funcionó como tal hasta 1981. Por ella pasaron muchos artistas y personajes ilustres del barrio, como el pintor Quinquela Martín y el escultor Walter Vicente, y en los 80 el artista plástico Romulo Macció. Luego la casa es ocupada por Gustavo Núñez, que decide crear el actual El Malevaje Arte Club, que ofrece shows musicales y tiene una escuela de tango.

En Suárez 699, a pocos metros de La Bombonera se alza el Bar Rivera Sur, donde para La 12, un bar de machos, moscato y cerveza nacional, con un mozo que siempre parece medio ebrio, paredes tapizadas por la historia del barrio y de su glorioso club de fútbol y siempre en un rincón, al fondo, se sientan los pesados.

Junto a las vías, en la calle Garibaldi, cada tarde puede verse un fuego. La gente del Candombe Vecinal de La Boca empieza a tocar sus tambores. Son los nuevos inmigrantes, los de este siglo, que suman su música originaria al son de machacar las lonjas de sus instrumentos y constituyen el símbolo de que, más allá de lo que se diga, La Boca profunda es un barrio generoso que da lugar a todos los que quieran y elijan vivir en algunas de sus casas, ya sean artistas de vanguardia, inmigrantes con pocos pesos, pungas de cuidado o familias que siguen la tradición de amuchamiento y barrio compartido y los eternos conventillos. La República de la Boca, un pedazo ejemplar de la República Argentina, un calco en miniatura de nuestras mezclas, ambiciones y miserias, erigido en una punta de la ciudad de Buenos Aires.

 

DZ/rg

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