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TEMAS DE LA SEMANA

Informe Z: Cafés de la zona sur

De noche se vuelven reductos culturales en los que la mortadela se vuelve picada gourmet.

Por Juan Carlos Antón
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Son los bares, confiterías o cafés de la Ciudad, sitios
ideales para hacer algunas de las actividades más caras a los porteños: sentarse a charlar, tomar algo o simplemente
mirar como el tiempo pasa.

BAR LA POESÍA
Con el nombre lo dice todo: se llama bar La Poesía y está ubicado en el corazón de San Telmo: Chile y Bolívar. Los memoriosos saben que tiene historia, supo ser el motor
de la vida cultural en la Buenos Aires de los años 80, recién retornada la democracia. Después cerró durante 26 años y volvió a abrir en diciembre pasado. Es sencillamente hermoso: carpintería y mueblería de madera, adornos y artefactos antiguos (desde la chopera de bronce hasta el piano, de 1915), una fotogalería con 120 imágenes de personajes de las letras argentinas y placas de bronce en las mesas en reconocimiento a los referentes literarios y culturales del bar, como Horacio Ferrer, el arquitecto José María Peña y el Grupo de los Siete. Allí conoció el poeta Horacio Ferrer a su amada Lucía Michelle, a quien pregunta en el tango «Lulú»: «¿Te acordás del café «La Poesía» esa mágica noche en San Telmo / Buenos Aires urdió nuestro encuentro / tan romántica y dulce Lulú».

A pesar de ser viernes y estar prácticamente colmado, no hay ruido, suena un tango de fondo y se ven varios clientes solos en sus mesas. Al prestar atención, el idioma que más se escucha es el inglés. Son turistas ocasionales, residentes o gente que viene por unos meses a disfrutar de Buenos Aires. Entre estos últimos, se encuentra el alemán Uwe Steinhoff, un profesor de la Universidad de Hong Kong que ama la Ciudad, tanto que suele pasar tres meses cada año en este lado del mundo, mucho de ese tiempo en el bar La Poesía. «Vengo porque es tranquilo pero lo que más me gusta es que no te molestan los mozos. Podés quedarte el tiempo que quieras. Eso en Taiwán no sucede», dice Uwe en un español casi perfecto. Analía y Dana son las mozas de la tarde. Ambas, simpáticas y eficientes, están a las órdenes de Silvia, la encargada del local, que trabaja todos los días «hasta muy tarde», aclara casi resignada. «Acá podés estar en lo tuyo. Viene todo tipo de personas pero, dependiendo del horario, tal vez haya mayoría de gente solitaria.

Hace poco, un poeta colombiano vino al bar y se sorprendió cuando se sentó a una mesa y miró a la pared y vio que había una foto suya. Anécdotas como ésa hay muchas.» Silvia explica que los extranjeros vienen a saludar antes de irse a su país. «Es una manera de decirnos: si desaparecemos no es porque no nos haya gustado el servicio. Nos vamos pero vamos a volver.»

BAR ROMA
Sin extranjeros pero con muchos vecinos, el bar Roma resiste desde San Luis y Anchorena. Sudueño, Jesús Llamedo (83 años, español) está sentado junto a una ventana y suelta: «La verdad es que no sé si quiero que venga tanta gente. Ya no quiero trabajar más». Llamedo compró el local hace 59 años y todavía lo maneja. «Se llama así porque en la época en que abrió, había muchos italianos en la zona. Yo le dejé el nombre»,
explica. El lugar había abierto en 1927 como bar y almacén.

Sábado a la tarde y hay un único cliente en las mesas: Gerardo, quien lee un diario. «Estoy de paso. Vine a acompañar a una amiga a hacer un trámite acá al lado y ahora estoy esperando», dice. Otro cliente, pide un cortado y se sienta en una de las sillas del fondo.

Café con leche con tres medialunas a $12, milanesa con ensalada a 14 y un sándwich completo también a 14 pesos son algunas de las ofertas del Roma. El bullicio se da en los días de semana, principalmente al mediodía cuando la gente colma sus mesas de madera, típicas de bar antiguo. «La verdad es que no tenemos para reparaciones. Así que más o menos está de la misma manera que en los últimos veinte años.» Los clientes, cuenta don Jesús, son mayormente del barrio, gente mayor. «Todavía vamos quedando algunos -sonríe-. Pero de vez en cuando vienen algunos jóvenes y piden cerveza en las mesas de la calle. Somos un bar tradicional, de los de antes. Debe ser por eso que vienen.»

Según explica, los italianos del origen dieron lugar a gente de otras colectividades, principalmente judíos ortodoxos. «El barrio cambió bastante pero siempre fuimos un centro de reunión. En una época venía mucho don Pedro Aleandro, que tenía una escuela de teatro cerca. También sus hijas, Norma Aleandro y María Vaner, solían venir a tomar un café. Y los estudiantes, que se quedaban horas discutiendo de teatro y le daban un aire bohemio.» Don Jesús muestra orgulloso un recorte de una vieja nota que le hicieron y se despide con una sonrisa pícara.

BAR DE CAO
A la soledad del Roma, se opone el movimiento incesante del Bar de Cao, en Independencia y Matheu. Tres características definen al Cao, uno de los Bares Notables de la Ciudad: los fines de semana está abierto hasta las cuatro de la mañana, hay mezcla de «tribus» -bohemios, estudiantes y gente de barrio- y tiene una de las mejores picadas de Buenos Aires. «La idea es que con la ambientación y los muebles lo que hacemos es mantener viva la memoria», explica Gustavo, el encargado. El almacén y despacho de bebidas alcohólicas fue abierto por los hermanos Cao en 1915 y apenas si tuvo más modificaciones que el agregado de la parte de café. Una chapa enlozada en blanco y azul da cuenta de esa época, así como el mostrador de madera y mármol, las heladeras antiguas, la fideera y la estantería, con filas de botellas cubiertas de polvo, detrás de la barra. En las paredes, publicidades antiguas de Coca-Cola, Hesperidina y Cinzano y retratos de artistas como Mariano Mores, Carlos Gardel u Osvaldo Pugliese. «Cafetería, picadas
y cerveza es lo que más sale», señala el encargado y asiente desde una de las mesas José, dueño de un taller mecánico de la zona, que suele ir a almorzar. «Es familiar y hay muy buena atención», explica. A dos mesas de distancia, está sentada la pareja conformada por Santiago y Ximena. «Venimos porque es tranquilo», dice Santiago. «Pero no sólo por eso -retruca ella-. A mí me lo recomendaron. Ésta es la segunda vez. Lo mejor es que son las cuatro de la tarde y está la cocina abierta, esto no pasa en todos lados.»

Santiago termina su tortilla de papas y asiente. Por la noche, viene gente de otros barrios. «Se armó una movida. Se ven muchos grupos de amigos que vienen a tomar algo. Los sábados a la noche esto explota. Yo creo que les seduce la propuesta cultural también. Tenemos una muestra de cuadros que va cambiando.

Una vez al mes se hace un programa de radio desde acá. En fin, el lugar es para compartir, aunque también se puede venir solo», invita Gustavo. El salón, con mesas y sillas de madera, exhibe antiguos carteles de publicidad. Las ventanas y las vitrinas están decoradas con clásicos fileteados porteños que pintó el propio Pérez Bravo. Al fondo, se instaló un espacio dedicado a las artes plásticas, donde hay exposiciones que se renuevan cada 15 días.

BAR MARGOT
«Se ruega no escupir en el piso» pide innecesariamente un cartel del bar Margot. A ninguno de los clientes -mayoría de profesionales jóvenes con notebook o grupos de amigas de más de cincuenta- se les hubiera ocurrido hacerlo. El local, ubicado en Boedo 857, es uno de los edificios más antiguos del barrio y funcionó como una fábrica de pastas que respeta carteles, mobiliario y estilo familiar. Osvaldo, el encargado, está absolutamente sobrepasado por la labor que implica coordinar a los quince empleados y responder a las demandas de las más de treinta mesas que en sábado a la tarde lucen completamente abarrotadas.

Cuenta la leyenda (y una placa en el bar) que allí se inventaron los sándwiches de pavita, en la década del 40. También se puede comer muy buenas pastas, y otra especialidad: empanadas a la parrilla. «Lo tradicional de acá es la pavita con escabeche. Todos la piden, vengan de donde vengan. En general, en la semana tenemos gente del barrio y los sábados y domingos de otros lados.

Esto es tradicional pero no es modernoso, es verdadero», explica Osvaldo, que trabaja en el local desde hace 18 años. El tradicional sándwich de pavita cuesta 26 pesos. Sergio, un padre que espera a que salga de teatro su hija de seis años, lo está consumiendo junto con un chop de sidra. «Me gusta porque es un bar tradicional pero no antiguo. Los que somos del barrio venimos siempre. A mi nena hace poco la trajeron del jardín a tomar la leche acá.» En una mesa contigua, Inés, Adela y Susana, profesora de literatura, poeta y abogada, respectivamente, están debatiendo qué pedir. «Es la primera vez que venimos y me gusta mucho por todo el tema cultural, la ambientación», dice Inés. El Margot, llamado así, en honor al tango, tiene una movida cultural que incluye venta de libros en la calle los fines de semana, una peña y una muestra de pintura permanente. «Cerramos a las 2 de la mañana», dice Osvaldo.

Las mesas colmadas del bar demuestran que esta tradición porteña se empeña en resistir.

 

 

DZ/LR

 

 

 

Fuente Redacción Z
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