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José Menchaca: teatro en la oscuridad

La obra, con once años en cartel, nunca fue invitada a un festival.

Por Roberto Durán
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Es uno de los pequeños fenómenos del teatro porteño. Con una publicidad basada en el boca en boca, La isla desierta, una obra de Roberto Arlt, lleva once años en cartel. Comenzó en una sala para 40 personas en el Anfitrión, pasó por varios teatros y hoy hace cuatro funciones semanales para 150 espectadores cada una en Ciudad Cultural Konex. La pieza es, además, uno de los puntales del movimiento de teatro ciego en la ciudad, que ya tiene réplicas en otros lugares del mundo. Se realiza a partir de la ausencia total de luz, con la idea de potenciar las sensaciones olfativas, táctiles y auditivas. El elenco está compuesto por actores videntes y no videntes. José Menchaca, director de la obra y del Grupo Ojcuro de Teatro Ciego Argentino, habla de los prejuicios que persisten y del orgullo de hacer una obra que convoca a espectadores «que van de los 5 a los 90 años».

Cuando comenzó La isla desierta era muy experimental. ¿Qué cambió en estos once años y qué ajustes hiciste como director?
Tuvimos varios. Éste es el segundo elenco desde el estreno en 2002. Cuando llegan nuevos actores, proponen cosas y encarnan a los personajes de otra forma; eso significa una modificación en el resultado final. También mutamos de espacio. En el Anfitrión hacíamos la obra para 40 personas y ahora son 150.

¿No es lo mismo para ustedes hacer la obra más allá de la convocatoria?
No en el teatro ciego. Estar en la oscuridad pone al público en un clima especial, con una vibración fuerte, que el actor siente de una forma muy particular. Las risas de 40 personas no son las mismas que las de 150. Y eso predispone de otra forma al grupo.

En el texto de Arlt, las escenas transcurren en una oficina. Vos le agregaste los viajes del personaje de Cipriano. ¿No modifica el pulso del original?
Lo hice respetando a Arlt, mi escritor favorito y al que admiro profundamente. Intenté pensar que cada palabra que puso tenía un porqué. En un fragmento, un personaje dice la palabra «amanuense», que quizá no sea ya de esta época. Algunos de los actores no sabían el significado, pero es una forma de instarlos a preguntar y buscar en el diccionario. Arlt no deja de sorprenderme; es cínico y potente. Me encanta que la gente lo descubra a través de esta obra.

¿Por qué La isla desierta no está en ninguno de los festivales de teatro?
Nos anotamos para el Festival de Teatro de Buenos Aires, pero nunca nos dieron pelota. Nos encantaría participar. El teatro ciego se hizo fuerte en la Argentina y resultó inspirador para grupos de otros países. Creo que podríamos estar dentro de un festival.

¿Por qué pensás que no los invitan?
Hay gente del ambiente que todavía pregunta si lo que hacemos es teatro. Hay actores, hay una obra, hay un espacio teatral. ¡Claro que es teatro! Hay otros que, a raíz de la presencia de actores no videntes, llegan con el prejuicio de «voy a ver qué hacen los cieguitos». Después, la experiencia los sobrepasa y se olvidan de que algunos de los actores son ciegos.

¿Cuál es tu mayor orgullo en estos once años en cartel?
Cuanto termina la obra, los actores se forman en fila y reciben el aplauso del público. Siento que los actores ciegos ponen la cara para recibirlo; lo percibo en el gesto que hacen. Son pibes que no tienen muchas oportunidades de ser aplaudidos por un hecho artístico. En ese momento, veo cómo se les ilumina la cara. Otro gran placer es tener un público tan heterogéneo. En el Konex, me pasó de ver en la fila a una señora de 80 años con tapado de piel y atrás de ella a un pibe punk con cresta. Es un gran orgullo haber hecho algo que les gusta a ambos extremos y a todos los intermedios posibles.

DZ/fs

Fuente Redacción Z
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