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Joseph Beuys: Reliquias de un mito

Dibujos, videos y objetos de un insurrecto que aspiraba a que el arte fluyera y todos los humanos fueran artistas.

Por M. S. Dansey

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joseph_bueys

Será difícil –sino imposible– entender a Beuys sin Beuys. Pero no nos queda otra: Joseph Beuys is dead. Tampoco están sus instalaciones que no son muchas y en mayor parte fueron repartidas entre el Hamburger Bhanhof de Berlín, la Tate Modern de Londres, el Pompidou de París y el Moma de Nueva York. Aquí no nos queda otra que conformarnos con algunos de sus dibujos, sus objetos personales y los videos y los documentos que registraron los actos de este santo padre del arte del siglo XX. Son los elementos que integran la muestra que acaba de inaugurar en Fundación Proa. Quizás un poco árida para los no entendidos, seguramente apasionante para los que quieran entender un poco. A Beuys le habría fascinado que así sea.
La colección es, de hecho, un ejercicio arqueológico. Están el saco y el sombrero de fieltro que el artista inmortalizó en su firma. El mítico bastón. El trineo y el kit de supervivencia que simbolizan el origen de su propia leyenda. En una foto de la Segunda Guerra el joven piloto aparece sonriendo en las filas del Führer. Durante una tormenta de nieve su nave se estrella en algún rincón de la península de Crimea y él resulta gravemente herido. Lo rescata una caravana de tártaros que le lavan las heridas, lo untan en grasa, lo envuelven en fieltro y lo alimentan con miel y leche de cabra hasta que recobra la conciencia. Existen fuentes indicios para asegurar que todo esto es un invento. Pero eso no significa mucho para Silke Thomas y Rafael Raddi, los curadores de la muestra. “Lo importante es su propia versión de los hechos –dice Raddi, del Instituto Plano Cultural en Brasilia– nos interesa el relato que le da sentido a su tarea artística, que le permite introducir elementos que nunca antes se habían usado, como la grasa, la miel y el fieltro.”

Muchos de los objetos son reliquias que él mismo reservó para futuras exhibiciones. Otros son réplicas de originales. Pero que nadie se sienta estafado. Beuys contribuye a la desmaterialización del arte. Para él la obra física es un residuo documental, una secuela de la verdadera obra que es la experiencia del artista y su incidencia en el entorno, la energía liberada en el acto creativo que, en el mejor de los casos, trasvasa su fuerza simbólica en la reproducción material de los objetos. Desde principios de los 60, cuando hace contacto con el grupo Fluxus, Beuys se concentra en la performance. Las llama simplemente acciones, pero se encarga de que sean prolijamente documentadas por fotógrafos y una, dos y hasta tres cámaras de video, a veces incluso la prensa.

Se puede ver en Proa –y es un privilegio porque no se accede fácilmente a estos videos– la performance en la que intenta explicarle el arte a una liebre muerta. También está un video de ese otro famoso episodio: I like America and America likes me. Su convivencia con un coyote en una galería. Beuys repudiaba la política de los Estados Unidos, en especial su intervención en Vietnam, y varias veces rechazó invitaciones hasta que en 1974 su galerista alemán, René Block, inaugura un espacio en Nueva York y consigue llevarlo. Así y todo jamás pisa suelo americano. Baja del avión cubierto en una manta de fieltro, salta a una ambulancia y sale directo hacia la galería donde permanece encerrado tres días con el animal salvaje. Es típico de su obra la utilización de liebres, cisnes, caballos y abejas que representan arquetipos de valores naturales. En pleno acto chamánico, al tercer día consigue que el coyote coma de su mano. Misión cumplida. Ya puede emprender la vuelta.

Es que su vida, que era su obra, se enmarca en un visión mística que toma del cristianismo, del marxismo, del romanticismo alemán y de la prédica de su amigo, Rudolf Steiner, creador de la antroposofía. Bueys asume su destino de nibelungo como Dios manda, hasta las últimas consecuencias. Su pedagogía revolucionaria –el dirá, para la autodeterminación del ser– le provoca su expulsión de la Academia de Düsseldorf y lo lleva a crear la Universidad Libre Internacional, a donde recibe a una decena de alumnos que lo siguen como a un mesías. En Proa se pueden ver sus notas y sus célebres pizarrones. La democracia directa y la defensa de la naturaleza fueron otros ejes que rigieron su existencia. Hay panfletos, afiches y souvenires de la actividad política que lo llevó a fundar media docena de instituciones, entre ellas el Partido Verde de Alemania. Hay botellas de agua coloreada del río Rin, una obra de Nicolás García Uriburu en la que Beuys colaboró. Y hay una pala de una obra de Beuys en la que colaboró García Uriburu: la plantación de siete mil robles que inició la Documenta VII en Kassel, en 1982 y terminó cinco años más tarde.
Beuys aspiraba a que todos los hombres fueran artistas. Lo suyo eran las conciencias. Más allá de las intenciones y las acciones bellas, cabe preguntarse cuán efectivas fueron. Hoy, en tiempos de corrección política, muchos pasarán de largo pero más de uno se detendrá ante estos objetos. La procesión va por dentro.

Joseph Beuys. Obras 1955-1985. Hasta junio. Proa Av. Pedro de Mendoza 1929. Lunes cerrado.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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