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TEMAS DE LA SEMANA

Jorge Schussheim: «Los 60 fueron irrepetibles»

En su libro Un gran paso atrás refleja la bohemia porteña y una década en la que la ciudad tenía una vida cultural similar a Nueva York y París.

Por Juan Pablo Csipka
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Definir a Jorge Schussheim en una sola palabra es imposible, salvo que se usase el término “polifacético”. Músico, escritor, guionista, actor, publicitario; hace más de cincuenta años que recorre esos caminos, que se entrecruzan en Un gran paso atrás, un libro de reciente aparición, que se complementa con Todo al costo, aparecido en 2000. A su segundo libro, que incluye un CD con canciones (primer trabajo discográfico desde el mítico No todo va mejor con Schussheim en los 70), no lo define como autobiográfico.

¿Por qué se habla tanto de la Buenos Aires de los 60?

Porque fue mítica, única. Uno de los tres ombligos jóvenes y revolucionarios del mundo, junto a Nueva York y Londres. Se dieron varias coincidencias: apareció la píldora anticonceptiva, la liberación femenina, el LSD, el Mayo Francés, la minifalda, los Beatles. Y eso tiene sus réplicas acá. No sólo con el Instituto Di Tella, lo más visible. También con el cine: Leonardo Favio, Ricardo Becher, Alberto Fischerman, la impronta hippie de Villa Gesell…

Son años de represión, los de Onganía.

Vino esa Revolución Argentina anacrónica, con Onganía y personajes como el comisario Margaride, que perseguía a las parejas en los hoteles alojamientos. Me acuerdo que yo estaba en I Musicisti, el grupo que derivó en Les Luthiers. Hacíamos la cantata de las píldoras anticonceptivas, bailábamos y de repente alguien gritaba “¡Margaride!”, la gente se reía y nos tomábamos en solfa esa dictadura ridícula, a la que nadie le daba bola pero sentó las bases para la masacre de los 70.

¿Y qué fue lo que generó esos cambios?

Yo leo mucha historia. En los períodos previos a las guerras hay relajamientos: la belle époque antes de la Primera Guerra; el mundillo cultural alemán previo a Hitler; y después de la tragedia de la guerra viene lo conservador, la etapa de contrición. Al comenzar los 60 veníamos de unos 50 muy conservadores, y en 1962 casi llegamos a la tercera guerra mundial con la crisis de los misiles. Zafamos de eso y el relax pasó a otro nivel, porque había pocas esperanzas, el mundo se podía terminar en cualquier momento, de un día para el otro. Y entonces se desató todo, había que vivir la vida a todo ritmo. Aquello del Mayo del 68: “La imaginación al poder”. Quizá fue un engaño para tenernos en la mira y que nos pasaran por arriba como hicieron en los 70. Esos años 60 fueron irrepetibles.

¿La caja de resonancia fue el Di Tella?

En gran medida, sí. Fueron los años del pop art, de Andy Warhol, y Marta Minujín trae todo eso con La Menesunda. También tenías el Cine Club Núcleo, algo único, que también tenía ese vértigo. Si anunciaba una película como “un estreno muy especial”, sabías leer entre líneas que tenías que ir sí o sí a esa función porque era señal de que le caía la censura en cualquier momento. El Teatro San Martín era otro polo importante. Por eso comparo a Buenos Aires con Londres y Nueva York, polos culturales que eran equivalentes.

¿Hasta cuándo duró esa etapa?

Para mí el quiebre fue en agosto del 72, con la Masacre de Trelew. Antes de eso, había casos aislados. Con Trelew mostraron lo que eran capaces de hacer. El Di Tella ya había cerrado y se perdía esa bohemia.

¿Y cómo fue el quiebre?

Durísimo, por el nivel represivo, que aún hoy se siente. El hueco que dejaron los desaparecidos es enorme, hablamos de gente muy inteligente, con capacidad para grandes cosas. No hablo siquiera de la guerrilla en sí, hablo de la militancia social, no necesariamente política. Yo estaba en ese flanco. Incluso me pusieron en una lista y el mismísimo almirante Massera me lo hizo saber, como perdonándome la vida. Pensaba sacar mi segundo disco justo cuando comenzó la dictadura. Se iba a llamar El hombre de las dos caras, y al día siguiente del golpe, el editor, que acá editaba entre otros a Mercedes Sosa, me llamó para decirme que se iba del país y que había destruido el material por miedo.

¿Quedó algo de esa Buenos Aires?

Nada. Ni siquiera los cafés, con esa atmósfera tan particular, como el Suárez o La Paz. Ahora hay bares anónimos, sin personalidad. El Tortoni es para turistas. Yo me acuerdo que en una época ibas al Florida Garden y te cruzabas con Landrú, con Sergio Renán, estaba la mesa de los espías. Charlabas con todo el mundo, con gente que ni conocías. Esa movida no existe más.

Lavalle era el centro neurálgico.

Algo increíble, que también se perdió. Hasta bien entrados los 80, ibas un viernes o sábado a la noche al cine en Lavalle, la gente salía casi al mismo tiempo de los cines de una cuadra y tardaba de cinco a diez minutos en llegar a la esquina porque la peatonal estaba abarrotada. No queda nada de eso, y no sé si es bueno o malo; no soy nostálgico, soy un tipo que vive el presente.

¿Cómo ves a la ciudad hoy?

Dicen que ahora somos la ciudad con más teatros y librerías por habitante del mundo. En materia teatral lo que pasa acá es único. Nueva York tiene 400 estrenos por año, París andará por los 250. Nosotros tenemos 2 mil más otros 3 mil en el resto del país. Para mí es un fenómeno reciente y lo atribuiría al kirchnerismo, por la renovación juvenil. Yo soy un tipo de teatro desde los 20 años. El público de teatro independiente de esa época no se fue renovando. Vos ibas al teatro y eran todos canosos. Eso cambió en los últimos años: hay más salas, más obras y, sobre todo, un nuevo público, por eso el teatro prospera.

¿Sos optimista con este presente?

No creo que todo tiempo pasado haya sido mejor. Yo vivo cada época. Sí creo que faltan referentes como los de entonces. Pienso en Gino Germani, en Manuel Sadosky, en Gregorio Klimovsky, en grandes intelectuales. Hoy no hay un David Viñas puteando en la mesa de una confitería. Quedamos como huérfanos, y la dictadura tuvo mucho que ver. Recuerdo un libro que leí en mi adolescencia, Alemania sin judíos, que mostraba cómo la persecución nazi desde el 33, ya antes de la guerra y el exterminio, había generado una pérdida cultural que fue y es irrecuperable para el pueblo alemán. A otra escala, porque fue más chica, aunque trágica, la dictadura del 76 significó algo similar en la Argentina. Así y todo sigo creyendo que el futuro mejora el pasado. Si hoy viviéramos en las condiciones del siglo XIX nos suicidaríamos.

Perfil

– Nació en Buenos Aires en 1940.
– Es cantautor, libretista, publicitario.
– Editó el LP No todo va mejor con Schussheim en 1970.
– Publicó los libros Todo al costo (De la Flor, 2000) y Un gran paso atrás (Del Nuevo Extremo, 2015).

Foto: Gabriel Palmioli

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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