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TEMAS DE LA SEMANA

Inquietudes y preguntas sobre el oficio de escribir

Un sector económico y cultural se motoriza con los libros, pero los autores suelen ser convidados de piedra. Solicitada, servicio de consejería y plan de acción. ¿Cómo estar juntos?

Por Daniela Pasik
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Selva almada y julian lopez

Comenzó como un post en Facebook, que llamaba a una reflexión sobre el trato de las editoriales llamadas “independientes” con sus autores, que pasó a ser gran debate, casi una asamblea virtual, de escritores de todo tipo y amplió la discusión hasta las editoriales multinacionales, las distribuidoras, las librerías y, por supuesto, el rol del Estado con respecto a la industria del libro. El primer resultado tangible, en átomos, fueron una serie de reuniones en las que se redactó una solicitada, que firma la Unión de Escritoras y Escritores, y un blog para difundirla.

“Somos un grupo de escritoras y escritores interesados en instalar el debate sobre la figura del escritor en tanto trabajador”, se presentan. En esta primera  etapa, los que comenzaron la acción fueron Selva Almada, Clara Anich, Guadalupe Faraj, Marcelo Guerrieri, María Inés Krimer, Julián López, Enzo Maqueira y Alejandra Zina. A la solicitada, hasta el momento, adhieren cerca de 400 autores.

Desde la best seller Claudia Piñeiro, la multipremiada Samanta Schweblin y la prócer Sylvia Molloy hasta los reconocidos Leonardo Oyola, Esther Cross, Betina González, Lucía Puenzo, Washington Cucurto y Marcelo Cohen, pasando por dramaturgos como Mauricio Kartun y periodistas como Soledad Vallejos. Y más. Poetas, ensayistas, filósofos, el Grupo Alejandría, los Estudiantes de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes (UNA), el Centro PEN Argentina. Y siguen las firmas.

Con Distancia de rescate (Random House, 2014), Samanta Schweblin fue finalistas para el prestigioso Man Booker.

Con Distancia de rescate (Random House, 2014), Samanta Schweblin fue finalistas para el prestigioso Man Booker.

“¿Somos trabajadores? ¿Gozamos de los mismos derechos –servicios sociales, jubilación- que cualquier trabajador? ¿Qué lugar ocupa nuestra producción en el sistema de intercambio de bienes? ¿En qué condiciones trabajamos los que participamos de la creación de estos bienes y servicios culturales?”, pregunta la solicitada, y sigue: “¿qué lugar ocupa el Estado respecto de la promoción y producción literaria, la traducción, becas, subsidios, concursos nacionales y municipales, financiamiento de la participación en ferias y festivales, compra de títulos para bibliotecas públicas?

La solicitada profundiza en el llamado a la reflexión. “¿Es admisible que los autores seamos los convidados de piedra en la discusión y votación de leyes vinculadas con el libro? ¿Cómo es y cómo podría ser la relación de los autores con los sellos editoriales, grandes, medianos y pequeños?”. Y lejos de intentar despejar las dudas planteadas, dicen que “hay una de estas preguntas que por supuesto podemos responder: nosotros también somos trabajadores”.

UEYE

En el blog, además de la solicitada, aclaró Selva Almada cuando la lanzó al mundo virtual, hay “algunos consejos prácticos a la hora de firmar un contrato con una editorial” y una reflexión sobre “por qué es necesario juntarse y pensar la relación de lo y las escritores con las editoriales y por supuesto del rol del Estado en relación a nuestro oficio”.

Julián López, en una charla con Diario Z, explica: “No nos corresponde ofrecer soluciones ni planes de lucha. Noto un gran miedo al debate, por eso la gente siempre busca proponer algo, pero la idea, por el momento, es hablar. Los que tienen mucho por hacer son nuestros representantes políticos. Los músicos, los ilustradores, todos se van juntando. Y los escritores estamos muy solos. Somos un colectivo y no tenemos noción de convivencia, eso es alarmante”.

De peces grandes a peces chicos, todos a la red
“Queridas editoriales independientes, ser independientes no habilita a manejos poco claros y abusivos. No se enojen, las quiero a todas, pero tenemos que hablar”, dice el post de López que inició todo. Lo publicó el 6 de junio y al día siguiente, como respuesta general al debate que se generó, profundizó: “Insisto, así como no hay que tolerar la retórica del Sistema en forma de ‘¿Se puede enseñar a escribir?’ o ‘¿existe una literatura femenina?’ tenemos que hablar del lugar de los autores, de la producción de escritura, de la circulación y de los modos”.

López, autor de Una muchacha muy bella (Eterna Cadencia, 2013), aclara que nunca tuvo problemas con los editores con los que le tocó trabajar, pero amigas, amigos y alumnos de taller le contaban sobre “maltratos, destratos, poca claridad en los tratos, mucha dificultad comunicacional, y cosas que una editorial chica no puede afrontar del mismo modo que una grande”. Abierto el debate virtual, con participación activa de Claudia Piñeiro, quedó claro que el conflicto alcanzaba a todo tipo de autores, que publican en cualquier tipo de editorial. Desde las artesanales hasta las multinacionales.

El problema no se limita a las editoriales independientes. Los autores pocas veces, o ninguna saben efectivamente cuánto se vendió de su libro, y a la hora de las liquidaciones de autor, tienen que confiar en lo que diga la editorial. No existe, por ejemplo, un ente que regule eso, o un lugar que controle o a quien se le pueda consultar.

Claudia Piñeiro.

Claudia Piñeiro lleva publicadas más de 10 novelas, varias fueron adaptadas al cine y ganó diversos premios.

Una importante editora de una multinacional, que prefiere reservar su nombre, dice que entiende que los escritores se quejen porque “navegan en un mundo de enorme improvisación”, y por eso le parece muy bueno que se pregunten por las políticas de Estado. “Igual, no deberían olvidar que esas faltas las padecen también los editores, que nosotros no conspiramos en contra de los autores, y que si no hay políticas que favorezcan a la industria del libro en general los editores, pequeños o grandes, perdemos un montón de oportunidades”.

Marea es una editorial local nacida en 2003, que como proyecto cultural fue creando un catálogo prestigioso, que incluye colecciones de investigación periodística, relato histórico, ensayo, narrativa y crónica. Constanza Brunet, dueña y editora, le comenta a Diario Z, a propósito del debate virtual del inicio, que le parece que los escritores “reclaman cosas normales, que nosotros y muchos otros hacemos, pero el problema es otros tantos no, ni siquiera cumplen con mínimos estándares”.

Hacia dónde va la corriente
“En la Argentina, el mercado es pequeño y el rol del Estado es muy importante. No por nada salta esta cuestión ahora, que el Estado pareciera retirarse o moverse para otro lado. No sirve poner la cosa en términos de autores versus editoriales. Todo sería menos complejo si hubiera subsidios. Sería hermoso si las editoriales multinacionales pagaran un impuesto para ayudar a la bibliodiversidad, por ejemplo”, reflexiona Hernán Lucas, escritor y también dueño de la librería Aquilea.

“Sería genial que los escritores se involucren en mucho del trabajo sectorial que venimos haciendo los editores. Creo que lo mejor de toda esta movida es la toma de conciencia de los autores, no solo de sus derechos, sino de su potencia como colectivo para reclamar al Estado y trabajar para mejorar al sector”, dice Brunet.

Lo que se puede hacer es poco, pero al menos está bueno que se hable de esto”, cuenta López, que explica que no fueron a debatir estos temas a SEA (Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina) ni la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) porque “llegamos a este punto por la historia de lucha o no lucha de estas asociaciones”.

Más en concreto, la Unión de Escritoras y Escritores, este grupo reflexivo y en continuo crecimiento, sigue pensando y generando preguntas. Por ejemplo, la próxima, apunta López: “Estamos laburando sobre un documento, un informe sobre la Ley del libro, porque cuando se trató no se convocó a los escritores. Todo va a estar pronto en nuestro blog”.

UEYE

Fuente Diario Z
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