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TEMAS DE LA SEMANA

Informe Z: Bibliotecas populares, solidaridad e integración

En cada comuna porteña existe por lo menos uno de estos centros de lectura.

Por Juan Carlos Antón
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Saavedra y Barrio Ramón Carrillo. Contrastes sociales.
Plazas relucientes contra calles rotas. Verde contra gris. Más allá de las diferencias, los dos lugares comparten una institución que le impone una huella fuerte a su entidad: la biblioteca popular. La del barrio de clase media se llama «Cornelio Saavedra» y la del Ramón Carrillo, «Por Caminos de Libros y Solidaridad».

Ambas forman parte de cuarenta y cuatro instituciones de este tipo con que cuenta la Ciudad. «No son cualquier lugar. Las bibliotecas populares se crean y se viven como centros de reunión y socialización.
Funcionan como grupos de pertenencia. Se arman por la voluntad de los vecinos y existen desde hace 140 años», explica María del Carmen Bianchi, psicóloga con especialidad en políticas públicas.

Bianchi estuvo exiliada en México durante la última dictadura y en 2003, cuando se desempeñaba en la Jefatura de Gabinete de ministros, pidió el cambio a la Conabip, la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, el organismo que las coordina y ayuda a financiar.
«Vi el lugar y pensé: es ideal para trabajar con dos mil ONG». La funcionaria aclara que las populares «no son bibliotecas de estantería.
Acá la atención es central. Generalmente, el voluntario que atiende es uno más. Entonces no existe ese amedrentamiento que puede aparecer en otro tipo de bibliotecas».

MUNDO SAAVEDRA
Las sillas verdes de la sala de lectura se asemejan a las de un jardín de infantes pero para adultos. Todo luce limpio, ordenado, hay tres terminales de computadoras que parecen no ser muy utilizadas, pero están. Es la biblioteca «Cornelio Saavedra», en la Comuna 12. Muchos de los lectores adultos que pasan por la sala eligen textos que se publicitan en los medios de comunicación.

«Hemos pasado por todos los libros de autoayuda. Hubo mucho Sueyro en una época. Ahora está Ari Paluch con todo, pero el autor de moda es Gabriel Rolón», dice Alicia, empleada en la biblioteca «Cornelio Saavedra». Alicia es coqueta como todo en el barrio. Marta -trajecito, peinada de peluquería, hablar fino- dice que en una época se llevaba dieciséis libros por mes. Venía con sus hijos y su hermana. «A mí me gusta lo policial. Claudia Piñeiro, Jorge Fernández Díaz, Florencia Bonelli, la gran escritora de novelas históricas argentina.» Las bibliotecas ¿son objetos arqueológicos? ¿Están destinadas a morir? Al guiarse por lo19que pasa en la Saavedra habría que contestar con un rotundo no. Elena Rusconi, docente jubilada con una experiencia de más de medio siglo, es una de las socias más activas. Llegó a la biblioteca hace dos años a través de su nieta, «una lectora voraz».
Es autora del libro El ocaso de la escuela conocida, pero dice que la tecnología no matará a las bibliotecas, que habrá una complementación.
«El libro no se opone a lo digital o a las nuevas tecnologías. Me parece un maravilloso complemento.
No se va a dejar de leer nunca.» Enrique Gram, jubilado, está involucrado desde hace más de cuarenta años con la biblioteca Saavedra. Pasó por todos los escalafones hasta
llegar a la actual presidencia de la comisión directiva, su papel desde hace un año, aunque ya la ocupó en anteriores oportunidades. «Esto es parte de uno. Siempre me gustó defender los espacios públicos. Soy voluntario como todos los de la comisión directiva. Sólo tenemos dos personas rentadas. Estos lugares que son creados por una comunidad hay que defenderlos contra viento y marea. No todo es comercio, no todo es cobrar un sueldo.» La Saavedra tiene más de trescientos socios que pagan una mínima cuota mensual de $15, que les permite
llevarse algunos de los 23.000 libros que constituyen el acervo.
Comenzó en 1918. Como una maestra de escuela, Mary, la bibliotecaria, se para en medio del salón de lectura y explica, didáctica, qué es lo que más sale, que no coincide exactamente con lo referido por Alicia: «Larsson, Michael Connelly. Son temas policiales, mayormente».
¿Por qué se lee esto? Mary gira los ojos, piensa y dice: «La gente pide policiales. Es como que se quieren distraer un poco. Los policiales son muy atrapantes».

EN EL RAMÓN CARRILLO
Otro es el panorama que se vive en el Barrio Ramón Carrillo, ubicado en el sur de la Ciudad, en la Comuna 8, cerca de la Villa 1-11-14 y de la cancha de San Lorenzo.
En el corazón del barrio se ubica la biblioteca «Por los Caminos de Libros y Solidaridad». Nora Nasta preside la comisión directiva.
«Esta zona se construyó para los habitantes del viejo Albergue Warnes. Pero con el tiempo se fue modificando», explica. De hecho, se ven casas de dos pisos, algunos en construcción, tal vez desde hace años. La biblioteca en sí tiene, entre los graffiti de la fachada, una puerta dibujada. «Es que el Gobierno de la Ciudad aduce cuestiones de seguridad y no nos deja ponerla ahí, así que nosotros la pintamos hasta que nos dejen», dice Nora. La institución funciona pegada a un jardín maternal y detrás de una escuela.
«Esto es ocupado. Somos okupas», dice casi con orgullo y resignación Nora.
«Yo creo que nunca nos cederán el lugar. Éstos eran locales comerciales. No tenían ni escuela ni jardín. Y la gente empezó a crear espacios sociales. Apareció la Escuela 19, a la vuelta armaron un jardín y nosotros nos metimos. Todo el espacio es del Instituto de la Vivienda.
Docente y psicóloga, Nora trabaja como voluntaria y dirige la comisión directiva. Explica que la mayoría de los usuarios -no se los llama socios- son alumnos del primario que aprovechan las clases de apoyo escolar que les brindan todos los días. «Queremos generar un semillero. Tenemos textos escolares, pero a lo que le damos mucha fuerza es a la literatura infantil y juvenil. Acá vienen a jugar con el libro. Es un apoyo a la escolaridad indirecto.
Más que el apoyo escolar en sí, que de hecho lo brindamos, se los ayuda a leer por otros caminos.
Se apoya la conciencia educativa. Estamos más en la formación de lectores que sólo en pasar de grado. Igualmente, todo es importante porque cuando los chicos fracasan en la escuela, abandonan.»
Carlitos, un adolescente de 13 años y ojos vivaces, escucha atentamente mientras Nora habla y apenas puede se larga: «Voy a la escuela que queda acá adelante.
Vine a hacer la tarea. Estoy en séptimo porque repetí». Su amigo Ezequiel, de 12, ojea el libro El diablo en la botella, sentado a su lado. Pero le da vergüenza hablar. En un momento, se cansa del libro y se lo entrega a Ana, una de las bibliotecarias.
«A mí lo que me maravilla es cómo funciona la lectura más allá de que hay días malos y buenos -dice Ana-. Hay una carga de violencia que se conoce y aparece esta idea de que siempre se hace un contrato nuevo. A lo mejor un día viene alguien y te contesta mal por una situación y se va. Pero al otro día es empezar de nuevo. Es una situación rara pero está buena.»
Enfrente de la biblioteca funciona la radio 89.3 Integración, donde los chicos de la biblioteca tienen un programa los martes y jueves a las 13.30.
Rocío, de 12 años, es una de las conductoras. «Vengo
todos los días a leer. En la radio hacemos historias entre nosotros. Son una serie de cuentos espantosos.
Lo que más me gusta es hablar.»
Entre sus manos sostiene el libro Cuentos de monstruos, brujas y ogros, de Fernando de Vedia. «Los libros de terror son los que más me gustan. A veces los comentamos en el programa», dice sonriente.
La radio ocupa un lugar importante, aclara Nora: «Los chicos aquí o son retraídos o violentos. Entonces esto les eleva la autoestima.
El hecho de que puedan hablar al micrófono, de que su madre los pueda escuchar en la casa, está muy bueno».
El movimiento en la biblioteca se hace cada vez más intenso. Llegan chicos de un jardín de infantes de la zona. Nora saluda, ayuda a las bibliotecarias.
«Me gusta la lectura como herramienta de transformación social -dice-. Me parece que la lectura cambia sustantivamente la vida de una persona. La educación es un elemento de comunidad social: aunque sigan viviendo en el barrio y siendo cartoneros, estarán más preparados para otra oportunidad», sostiene Nora, esperanzada.

DZ/LR

 

 

Fuente Redacción Z
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