Tiempo en Capital Federal

22° Max 19° Min
Cubierto
Cubierto

Humedad: 81%
Viento: Sureste 16km/h
  • Domingo 18 de Abril
    Cubierto19°   23°
  • Lunes 19 de Abril
    Despejado18°   23°
  • Martes 20 de Abril
    Despejado17°   22°
Estado del Tránsito y Transporte
Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
Tránsito
Trenes
Vuelos
Cargando ...

TEMAS DE LA SEMANA

Informe Z: los sobrevivientes que emigraron después a Buenos Aires

Recuerdos de Chernobyl, víctimas de la radiación y el desamparo.

Por Federico Raggio
Email This Page
6338634-informe390.jpg

Larysa Kovalchuk había terminado de cenar y pensaba hacerse un té antes de acostarse. Pasadas las diez de la noche del viernes 25 de abril no esperaba visitas. Esa primavera no era como las anteriores, había muy buen tiempo en Pripyat. Las temperaturas agradables vaticinaban un estupendo verano.

Valeri había llegado en micro después de tres horas de viaje. Quizás era tarde para pasar por la casa de Natalia, la luz estaba apagada y se marchó. Al otro día podría hablarle. No tenía cómo volver a su casa, a esa hora ya no salían los micros hasta Kiev, la capital ucraniana. Caminó una cuadra hasta el edificio Nº 10 de la Avenida Lenin y tocó el timbre del departamento 44 donde vivía Larysa, la amiga de Natalia. Estuvieron charlando hasta la medianoche. Así, Valeri se enteró de que Natalia estaba casada con un técnico de la Central Nuclear. Pero las ganas de declarársele fueron más fuertes y se quedó en Pripyat para verla.

Todos ignoraban que a apenas tres kilómetros se estaba realizando una prueba que simulaba un corte de suministro eléctrico en el reactor 4 de la central nuclear. A las 1 y 23 minutos, mientras Larysa intentaba dormir, sintió un temblor. Se produjo luego una pequeña detonación: enseguida una gran explosión iluminó la habitación: «La cama se movió. Mientras pensaba ‘qué raro esto’ sucedió la explosión, vi una luz, como un relámpago azul. Fui al comedor a avisarle a Valeri. Desde mi balcón podía ver la central atómica y el bosquecito que estaba antes de la planta. Vimos una nube con forma de hongo».

Larysa Kovalchuk tiene 50 años y es una de los 15 mil inmigrantes ucranianos que llegaron a la Argentina después del accidente en el reactor N° 4, el símbolo de la crisis político-económica que se desenvolvía en los países de la Unión Soviética. «Llegamos en 2000 con mis dos hijas -de 32 y 30 años-, mi hijo de 15 años, mi mamá y mi segundo marido», cuenta. Larysa vivía en el barrio más próximo a la central nuclear. «Pensaba que si la explosión era en la central atómica, ya no estaría viva. Creí que provenía de la estación ferroviaria», dice Larysa.

En Yaniv, un pueblito a dos kilómetros de Chernobyl, vivía Lyudmila Panasetska, escultora, ceramista y profesora de pintura. «Ese viernes fui a buscar al jardín a mi nene, que tenía dos años. Yo estaba embarazada de ocho meses. Sentí un temblor y nos asustamos un poco con Dmitri -su ex marido, ferroviario- pero no le prestamos atención. Por la mañana, una vecina nos avisó que había explotado el reactor 4», recuerda.

Lyudmila, de 51 años, entonces trabajaba en un jardín de infantes de Pripyat con 700 niños. En Pripyat vivían muchas parejas jóvenes y las calles y las plazas estaban llenas de chicos. La ciudad podía ser recorrida en unos 20 minutos, en los complejos de edificios vivían más de 50 mil personas. «Era una ciudad tan linda: florecían los ciruelos. Disfrutábamos de la naturaleza y nos decíamos ‘que linda es nuestra ciudad'», recuerda Lyudmila, que llegó a Buenos Aires en el 99.

«Ese viernes fue un día normal: el tiempo era lindo, cálido. Los árboles estaban llenos de flores. El sábado se veía el humo de las ocho toneladas de combustible radiactivo expulsadas pero no nos dijeron nada. Sólo vino una chica que contó que hubo un accidente, nos dio unas pastillas de yodo y se fue. La gente caminaba por la calle buscando información y muchos niños continuaban jugando en las calles», recuerda Larysa.

Comenzaron a llegar bomberos desde Kiev y otras ciudades, ambulancias, topadoras, transportes mecanizados de infantería, camiones militares repletos de jóvenes soldados. Los helicópteros, que se utilizaron para arrojar bolsas de arena, boro y plomo en un intento de apaciguar el infierno en el reactor 4. A la tarde «se veía el cielo rojo, como con sangre» y más a la noche «un resplandor rojo y azulado», dice Larysa, que trabajó entre 1979 y 1985 como electricista de montaje en la central nuclear.

La evacuación, dice Larysa, comenzó el domingo: «Alrededor de las 2 de la tarde, en la radio empezaron a decir que nos iban a evacuar por tres días, que teníamos que llevar lo necesario, no muchas cosas: documentos, ropa, un poco de comida. Eran una cola interminable de 1.250 colectivos. Veía a mis vecinos en los micros, ninguno pensó jamás que nos podía pasar eso. Oleg, el marido de Natalia, era técnico de la central y no lo dejaron salir. Valeri la ayudó a irse».

El esposo de Natalia murió tres años después de la explosión. DeValeri no volvieron a tener noticias: «Siempre pensé qué mala suerte tuvo, vino a pedirle matrimonio a Natalia y terminó contaminándose. Yo a veces me siento débil y tengo presión baja, pero acá estoy».

Lyudmila «vivía con dolor de garganta, de cabeza y fiebre en Ucrania. Acá comencé a sentirme mejor», dice. En cambio su ex marido, Dmitri, «tiene problemas neurológicos y de hipertensión». Se tuvo que quedar más tiempo para ayudar en la evacuación. Lyudmila vive en el barrio de Versailles, alquila una casa vieja a la que llenó de flores y plantas. Da clases de pintura y de costura, y sobrevive con buen ánimo pero poco dinero. Ucrania, dice, les está por cortar la jubilación. Y pide al Estado argentino que la ayude de alguna manera.

Lesia Paliuk (50 años) es licenciada en Economía en la Universidad de Kiev. Vino al país en 1995. Hoy es la presidenta de la Asociación de Emigrantes y Refugiados de Europa Central, Oranta, que nació después de 2003, cuando muchas mujeres fueron abandonadas por sus maridos, que regresaron a Europa.
Existe un convenio bilateral aún no refrendado por el Congreso que obliga a revalidar los títulos, enseñar el idioma, facilitar el empleo y otras formas de protección social. Mientras tanto, Oranta ayuda a sus afiliados a insertarse. Lesia está separada. Su ex marido es ingeniero; como no le validan el título trabaja de pintor y de albañil.

Una historia parecida es la Aleksandr Zahorodnyuk: «Allá está todo contaminado. Después de Chernobyl yo tenía problemas en los riñones y presión alta. Cuando vine a la Argentina tenía un dolor de cabeza impresionante, hipertensión. Comencé a sentirme mejor, en la Argentina se respira buen aire». Aleksandr (56) es un «likidator», los operarios provenientes de las quince ex repúblicas soviéticas que trabajaron para «liquidar» el reactor 4. Unos 600 mil bomberos, militares, ingenieros, choferes, técnicos y mineros que equipados malamente trabajaron entre 1986 y 1992 para apaciguar las emisiones y construir el «sarcófago» de hormigón y acero.

«Yo vivía a 800 kilómetros, trabajaba en la construcción de otra planta nuclear en Pivdenoukraysk. Estuve del 1 al 24 de septiembre de 1986 como ‘voluntario-obligatorio’. ¿Entiendes? No quieres, tienes que ir igual», ilustra Aleksandr, chofer de un camión volcador.

«En el camión iba solo. No pensaba nada. A veces estábamos sin barbijo ni guantes. Cada uno tenía un contador, un dosímetro, que nos dieron el primer día. El último día se los llevaron a todos. Le preguntamos cuánto teníamos de radiación y nos dijeron ‘después’. Y chau», explica.

Aleksandr fue chofer de un vehículo que llevaba técnicos a 200 metros del reactor. Después manejó arena y piedras. «Había gente que trabajaba encima del reactor; eran ‘categoría 1A y 1B. La mayoría de los 1A están muertos. Yo era 2A».

«Los liquidadores trabajábamos para poner el sarcófago al reactor y también para ampliar la orilla del río Pripyat, que estaba al lado de la central, para que no pasara el agua radiactiva hasta el río Dnipro, que es más grande y cruza Rusia, Bielorrusia y Ucrania», detalla Aleksandr y dice que ya no quiere acordarse. De sus 30 compañeros en la «liquidación», seis fallecieron.

Aleksandr dice que en Buenos Aires se curó. A pesar de la nostalgia, a pesar del idioma. Trabajó de pintor, carpintero, de florista. Hoy es mecánico y vive con su esposa peruana y su hija Irina, de 9 años: «Tenía miedo por cómo iba a nacer mi nena, pero nació sana e inteligente», sonríe. Alguna vez volvió a Ucrania a ver a su familia pero eligió volver al PH del Bajo Flores. Una bandera ucraniana, una de Perú y, en el medio, la argentina, es una forma elocuente de contar la historia de quienes habitan la casa.

DZ/sc

 

Fuente Redacción Z
Email This Page
0 Comentarios
Sé el primero en dejar un comentario!

Deja tu comentario