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TEMAS DE LA SEMANA

Informe Z: Bajo el ala del viejo sombrero

En la muestra «Cuando los porteños tenían otra cosa en la cabeza» se exhiben piezas de lujo.

Por Juan Carlos Antón
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Calle Defensa al 200. Amplias vitrinas muestran objetos de otros tiempos. Tiempos de guapos que firuleteaban cabeza a cabeza una milonga en el patio del conventillo, de señoras recatadas que se cuidaban de mostrar los tobillos al subir al tranvía. En la vidriera pueden verse viejas porcelanas, muebles antiguos y algunos cuadros que llaman la atención de quienes pasean por la zona. La vidriera es parte del Museo de la Ciudad, un conjunto de edificios en pleno casco histórico porteño, que suele ser visitado por turistas, estudiantes y docentes con ganas de sumergirse en la Buenos Aires del pasado.
Actualmente, la gran estrella del museo es la muestra «Cuando los porteños tenían otras cosas en la cabeza», que incluye más de cien sombreros, fabricados entre finales del siglo XIX y la década de 1960. «Jugamos con el título porque vivimos una época en la que queremos estar un paso adelante de todo. El nombre de la muestra es una llamada de atención a los tiempos que corren», explica Eduardo Vázquez, director del museo.
En cinco salas, pueden observarse sombreros de todos los tipos y tamaños. Aquel chambergo señorial, bajo cuya ala una lágrima embozada alguna vez habrá asomado, o aquel otro, emplumado, que más de algún problema le habrá causado a su dueña, la que solía sentarse en la fila catorce del cine Select. Hay de ala ancha, altos, de estilo plato y hasta los que se adaptaban al formato de la cabeza para simular cabello. No faltan las clásicas galeras y bombines. Y en todos los materiales de confección: de paja, de fieltro, de paño. Tal vez el ejemplar más raro sea el que tiene un pájaro embalsamado, fabricado en la primera década del siglo XX.
«Novedosas elegancias, alta calidad y precios extremadamente módicos», anuncia un aviso de Gath & Chaves, pegado en una pared. «Sombreros última novedad», dice otro póster sacado de la revista El Hogar.
Raúl Piccioni, investigador del museo, señala que esta exhibición es novedosa en varios sentidos: «Hay, por ejemplo, ranchos de luto que son una rareza porque no quedan muchos. Todos los sombreros pertenecen a personas desconocidas con la excepción de uno que era de Anatole France. Él se lo regaló a una señora y ella, a su vez, nos lo donó».
Pero los sombreros no están solos, también se observan todos los elementos que les agregaban distinción y categoría: hay tules, flores, plumas. Se ven abanicos, carteras, corbatas, monederos y peinetones.
Los zapatos, en tanto, tienen una vitrina especialmente dedicada con piezas que van desde 1915 hasta finales de la década de 1970. Los hay de tacos princesa, botines acordonados y hasta algunos con más modernas plataformas de corcho.
Los amantes del fútbol también podrán disfrutar la muestra: una de las joyas es una boina de pana beige que tiene bordada la inscripción «AFA 1909-10».
En la sala principal, sobresale el gran espantapájaros que Oliverio Girondo paseó por la calle Florida para promocionar su libro. «Lo tenemos en el inventario y solemos sacarlo de vez en cuando. Siempre llama la atención de la gente. Esta vez lo pusimos por la enorme galera», señala Piccioni, quien desde hace 30 años trabaja en el área de investigación y arte del museo y fue uno de los encargados de la selección del material.
La muestra, curada por el director del museo, se puede visitar hasta el 25 de noviembre.
LOS PERMANENTES
Además de la exhibición de sombreros, estos días el Museo de la Ciudad muestra parte de su colección permanente en sus otras salas. El patrimonio se conformó con objetos donados tras la demolición para ensanchar la 9 de Julio y está integrado por artículos de variados estilos, tipos y tenor. De hecho, hay 17 mil números de inventarios, desde tarjetas postales -tiene tres mil-, pasando por estufas, radios y fonógrafos, bacinillas, envases, azulejos, baldosas y sus moldes para la fabricación, mobiliarios y hasta puertas. El archivo fotográfico está compuesto por más de 8.000 imágenes de la ciudad de Buenos Aires y sus habitantes y por alrededor de 35 mil negativos de distinta data.
«El museo está conformado por varias casas: los altos de la farmacia La Estrella y la casa de los Querubines, llamada así porque había dos querubines en la puerta. Con los años se fue reacondicionando y siempre estamos ampliando», explica Piccioni. En 1970, la municipalidad porteña adquirió para sede del Museo de la Ciudad el edificio de Alsina 412, que había sido construido en 1895 por el propietario de la farmacia La Estrella. El local comercial, instalado allí en 1900, conserva sus muebles y pinturas murales originales, y en la actualidad está concesionado, por lo que continúa con su destino comercial. También pertenecen al museo los altos de la casa de Juan Bautista Elorriaga y la vivienda de María Josefa Ezcurra.
El lugar se alquilaba por habitación o por piso y una de sus habitantes ilustres fue la gran actriz Niní Marshall. Su habitación quedaba al tope de una enorme escalera que aún se conserva.
Dentro de la colección permanente se ve un dormitorio decorado al estilo art nouveau, con mobiliario original de principios del siglo XX. «No perteneció a nadie en particular sino que son varias piezas que se han juntado. Lo más llamativo es la cuna. Hay una igual en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. La familia que la trajo de Europa la pintó de blanco, le pareció que así debería ser para un bebé. Quizá sea la pieza más rara que tenga el museo», explica el investigador. La cuna fue fabricada por la firma J & J Kohn, de Viena. Esta empresa presentó sus productos de madera curvada al vapor en la Exposición Internacional de París en 1900. En esa ocasión, el señor Ángel León Gallardo la compró para su hija Beatriz, quien luego la donó al museo.
En la siguiente habitación se ve una típico estudio de 1910 amueblado con un viejo escritorio, cortinados sobrios, sillones. Es amplio y confortable. Fue acondicionado por personal del museo para dar una idea de lo que era trabajar en una oficina de esa época.
PUERTAS Y HERRAJES
Como final del recorrido, en la planta baja del museo, vale la pena observar unas diez puertas que se salvaron de la demolición. Se destaca la que perteneció a la casa de Miguel Juárez Celman que tiene 4 metros de alto.
«La gran mayoría de estos objetos fueron donados por los vecinos de la Ciudad, quienes se sienten partícipes de la propuesta del Museo y contribuyen así a contar la historia de Buenos Aires», explica Piccioni. Actualmente el espacio está quedando chico. «Nos tuvimos que poner selectivos -dice-. La verdad es que no tenemos mucho lugar pero igualmente estamos abiertos a las donaciones de la gente. Traen viejas fotos de familiares que ponemos en exhibición. Eso sí, siempre aclaramos que lo donado no se devuelve».

Chiches de ayer
Recientemente refaccionada y con nuevos objetos, también se puede visitar la sala dedicada a juguetes. «Son de todas las épocas, desde fines del siglo XIX hasta los playmobil de los años 70 -explica Piccioni-. Hay un Estanciero, juguetes de latón. Lo que quieras.»
En esta sala, los amantes de los autos de colección estarán de parabienes. En el medio del salón se puede ver uno de grandes dimensiones, en el que un niño puede entrar perfectamente. «Lo donó una señora que se lo había fabricado un tío suyo copiando un auto norteamericano, lo usó durante mucho tiempo y decidió donarlo», explica el investigador.
Típico de otra época, cuando ir a corte y confección estaba de moda para las niñas, se pueden ver alrededor de veinte máquinas de coser de juguete, algunas de lata y otras más modernas de plástico. También hay muñecas de diferentes estilos y tamaños.
En un rincón están agrupados los juguetes más «guerreros». Hay soldaditos de plomo, camiones de guerra camuflados, submarinos y viejos aviones que imitan el diseño de los que volaban en la Segunda Guerra Mundial.
Otros juguetes tienen reminiscencias inglesas como viejos buzones colorados y ómnibus de dos pisos.
No faltan tampoco personajes popularmente conocidos como viejos Mickey Mouse o Popeyes. También hay ludos, Ludomatic y primeras ediciones de la revista Billiken. Todo el espacio está ambientado por viejas fotos de la juguetería de las tiendas Harrods y publicidades de bicicletas y soldaditos.

DZ/LR

 

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