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TEMAS DE LA SEMANA

Juan José Castelli, el orador de Mayo

El Bicentenario invita a revisitar la historia de la Ciudad.

Por victoria-camarasa
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Los protagonistas de la Re­volución de Mayo tenían distintas posturas ideoló­gicas y políticas. Agrandes rasgos, existía una de carácter más conservador y otra más revoluciona­ria o patriota -según la historiogra­fía que la juzgue-. Dentro de esta última, se destacó un hombre no lo suficientemente recordado, quizá por la radicalidad de sus pensamien­tos. Juan José Castelli nació en Bue­nos Aires el 19 de julio de 1764. Como muchos de nuestros próceres, estudió filosofía en el Real Colegio de San Car­los y, luego, en el Montserrat de Córdoba. Se graduó de abogado en la Universidad de Charcas. Su ac­ción en el ámbito político empezó a su regreso a Buenos Aires, donde llegó decidido a ejercer su profesión. Comenzó a interesarse en los pro­blemas económicos y fue uno de los primeros en promover el desa­rrollo de la industria, la educación pública, la agricultura y el libre comercio. Afín a sus ideas, su primo y amigo Manuel Belgrano lo nombró suplente de la secretaría del Consulado en 1796.

En 1810, fue una de las figuras claves de la Semana de Mayo. Fue el comisionado para intimar al virrey Cisneros a que ce­sara en su cargo. También fue el encargado de defender la posición de los patriotas en las sesiones del Cabildo Abierto que comenza­ron el 22 de mayo de ese año.

Durante el primer gobierno patrio asumió el rol de vocal de la Primera Junta, que le encargó dos misiones tan riesgosas como fundamentales. En primer lugar, la represión de la contrarrevolu­ción de Santiago de Liniers, en Cór­doba y, en segundo lugar, la ocupa­ción del Alto Perú. Ambas misiones lo obligaron a ganarse críticos y ene­migos. Muchos no le perdonaron el fusilamiento de Liniers, héroe de la expulsión de los invasores ingleses. En el Perú, Castelli intentó im­poner un gobierno revolucionario, que liberara a los indios de los ser­vicios personales y de la esclavitud y les reconociera su carácter de ciu­dadanos. Estas medidas revolucio­narias, unidas a sus encendidos dis­cursos en cada pueblo y aldea a que arribaba el ejército patriota, le gran­jearon la hostilidad de los hacenda­dos y propietarios mineros altope­ruanos, legendarios explotadores de la masa indígena.

Su firme lucha para terminar con la discriminación política, eco­nómica y social que flagelaba a im­portantes sectores criollos y aborí­genes tuvo un punto cúlmine al celebrarse un año de la Revolu­ción. El 25 de mayo de 1811 se leyó la Proclama de Tiahuanaco. En este escenario Castelli dio a conocer su postura sobre este tema que, si bien era sumamente importante, no era tenido en cuenta por los gobiernos naciona­les: «Los indios son y deben ser reputados con igual opción que los demás habitantes nacionales a todos los cargos, empleos, des­tinos, honores y distinciones por la igualdad de derechos de ciu­dadanos, sin otra diferencia que la que presta el mérito y apti­tud», dijo.

Cruel paradoja, el «orador de la revolución» murió de un cán­cer en la lengua el 12 de octubre de 1812. Sus últimas palabras fue­ron: «Si ves al futuro dile que no venga».

 

Fuente Redacción Z
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