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TEMAS DE LA SEMANA

José María Peña: avatares de San Telmo

Creador del Museo de la Ciudad, salvó muchas casas centenarias de la demolición.

Por Federico Raggio
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Todos los domingos, desde las 10 de la mañana hasta cuando cae el sol, 260 puestos de venta se instalan en la Plaza Dorrego, sobre Humberto I y Defensa. La feria depende del Museo de la Ciudad, emplazado a pocas cuadras de allí, en una casa construida en 1894, en Defensa 219, casi esquina Alsina. El arquitecto José María Peña fue el creador de ambos.

«El museo recopila la arquitectura, la historia de los habitantes, sus usos y costumbres», explica. Peña tiene 82 años y se dedica desde 1959 a la investigación de la arquitectura y el patrimonio de Buenos Aires.

¿Cómo comenzó su trabajo en el museo?
Cuando empezó el ensanche de la avenida 9 de Julio, en noviembre de 1967, pregunté qué hacían con las casas una vez que quedaban vacías, entonces me dijeron: «Se compran, se expropian, se indemniza a la gente que vive y se vende en bloque la demolición». Entonces, propuse que antes de vender en bloque había que rescatar una puerta o una reja. En aquella época había muy poca gente a la que le interesara conservar esas cosas. Tal cual lo propuse, en menos de veinticuatro horas se creó una comisión en la que me pusieron -ad honorem, por supuesto- y empezamos a juntar cosas. Yo estaba en un equipo de investigación de la Facultad de Arquitectura de la UBA y le dije al intendente Manuel Iricíbar: «Mire, están guardando todo en un galpón y sería una barbaridad que se pierdan estas cosas». Él me dijo «¿Y qué se puede hacer?». Le respondí: «Crear algo para ir clasificando y armando la historia de la arquitectura de Buenos Aires». Entonces me preguntó si me animaba a armar un museo. Le respondí que sí. Él era un tipo muy entusiasta, me acuerdo que tuvo un encontronazo con Onganía. Entonces, en 1968 se crea el museo y yo pido la casa que está enfrente de la de Defensa 219 como sede, porque sabía que era municipal. Tres o cuatro meses después de fundarse el museo supe que estaba destinada a ser demolida para hacer una playa de estacionamiento para los autos de los funcionarios. Era la casa más vieja de Buenos Aires, construida en 1808.

¿Y cómo surgió la Feria de Antiguedades de San Telmo?
En ese año previo a la fundación del museo propuse crear una feria teniendo en cuenta que en Buenos Aires nunca había habido ninguna de ese tipo. Le dije a Iricíbar que elegí a la plaza Dorrego porque no era muy grande y era una plaza seca. En ese tiempo el barrio Sur era un cadáver: no era «fashion» y además había una ordenanza de 1956 que establecía que se lo iba a demoler por completo para hacer la ciudad nueva. Y claro, nadie arreglaba la casa porque se la podían expropiar enseguida. La cosa es que la propuesta era interesante porque, si tenía éxito, llevaba a la gente los domingos para que se encontrara con el barrio viejo. La feria era como el refugio de los afectos y que abarcaba todo: desde un corcho, un botón o una silla, hasta una reja o un traje, absolutamente todo. Es decir, la feria es la manera de ser del museo.

¿Cómo se organizó la feria?
En noviembre de 1970 puse un aviso en algunos diarios que decía: «¿Quiere vender sus cosas viejas en una plaza al aire libre?». Habíamos conseguido treinta viejos puestos de hierro y lona. Se estrenó con mucha gente. Los permisos se renovaban todas las semanas, o sea que a los pocos meses nuestro trato con los feriantes ya era semanal.

¿Qué había antes en la plaza?
Fue una plazoleta de carretas que vendían lo que traían del sur. Después, en la década de 1870, hubo un mercado donde se vendían carnes y verduras, que se tiró abajo en 1896.

¿Cómo se hacía una demolición cuando comenzó a crecer la ciudad, a fines del siglo XIX?
A pico. Los tipos se paraban en la medianera y «tiraban». Es admirable como trabajaban los viejos albañiles. Desde comienzos de la ordenanza municipal de 1979, para crear una zona de protección en el Casco Histórico, la lucha para defender las casas fue terrible, porque demolían sábados o domingos, y era imposible controlar. En muchos casos empezaban tirando los techos porque así llovía y se deterioraba todo. De 140 manzanas quedaron 70. Para nosotros, en cambio, todo tenía valor porque la memoria colectiva no es selectiva. Cada edificio era una respuesta a una necesidad sociocultural. Las inmobiliarias veían un supuesto negocio perdido, en vez de darse cuenta de lo que significa un barrio histórico.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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