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TEMAS DE LA SEMANA

Informe Z: Bombo y guitarra, retumba mi alma

Salpicadas en toda la ciudad, son refugio de provincianos y amantes del folklore.

Por Roberto Durán
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La escena ocurre en el barrio de Congreso, un fin de semana de septiembre de 2011. Pero bien podría haber sucedido en un patio de tierra de Santiago del Estero en la década del 40. Un grupo de chicos y chicas avanza y retrocede. Dan la media vuelta y luego la vuelta entera. Zapatean y zarandean. Hay un giro y una coronación, con la mirada limpia a la compañera. En el salón de la calle Solís se reúnen casi un millar de personas a bailar folklore. Las peñas están en toda la ciudad, en lugares fijos e itinerantes; en grandes espacios o en pequeños clubes de barrio. Las hay para bailar hasta las seis de la mañana o para guitarrear tranquilos, sentados a la mesa frente a algunas empanadas y tomando largamente un buen vino.

«Es muy difícil saber con exactitud la cantidad de peñas que hay en la ciudad de Buenos Aires porque muchas suceden en lugares pequeños, con una infraestructura mínima y en clubes de barrio. Nosotros calculamos que se organizan unas cien por fin de semana. Están las que se hacen todos los fines de semana y las que son mensuales», cuenta Agustín Nanni, de la página Folklore Club (www.folkloreclub.com.ar), que además tiene un programa de televisión los domingos, a las 15, por Argentinísima Satelital. «En cada programa, mostramos una peña por fin de semana. Y te digo que siempre hay material nuevo.»

«¿Sabés lo que pasa? El desarraigo es algo muy pesado. Y ésta es una forma de combatirlo.» Así explica Fabio Barco el motivo de la creación de Los Cumpas, una peña bailable con inequívoco sello jujeño. Ahí, mes tras mes, unas mil personas se juntan para escuchar y bailar huaynos, carnavalitos, tinkus y taquiraris, entre otros ritmos. Los grupos que tocan suelen ser jujeños también. «Cumplimos ocho años. La peña nació de la necesidad de tener un punto de encuentro, que sirva de contención y de lugar para mostrar nuestros valores. En aquellos años, Jujuy no tenía un espacio. Y ahora podemos decir con orgullo que nosotros ocupamos ese lugar», dice, uno de los encargados de la peña de Solís 485.

Barco dice que en su peña hay una magia especial, algo que luego repetirán los encargados de otros espacios. Y recalca con orgullo el carácter jujeño de la suya. «Viene mucha gente del norte. Te diría que un 30 por ciento son jujeños y el resto está repartido entre tucumanos, salteños y de otras provincias.»

La historia de La Peña del Colorado (Güemes 3657) se parece a la de muchas empresas recuperadas por sus trabajadores; en este caso, mozos y cocineros de este pub folklórico ubicado en el corazón de Palermo, que funciona desde hace 20 años. Eloy Falcón, uno de los trabajadores, dice que la peña no se caracteriza por el baile. Y que la gente va a pasarla bien en familia, cantar y escuchar a otros grupos. «La peña está dividida en varias partes. Los que llegan a cantar -los peñeros- tienen su sector. Y también programamos espectáculos todos los fines de semana. Nosotros proveemos instrumentos a los clientes que quieren despuntar el vicio. Tenemos once guitarras, un bombo legüero y un piano. Llegué a esta peña hace cuatro años y nunca vi un problema. El ambiente es familiar y nuestro espacio está declarado de interés cultural», promociona Falcón, sabiendo que la competencia no es fácil.

Muchos eligen llegar después de medianoche, cuando los conciertos ya terminaron y arranca la «peña libre», en la que cualquiera puede subirse al escenario a mostrar sus dotes artísticas. «La gente se queda hasta las seis o siete de la mañana guitarreando. Nosotros estamos abiertos casi las 24 horas de lunes a sábado», agregó. El perfil de La Peña del Colorado es, según los entendidos, cool, con muchos extranjeros y gente que quiere escuchar folklore sin necesidad de ir a un ambiente de boliche.

Pero las peñas no sólo son organizadas por gente de las provincias que llegan a Buenos Aires. Gabriel Redín, músico del grupo El Tierral, lleva adelante la peña La Resentida en el Centro Cultural Estación de los Deseos en Caballito. La idea fue abrir un espacio para los músicos. «Es una peña a la que va mucha gente de Buenos Aires. Son los que se escaparon al norte y vuelven consumiendo esa onda folklórica. Te diría que es la peña más porteña de todas», la define Nanni, de Folklore Club. «Compartimos la peña -dice Redín- con músicos de todo el país. El nuestro es un espacio abierto para gente de todas las edades. Y la gente comparte las mesas sin conocerse.»

En cualquiera de los casos, las peñas folklóricas tienen algo en común: son inclusivas. A diferencia de las milongas, acá no es necesario bailar bien, ni «empilchar» de una forma ni ninguna otra regla de etiqueta. Basta llegar a cualquier peña para ver las clases improvisadas de chacarera, la danza más popular y la que todos aprenden primero. A los pocos minutos, el novato está moviéndose torpemente e intentando seguir la coreografía.

Adrián Carrizo es un catamarqueño que llegó a Buenos Aires para estudiar agronomía. Todas las semanas, hace un rally por las peñas de la ciudad. Habla de esos sitios como si fuesen su lugar en el mundo. «Llegamos tempranito, después de medianoche; tomamos una cervecita o un fernet y comienza a llegar la gente. Acá hay poco careteo y la pasamos muy bien», dice el chico, de 22 años, acompañado por unos amigos en La Bandiada, otra de las peñas que funcionan en la ciudad. Juanjo Rivadeneira, tucumano, prefiere los centros culturales pequeños, bien de barrio y «con precios populares».

«Son peñas que se hacen en casas grandes o en otros espacios. Me siento a gusto y siempre van las mismas personas. Me gusta esa familiaridad», dice, antes de mandar saludos a su familia, como si el grabador fuese una cámara de televisión.

Para guitarrear hasta el amanecer. Para bailar chacareras. Para encontrarse con amigos. Para mitigar el desarraigo. Para conocer gente. Para comer y tomar barato. Las peñas son una marca registrada de la noche porteña. Basta buscarlas, pararse en la pista de baile y dejarse llevar por el embrujo del que todos hablan. Adentro.

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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