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TEMAS DE LA SEMANA

La batalla del circuito off

Pese a la merma de escenarios después de Cromañón, las nuevas bandas se esfuerzan por abrirse camino. Pero no les resulta fácil.

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san nicolás social y cultural

Por Raisa Giussi y Karin Miller

Buenos Aires es reconocida como una de las ciudades más importantes de Latinoamérica en términos culturales. Los teatros, los recitales, los cafés, los festivales y la amplia diversidad de encuentros, talleres y charlas que se realizan contribuyen a reforzar esta imagen. El número de trabajadores de la cultura que hay en la ciudad se multiplica cuando emergen de los subsuelos del mercado miles de artistas que escriben, pintan, cantan, actúan y luchan por tener un espacio para mostrar lo que hacen.

En el último tiempo, con la proliferación de artistas que surgieron de maneras no convencionales –por ejemplo, novelas que primero fueron blogs o músicos conocidos por videos caseros subidos a plataformas digitales– quedó de manifiesto que el mercado no sólo no elegía a las mejores expresiones de la cultura sino que además tampoco satisfacía los gustos de todos los públicos.

Después de la tragedia de República Cromañón el 30 de diciembre de 2004, en la que murieron 194 personas en un incendio durante un recital de la banda Callejeros, las exigencias normativas para habilitar los locales para espectáculos se endurecieron. Cientos de locales debieron cerrar porque no podían ajustarse a las nuevas regulaciones y el Estado no ofreció nuevos ámbitos para las expresiones artísticas.

Como en el mundo del revés, y a contramano de lo que pasa en otras partes del mundo, en nuestro país sólo los artistas medianamente consagrados cobran por su trabajo. Los que no tienen esa suerte invariablemente deben pagar para poder tocar. Las tarifas que los locales cobran hoy a los músicos varían según día, horario, capacidad y zona. Gier Music, en Palermo, exige un pago de $2.000 por la noche completa, con la posibilidad de que toquen hasta cuatro bandas y con capacidad para 500 personas. Speed King, en Congreso, pide $1.300 por la noche completa o $350 por una hora de show. La capacidad es para 300 personas. Existen otros lugares en donde el acuerdo es menos perjudicial para los músicos. Por ejemplo, El Emergente, un bar que se propone difundir bandas nuevas en Almagro, les pide que vendan un mínimo de 30 entradas a $20, y de ese total se queda sólo con un 30 por ciento. Y, claro, con la barra.

En otros lugares, en los que se pide la rendición de 100 entradas previas y el local no se encarga ni de la difusión del evento ni de la logística, los músicos deciden tocar por el prestigio que les da ser parte de escenarios consagrados. Para acceder a los espacios que brinda el Gobierno de la Ciudad, lo más certero son los contactos. Estas fechas son las más preciadas por las bandas, ya que la logística es buena y los espacios se encargan de darles difusión a los eventos, lo que genera gran convocatoria.

Juan Ignacio Vázquez es miembro de la Comisión Directiva de la Unión de Músicos Independientes (UMI) y cantante y guitarrista del grupo Somos Jardín. Asegura que después de Cromañón “la actividad musical sufrió una persecución terrible y se armó un conglomerado de lugares que quedaron en pie y cobran a su antojo a las bandas”. 

“Hoy cuando voy a un lugar y me dicen ‘tenés que rendir tanto’, prefiero no tocar y hacerlo en lugares en los que el arreglo sea justo, un 70-30 de la puerta por ejemplo, o entrada nuestra y barra del lugar.” Sin embargo, dice Vázquez: “Hay ciertas lucecitas de esperanza; hay un instituto en la ciudad, Bamúsica, que fomenta el circuito en vivo”, aunque la gestión del PRO “hizo todo lo posible para que no se reglamente y para que no se difunda”, y subraya que el instituto funciona a pesar del poco interés de la Ciudad.

La alternativa comunitaria

Para los que optan por gestionar un espacio propio, donde no rija la lógica del lucro, las cosas no son muy distintas. Durante la gestión de Mauricio Macri, algunos de los espacios que tuvieron que enfrentar intentos de cierre fueron Casa Orilla, San Nicolás Social y Cultural, Casa del Pueblo, Centro Cultural Pachamama, La Usina Cultural del Sur y Casa Zitarrosa. Los centros culturales comunitarios no están contemplados en el Código de Habilitaciones y Verificaciones y el Gobierno de la Ciudad les exige tramitar una habilitación como café-bar, club de música o teatro independiente.

Pablo Vergani, de San Nicolás Social y Cultural, de Floresta, explica: “Estuvimos clausurados en junio; no estábamos habilitados porque no hay una figura legal que contemple al centro cultural y no hay voluntad política para ayudar a este tipo de espacios. Un gestor por una habilitación cobra 25 mil pesos, algo imposible de pagar”. 

Después de la clausura, San Nicolás Social y Cultural recibió asesoramiento legal gratuito del Centro Cultural Matienzo, de Colegiales. Vergani asegura: “Estamos habilitados bajo la figura de teatro independiente, pero no es la nos corresponde. Seguimos teniendo muchas limitaciones: la música en vivo no se puede bailar”. 

Agarrá los libros 

Todos los meses, los escaparates de las librerías se llenan de ofertas nuevas para todos los gustos. Además de la gran cantidad de autores argentinos que son reconocidos mundialmente y de que Buenos Aires haya sido elegida en 2011 como Capital Mundial del Libro por la Unesco, en 2010 se editaron en la ciudad más de 14 mil títulos excluyendo reimpresiones, según datos del Observatorio de Industrias Creativas del Gobierno de la Ciudad.

Sin embargo, esta cifra es engañosa. Los criterios de rentabilidad de las editoriales comerciales dejan afuera a muchos autores nuevos debido al riesgo económico que implica publicarlos. Frente a esto, existen editoriales independientes que dan espacio a autores inéditos, y que apuntan sus producciones a crear un público lector. Una de ellas es Mardulce Editora, que nació de la mano Gabriela Massuh, Juan Zorraquín y Damián Tabarovsky. El objetivo del proyecto es “editar doce títulos por año que tengan alguna relación con lo que está ocurriendo, que tengan algo que los actualice y los haga parte de lo contemporáneo aunque sean del siglo XIX”, cuenta Tabarovsky. Las diferencias entre una editorial comercial tradicional y Mardulce son dos: “Nuestro principal activo es la construcción de un catálogo, aspiramos a que nuestros libros se vayan vendiendo de a poco y construir un lector que dure en el tiempo, que las obras tengan rentabilidad a tres años, mientras las grandes editoriales, que fueron compradas por grupos más grandes sacan sus publicaciones y si no funcionan las saldan. Además, en las pequeñas editoriales funciona la idea del editor. En las multinacionales más agresivas, el gerente de marketing o comercio. En estos últimos años de crisis internacional, esas empresas aspiran a un libro que las salve. Las editoriales independientes o chicas apuntamos a esperar y ayudar a crear un lector culto y curioso”, explica Tabarovsky.

Los criterios con los que seleccionan a los autores que se publican son el gusto y la problematización de lo contemporáneo, la ruptura y la innovación literaria ya sea en el ensayo o la ficción. Con respecto a las políticas públicas hacia el área, Tabarovsky explica: “No le hago reclamos al Estado porque ya estoy cansado y vencido. La inexistencia de políticas en relación a la edición es gravísima comparada con otros países de América Latina como Uruguay, Brasil, Colombia o México. Lo único bueno que hizo el Estado fue el subsidio Sur, después de Frankfurt 2010, con el objetivo de financiar traducciones argentinas en el extranjero. Pero hacia adentro del país es la nada misma. Hubo en la época de Aníbal Ibarra un par de subsidios, pero ahora no hay nada. Además hay una incomprensión de parte de los gobiernos, porque se intenta cooptar a la literatura que por definición es incooptable”.
Si bien no son tantas las políticas que los contienen, y aunque algunas iniciativas están comenzando a gestarse, los artistas y editores no se conforman con esperar que el Estado les otorgue los espacios que les corresponden. Se organizan y construyen espacios propios, que hoy forman parte de un gran circuito off de calidad y multiplicidad artística.

Espacios oficiales

Lía Rueda, presidenta de la Comisión de Cultura del PRO, asegura: “Para el Gobierno de la Ciudad es importantísimo dar espacio a nuevos artistas; tenemos diferentes programas para hacerlo, como por ejemplo el de bandas en barrio; la inscripción es siempre sencilla, hay que hacer un trámite vía internet, dejar los datos y desde el Ministerio de Cultura se va llamando a las personas interesadas”.

Efectivamente, el Gobierno de la Ciudad ofrece una serie de espacios y facilidades para artistas emergentes. Por ejemplo, Bandas por Barrio es una iniciativa que apunta a establecer un circuito permanente de shows y pone a disposición diversos espacios para la realización de espectáculos. Además, el instituto público Bamúsica otorga subsidios y exenciones impositivas a músicos y clubes de música en vivo. Estudio Urbano, iniciativa del gobierno de Jorge Telerman, combina talleres sobre el trabajo en la industria musical y el perfeccionamiento de los artistas, y la grabación de demos para bandas emergentes.

En los otros ámbitos de la cultura los programas de la Ciudad son más escasos. Se cuentan Prodanza, que ofrece subsidios a la danza; Proteatro, que otorga incentivos para la producción de obras teatrales; el Fondo Metropolitano de la Cultura, las Artes y las Ciencias, que financia de manera total o parcial proyectos, actividades e iniciativas de fomento, ejecución, difusión y conservación de las artes, las ciencias, el patrimonio cultural en sus diversas manifestaciones y la infraestructura cultural; y el sistema impulsado por la Ley de Mecenazgo, que tiene como objetivo incentivar la participación privada en la financiación de proyectos y actividades artísticas. También los centros culturales dependientes del Ministerio de Cultura ofrecen sus espacios para la realización de distintas actividades como cursos de teatro y shows a la gorra.

Pero los espacios culturales oficiales no están exentos de problemas. Alumnos y docentes de la Sala Alberdi del Centro Cultural San Martín, que depende de la Dirección de Extensión Cultural de la Dirección General de Enseñanza Artística, resisten desde hace más de 5 años el desalojo de la sala, que da espacio a actores, clases de arte dramático y produce obras de teatro por las que cobra aranceles populares. Alumnos y docentes mantienen tomada la sala y gestionan el espacio. Explican que el Ministerio de Cultura porteño quiere trasladarlos “a una sala en Chacarita que tiene capacidad para 100 personas, mientras que la Sala Alberdi tiene capacidad para 250”. Dicen que uno de los principales motivos por los cuales defienden el espacio es la cantidad de gente que participa de actividades que realizan. “Cuando tuvimos problemas se acercaron alrededor de 500 personas y varios medios de prensa, por eso se detuvo todo”. Los integrantes de la Sala Alberdi esperan que los reconozcan como tutores del espacio: “Lo ideal seria que los trabajadores de la cultura, los docentes artistas y demás sean quienes gestionen este espacio, que es lo que sucede ahora”.

La Renga, en silencio

En medio de las quejas de los músicos por la falta de espacios en la ciudad para que las bandas puedan tocar, La Renga anunció el miércoles 2 la postergación del concierto que tenía previsto realizar el sábado 19 en el autódromo Oscar Alfredo Gálvez, porque no recibieron la autorización del Gobierno de la Ciudad.

En un comunicado, la banda de Mataderos explicó que “habiendo presentado la documentación exigida en tiempo y forma, como hacemos en todos nuestros eventos, hoy nos encontramos al día de la fecha sin ningún permiso habilitante, imposibilitando de esta manera la realización de un show de esta magnitud al no poder contar con el tiempo prudente y necesario”.

“En esta ciudad donde se permite todo tipo de eventos ya sea en el Obelisco, Plaza de Mayo, estadios de fútbol con espectáculos artísticos, musicales, deportivos, religiosos, hasta carreras automovilísticas en la avenida 9 de Julio y donde aparenta haber espacio para todo tipo de expresiones, a nosotros nos hacen sentir que hoy en nuestra ciudad no tenemos lugar”, dijeron los músicos.

Fuente Redacción Z
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