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TEMAS DE LA SEMANA

Javier Fernández Castro: La 31 quiere ser barrio

El proyecto para urbanizar las villas de Retiro avanza por la participación comunitaria.

Por Federico Raggio
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Hace un año la Comisión de Vivienda de la Legislatura porteña, encabezada por su presidente en aquel momento, el diputado de la Coalición Cívica Facundo Di Filippo, aprobaba un proyecto de ley para la urbanización de las villas 31 y 31 bis, en la zona de Retiro. Desde marzo de 2010 el proyecto Barrio 31 Carlos Mugica, a cargo de Javier Fernández Castro, profesor titular en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) de la UBA, se lleva a cabo para solucionar los problemas estructurales de una de las zonas más importantes de la ciudad de Buenos Aires. Para el arquitecto, el gobierno de Macri sólo hace «acciones de maquillaje y de fachada, pero de infraestructura, nada».

El proyecto de urbanización que dirige Castro, conformado por un equipo de arquitectos, diseñadores gráficos, sociólogos, antropólogos, abogados, trabajadores sociales y hasta un economista, permite la inclusión de la villa a la Ciudad, mejorar las condiciones de habitabilidad de sus vecinos y mejorar la conectividad en esa zona. Además, la iniciativa cuesta la mitad de dinero de lo que significaría erradicar la 31 de Retiro.

¿Cómo surgió el proyecto Barrio 31 Carlos Mugica?
Empezó como un proyecto de investigación en la FADU. Nos basamos en un programa que se estaba haciendo en Río de Janeiro llamado «Favelas-Barrios», que podía ser replicado en otras ciudades del continente con las adaptaciones pertinentes. La forma de trabajar de esos programas en aquel momento era innovadora. No trabajaban con la idea de erradicar o de barrer, sino que empezaron a aprovechar la inversión popular que había en el sitio, dotándola de lo que carece. Casi sería como un concepto de «reciclaje» frente a una obra nueva. En vez de decir «eso es un hábitat que no tiene remedio y debe ser ‘extirpado'», como si fuera una enfermedad o una anomalía, reconocerlo como una presencia y ver de qué se lo puede dotar para que sea una pieza más de la estructura urbana. Por un lado, hay una cuestión pragmática, de aprovechar los recursos que ya han sido invertidos por la gente del lugar. Y, por otro lado, se garantiza que cultural y productivamente la gente se quede en el sitio donde está, que mantenga sus relaciones sociales, sus fuentes de trabajo, su accesibilidad y sus relaciones.

¿Por qué eligieron a la Villa 31?
Tomamos la 31 porque era la que generaba más discusión acerca de si se quedaba o se iba, al estar en disputa con el puerto y la continuidad de la autopista ribereña. Esta cuestión de que el centro no es un lugar para los pobres, que esas tierras son aprovechables para emprendimientos inmobiliarios, toda una serie de cosas. Pero sin embargo la villa está allí hace casi 80 años. Había que empezar a investigar de dónde había surgido y por qué ninguna política, incluso las más duras de la dictadura, había logrado erradicarla. Fuimos al barrio y tomamos contacto con los integrantes del cuerpo de delegados a fines de 2002, y elaboramos junto con ellos un primer anteproyecto. Lo interesante es que los vecinos tomaron esto como una bandera de reivindicación y lucha. Hasta ese momento los reclamos hacia el Estado eran por cuestiones puntuales como arreglar cloacas o recoger mejor la basura. Pero era la primera vez que tenían un documento profesional que legitimaba la posibilidad de permanecer en el lugar.

¿Qué otras cuestiones se tomaron en cuenta?
Tomamos en cuenta cuáles eran los otros actores que tienen intereses en el lugar. La idea es ver cómo pueden convivir el barrio y esos actores como proyecto de urbanización. Nos contactamos con la Dirección de Puertos y con Ferrocarriles. Y luego pudimos establecer un contacto con los organismos técnicos que nos permitieron tener datos de cuáles eran los otros planes que estaban presentes en el área y tratar de incorporarlos al nuestro para que no fueran contradictorios.

El proyecto, ¿queda bajo la órbita tanto de la Ciudad como de la Nación?
Ahí es necesario sí o sí una coordinación, porque los terrenos donde está asentada la villa son de Nación, son viejos terrenos del ferrocarril y de Puertos. Por otro lado, es la Ciudad la que tiene, a través de la Legislatura, la potestad de darle normativa a ese territorio. A fines de 2009, la Legislatura de la Ciudad aprobó una ley de urbanización para el barrio que toma como base referente el proyecto que habíamos elaborado con los vecinos desde la Facultad. Creaba una mesa de gestión donde se generaba el escenario para que se sentaran Nación, Ciudad, los vecinos, la Facultad. El objetivo es que para mayo de este año se tenga un dictamen definitivo que implique una nueva norma para el área, consensuada por todos los actores, y la creación de un organismo de gestión mixto entre los dos Estados.

¿En qué consiste el proyecto y en qué niveles se organiza?
El proyecto consiste, tomando un poco este modelo brasileño que también ha sido adoptado con otras variantes en Medellín y en otras ciudades, en recuperar entre el 70 y el 80 por ciento de las viviendas existentes con la inclusión de todas las infraestructuras de las que hoy carece: agua potable, cloacas, electricidad, gas. El otro 20 por ciento de viviendas que no se consolida es el que necesita ser relocalizado por apertura de calles y vinculación al resto de las infraestructuras. Lo tenemos organizado en tres escalas de trabajo. Una más macro que tiene que ver con cómo se incorpora este sector a toda la estructura urbana de la región metropolitana, ya que la 31 está asentada en el eje Centro-Retiro-Puerto-Aeroparque. En esta escala se resuelven estas continuidades que hoy no existen: autopista ribereña, acceso del ferrocarril al puerto, delimitar que la villa no siga creciendo sobre áreas ferroviarias. Después, hay una intermedia que se refiere al proyecto como totalidad: acciones en el tema de viviendas, con un gran porcentaje de ellas a consolidar y un menor porcentaje de nuevas, apertura de calles, accesibilidad y equipamiento público. Y hay un nivel micro, que se refiere a equipamiento y al espacio público.

¿Con qué imaginarios sociales habría que romper para que la iniciativa continúe?
Hay mucho prejuicio, xenofobia. Está el mito de que «son todos inmigrantes indocumentados». Recurro a mi propia historia: mi viejo llegó de Galicia y se fue a vivir a un conventillo en La Boca. Todos somos hijos de inmigrantes en esta Ciudad. Pensar en un discurso antiinmigratorio en Buenos Aires es una ridiculez. Detrás de este proyecto hay una idea de inclusión y una traducción urbana de ese concepto.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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