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Jardín Zoológico: La vidriera de los animales vivos

Está en debate qué tipo de zoológico respeta los derechos de los animales y, a la vez, es económicamente viable. El de la Ciudad de Buenos Aires tiene gran valor patrimonial pero carece de condiciones ambientales para albergar las fieras.

Por Victoria Diaz Calvo
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El predio de Palermo, que ocupa un lugar impor­tante en el espacio pú­blico y uno tal vez más grande en la memoria afectiva de todos los porteños, está atravesado por distintos debates. Casi todos los aspectos relacionados con el Zooló­gico Eduardo Holmberg son obje­to de controversia. ¿Está bien tener animales en cautiverio? ¿La gestión debe estar a cargo del Estado o de privados? Un zoo, ¿debe dar ga­nancias? ¿Cuáles son las funciones que debe llevar adelante? ¿Debe ser primordialmente un paseo o lo indicado es que cumpla tareas re­lacionadas con la conservación o la investigación científica?

Está, por otra parte, la cues­tión patrimonial, específica de este zoo. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que hay que preservar los hermosos pabello­nes de comienzos del siglo XX, declarados patrimonio histórico nacional en 1997. Este requeri­miento, que impide hacer espacio para nuevas instalaciones, tampo­co se cumple plenamente, ya que muchos están deteriorados. Por su ubicación en el centro urbano, el zoológico no puede crecer, de manera que la cuestión del espa­cio agudiza el debate acerca de cuáles son las prioridades.

Quién lo maneja

Desde su fundación y hasta 1991, el zoológico funcionó bajo la administración del Estado. Car­los Menem lo entregó en conce­sión a un grupo liderado por Ge­rardo Sofovich. La gestión pasó a manos del grupo mexicano CIE(Corporación Interamericana de Entretenimientos), y un despren­dimiento de esta empresa man­tiene la concesión bajo el nombre de Jardín Zoológico de Buenos Ai­res SA. Tantos años bajo un mode­

Jardín lo que busca la mayor rentabilidad deja un saldo negativo. Una au­ditoría de 2008 estableció que se habían perdido el 55 por ciento de las especies de aves y el 25 de los mamíferos que habitaban el par­que antes de la concesión. Según la empresa, el saldo es otro: 73 es­pecies y 655 ejemplares más.

Vencidos los contratos con Jar­dín Zoológico de Buenos Aires, se dio el hecho inédito de que el go­bierno llamó en octubre de 2012 a subasta pública para otorgar el ma­nejo del zoo. Ganó la concesionaria de años anteriores, que paga un ca­non de 1.010.000 pesos por mes. El nuevo contrato se hizo por cin­co años, para evitar que tuviera que aprobarlo la Legislatura. Para el le­gislador por Proyecto Sur Adrián Camps “el gobierno remató el zoo al mejor postor cuando debería ha­ber adjudicado la licita­ción luego de un deba­te en la Legislatura y una audiencia pública”.

El naturalista y mu­seólogo Claudio Berto­natti, que había ingre­sado como director en enero de 2012 con un apoyo generalizado por su prestigio profesional y la seriedad de su pro­yecto, terminó en una salida anticipada poco más de un año después, en mayo de 2013. Se­gún Bertonatti, se fue porque la falta de presu­puesto le impedía llevar adelante sus planes.

Razón de ser

A fines del siglo XIX las posibilidades de ver a un animal salvaje eran remotas. En la actuali­dad, el acceso a la infor­mación facilita este en­cuentro a través de la televisión. Los chicos saben mucho más so­bre los animales que antes, y hay mucha más información. Partien­do de esto ¿se justifica la existen­cia de los zoológicos? Y si es así, ¿qué animales se deberían exhi­bir y con qué objetivo? “Creemos que estos lugares son importantes para que la gente de las ciudades cuente con un espacio para acer­carse a la naturaleza y las especies argentinas”, aclara Diego Moreno, director de Fundación Vida Silves­tre. Y agrega: “Desde el lado edu­cativo es una herramienta intere­sante, sin embargo, esta función y la de conservación están a medias porque no hay suficiente fauna ar­gentina y porque, si bien los pro­gramas de conservación han avan­zado, todavía les falta una decisión fuerte para desarrollarlos”.

Otro fin posible es la investiga­ción. Lejos de la idea de una vidriera con animales vivos, Eduardo Holm­berg, el primer director del zooló­gico, tenía una mirada de avanza­da acerca del objetivo del parque: “Sólo falta que la gente aprenda o reconozca que el Jardín Zoológico le pertenece; que debe hacer cuan­to pueda para evitar los desmanes de la estupidez y de la ignorancia, proponiéndose siempre conser­var”. Es así que el zoológico tuvo, desde el comienzo, un centro de in­vestigación en ciencias biológicas, al mismo tiempo que fue un lugar de paseo, entretenimiento y asom­bro para los chicos. Décadas atrás se podía recorrer el parque en un trencito, había paseos en pony y un teatro de títeres. Esta doble función estuvo desde siempre.

Mantener animales en cautive­rio con fines educativos ya no pa­rece adecuado a las posturas ac­tuales sobre maltrato animal. “El zoológico tiene que justificar el cautiverio de los animales y para eso, la única salida es trabajar para salvar a las especies a las que per­tenecen. Esos animales son emba­jadores de la naturaleza: represen­tan a su especie y a la región que habitan. Es necesario que el visitan­te tome conciencia de la situación y qué es lo que puede hacer para sal­varlos”, asegura Bertonatti.

El zoológico lleva adelante pro­gramas de conservación. De acuer­do con esto, el ex director es claro: “Nuestro desafío es que aprenda­mos a descubrir o a redescubrir nuestra fauna, saber que está ame­nazada, que muchos problemas tienen solución y que nosotros po­demos ayudar a resolverlos. Eso no implica poner plata, sino cambiar de actitud”. Para el actual director, “los proyectos de conservación y de responsabilidad social y del cuidado de la colección se ajustan a los linea­mientos que se es­tán trabajando des­de hace 20 años”.

Modelos de cautiverio

En la Navidad de 2012, la muer­te de Winner, el oso polar, reabrió el debate. Para Bertonatti, “el zoo­lógico se transformó en un lugar donde los animales son cosas. Una colección de animales exhibida con fines comerciales. Un zoológico no se crea para eso. Un zoológico es una institución que tiene cuatro grandes objetivos: conservar la na­turaleza con énfasis en la fauna, educar ambientalmente, investigar y recrear”. Adrián Camps coincide: “El zoológico debe replantearse en su totalidad y no puede ser conce­bido como un centro de entreteni­miento donde se lucra con la ex­hibición de animales. Solamente el estado puede cambiar ese esque­ma, comenzar una reconversión y adaptarlo al siglo en que vivimos”.

Sin embargo, para Juan Pa­blo Guaita, actual director del Jar­dín Zoológico, los animales atracti­vos para los chicos sostienen a los otros proyectos: “Prescindir de los grandes animales es cerrar la puer­ta a un zoo al que la gente viene a encontrar una fauna que no ve nor­malmente. Si se hiciera, la afecta­ción sobre el público sería grave. Es una necesidad de que el zoo ten­ga una oferta importante para con­vocar público. Un parque de fauna autóctona no se podría sostener”.

La oferta de fauna está directamente vinculada con la de la rentabilidad, nece­saria en la medida que es gestionado por privados. Para Bertonatti, “es nece­sario tener una colección de animales coherente con los objetivos de un centro de conservación. Eso exige abandonar a los elefantes, los leones, los rinocerontes y adoptar los exponentes de la fauna argentina. Los em­presarios dicen que si no los tienen, la gente no va a ir de visita y yo aseguro que, si se hace un buen zoológico, la gente va a seguir yendo”. La postura del ex director y de otros que sostienen que los zoológicos tienen que cam­biar nos devuelve una imagen to­talmente distinta de estos parques, con otro modelo de gestión, otra razón de ser y otros objetivos, cada vez más lejos del espectáculo del “circo de fieras”.

125 años de historia en Palermo

El zoológico porteño fue fundado a fines de 1875 por el presidente Domingo Faustino Sarmiento como parte del Parque 3 de Febrero, en tierras que pertenecían a Juan Manuel de Rosas. En 1888, el predio fue cedido a la Municipalidad de Buenos Aires y adquirió su autonomía.
El primer director fue el médico y naturalista Eduardo Holmberg, quien se encargó de diseñar el paseo, ubicado en una zona pantanosa, atravesado por las vías del ferrocarril del Norte y ocupado por un club de tiro. Holmberg logró el traslado del tren, el relleno de las tierras, la diagramación y la construcción de los pabellones. Suya es la idea de diseñar cada espacio de acuerdo al lugar de origen del animal que albergaría. De este modo, la casa de los elefantes está inspirada en el Templo de la diosa Minaski que se encuentra en Bombay, India, y el panda rojo habita la réplica de una pagoda china.
Holmberg adquirió especies europeas, africanas y asiáticas y las sumó a la fauna autóctona que ya se encontraba en el parque, e impulsó la difusión de conocimientos a través de guías y catálogos. En 1914 lo sucedió el naturalista y conservacionista Clemente Onelli.
Onelli mantuvo la concepción general de trabajo trazada por su antecesor, a la que le dio un nuevo impulso cuando implementó paseos en ponies, camellos y elefantes, y puso el acento en lo que era la moda en la época: los paseos y parques públicos. La cantidad de visitantes pasó de 1500 a 15.000. Durante su gestión el zoológico porteño recibió más visitas que su par de Nueva York. Fue director hasta su muerte, en 1924. A Onelli lo sucedió, hasta 1944, Adolfo Holmberg, sobrino del primer director.
Desde entonces, la política de manejo del jardín zoológico fue errática. En 1989, Carlos Menem nombró coordinador a Gerardo Sofovich hasta tanto fuera privatizado. En 1991, pasó a manos privadas de un modo escandaloso, ya que Sofovich era accionista de la empresa que ganó la licitación.
bido como un centro de entretenimiento donde se lucra con la exhibición de animales. Solamente el estado puede cambiar ese esquema, comenzar una reconversión y adaptarlo al siglo en que vivimos”.
Sin embargo, para Juan Pablo Guaita, actual director del Jardín Zoológico, los animales atractivos para los chicos sostienen a los otros proyectos: “Prescindir de los grandes animales es cerrar la puerta a un zoo al que la gente viene a encontrar una fauna que no ve normalmente. Si se hiciera, la afectación sobre el público sería grave. Es una necesidad de que el zoo tenga una oferta importante para convocar público. Un parque de fauna autóctona no se podría sostener”.
La oferta de fauna está directamente vinculada con la de la rentabilidad, necesaria en la medida que es gestionado por privados. Para Bertonatti, “es necesario tener una colección de animales coherente con los objetivos de un centro de conservación. Eso exige abandonar a los elefantes, los leones, los rinocerontes y adoptar los exponentes de la fauna argentina. Los empresarios dicen que si no los tienen, la gente no va a ir de visita y yo aseguro que, si se hace un buen zoológico, la gente va a seguir yendo”. La postura del ex director y de otros que sostienen que los zoológicos tienen que cambiar nos devuelve una imagen totalmente distinta de estos parques, con otro modelo de gestión, otra razón de ser y otros objetivos, cada vez más lejos del espectáculo del “circo de fieras”.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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